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El
cine posmoderno andino de Luis Figueroa
Juan
Zevallos Aguilar
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La
pregunta por la peruanidad escenificó, durante nuestra historia,
intentos políticos de dotar a nuestros pobladores de una
identidad.
Esa inquietud generó interminables debates, aunque tuvo irresoluta
conclusión. Sin embargo, detrás de esos problemas,
se esconden otras motivaciones.
A develar éstas apunta el presente ensayo desde una perspectiva
psicoanalítica. |
Del 20 de octubre al 8 de noviembre de 2002, el cineasta cusqueño
Luis Figueroa (1929) emprendió una larga gira que comenzó
en el nordeste de Estados Unidos y que concluirá este año
en la Sorbona de París. En esta gira charló y presentó
sus documentales y películas en cátedras de cine latinoamericano
y citas especiales en Harvard University, Villanova University,
John Hopkins, Loyola College, De Paul University y la University
of Michigan Ann Arbor. La Peruvian Arts Society de Chicago invitó
a Juan Zevallos Aguilar como presentador del director peruano antes
de proyectar una copia recuperada de Kukuli (1961) a una audiencia
de más de 300 personas. |
La
filmografía de Luis Figueroa, que incluye cuatro largometrajes
y treinta documentales, se puede calificar como andina por excelencia.
Desde su primera película Kukuli (1961), ya sea en sus líneas
documental, ficcional o una combinación de ambas, como ocurre
en esta película, Luis Figueroa se ha empeñado en
mostrar las complejidades de una realidad geográfica y humana
que había sido ignorada en el Perú.
De allí que llamar a su cine indigenista, por ejemplo, es
una operación reduccionista que sólo explicaría
una faceta de su cinematografía. En efecto, su cine no se
centra únicamente en la denuncia de la explotación
y la defensa de los derechos de ciudadanos aimaras y quechuas del
sur peruano, tal como lo haría un cine indigenista. La agenda
estética y política del cine de Luis Figueroa es mucho
más compleja.
La complejidad de su obra se encuentra en el aspecto representacional
y artístico, que, por cierto, posibilita comunicar su propuesta
ideológica estética. En el aspecto representacional,
al igual que su maestro José María Arguedas, de quien
llevó su novela Yawar Fiesta (1982) al cine, los Andes no
están ocupados por indiferenciados indios o serranos,
como se diría en la Costa. La población de ese espacio
geográfico de elevada altura está poblado por indios,
mestizos y señores que conviven en un agreste hábitat,
pero sin dejar de tener fuertes conflictos. Si se observa con atención
esta trilogía, tan cara a José María Arguedas,
se repara que están entremezclados criterios raciales y culturales
en los términos indios y mestizos y un criterio social y
económico en el de señores. Aunque se podría
considerar que esta clasificación no tiene coherencia conceptual,
creo que Arguedas y Figueroa mezclaron varios criterios con el propósito
de mostrar que los términos indios y mestizos, en especial,
son significantes flotantes que dependen mucho del contexto social
y económico en el que se usan Es decir, esta clasificación
no responde sólo a diferencias raciales, sino más
bien a posiciones económicas y sociales. Basta ver los personajes
de películas y las personas de los documentales de Figueroa
para darse cuenta de que sus rasgos fenotípicos no son muy
diferenciables.
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El hacendado, el labrador o el comerciante son físicamente
similares y comparten un mismo background cultural. Pero esta similitud
no impide que existan la explotación y marginación
en la sociedad andina. Así, se encuentran comerciantes y
gamonales explotadores de indígenas que son bilingües
en castellano y quechua, celebran las mismas festividades, bailan
los mismos bailes, les gusta la misma música y lloran y se
abrazan en borracheras con los indígenas en las fiestas,
pero los explotan el resto del año. Por otra parte, los labradores,
como resultado de un proceso de sincretismo elaborado en 500 años
de historia, han inventado creencias que se pueden trascender no
sólo a un pasado prehispánico milenario, sino también
a una mitología indoeuropea que se remonta a varios siglos
de historia. El toro serrano tan presente en la película
Yawar Fiesta (1982) o el documental Toro Pukllay (1998) es un ejemplo.
En este animal se percibe claramente una fusión de la creencia
en el Minotauro griego y la creencia en el amaru andino.
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Ahora
bien, a qué se debe el empeño de Luis Figueroa de
mostrar una realidad andina diversa y conflictiva. Pienso que su
cine es un reclamo contra el centralismo peruano, que explota los
recursos naturales y humanos de las provincias sin dar mucho a cambio.
Mientras Lima, la capital del Perú, se moderniza al compás
de los avances tecnológicos de las potencias del hemisferio
del norte, las provincias serranas se han encontrado en el abandono
y atraso. En ese sentido, el centralismo no afecta sólo a
los indígenas, sino, como es obvio, a los demás sectores
económicos y sociales que habitan los Andes. Por esa razón
todos ellos deben emigrar a la capital o al extranjero si desean
tener una buena educación, mejorar sus ingresos con trabajos
no agrícolas y conseguir el respeto de sus derechos ciudadanos.
Aunque se piense que los inmigrantes provincianos empeoran en las
barriadas o tugurios de Lima, un ligero análisis de sus nuevas
condiciones de nutrición, seguridad, salubridad y economía
en la ciudad demuestra que están mejor que en sus lugares
de origen. Recuérdese que las migraciones internas o externas
se emprenden para el mejoramiento del migrante y su familia.
Por
otra parte, la representación de la riqueza y diversidad
cultural andina es un llamado de atención y una advertencia
a todas las propuestas modernizadoras centralistas que consideran
que la única manera de lograr una modernización capitalista
es desapareciendo a la cultura andina. Se tiene el prejuicio de
que el Perú no logra el progreso y el desarrollo debido a
que los valores y prácticas andinos son el principal obstáculo
a la modernización. En el Perú, estas propuestas tienen
una larga data. En un amplio abanico de proyectos modernizadores
encontramos la del filósofo Alejandro Deustua, quien a principios
del siglo XX proponía la inmigración de sementales
humanos de países nórdicos para que, primero, mejoraran
la raza indígena y, segundo, se pudiera alcanzar el
tan ansiado desarrollo. O también encontramos la propuesta
de intelectuales de la nueva derecha que proponían la imposición
del más radical modelo económico neoliberal y el sacrificio
de la población andina como solución a todos nuestros
problemas a fines del siglo XX. Para enfrentar estas propuestas,
el cine de Luis Figueroa nos muestra que valores y tradiciones quechuas
tienen su propia especificidad y vigencia. Sin embargo, los quechuas
desde el siglo XVI se apropiaron creativamente de creencias y valores
que trajeron los conquistadores. En este sentido, enfatiza en su
cine el catolicismo de los pobladores andinos. Es decir, indígenas,
mestizos y señores practican de una manera muy particular
una religión que fue traída por los conquistadores
españoles. Asimismo, en Kukuli remarca que los pobladores
andinos se apropiaron del cuento folclórico del oso raptor
de doncellas y el toro de una cultura europea del siglo XVI, que
a su vez tiene orígenes mucho más antiguos en la Grecia
antigua y la India. Entonces su cine nos hace reflexionar sobre
el hecho de que los habitantes de la Sierra no poseen una cultura
bárbara, primitiva y atrasada como la conciben sus atacantes,
sino que es una cultura en constante cambio que asimila creativamente,
al igual que la cultura occidental, elementos de otras culturas.
Así, el énfasis puesto en el dinamismo cultural nos
demostraría que el problema del subdesarrollo y atraso no
se debe a una específica racionalidad, práctica de
ciertas costumbres y valores, sino que hay otros factores mucho
más determinantes, como el poder económico y militar
de ciertas naciones que provocan el atraso y la pobreza de otras.
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Otra
obsesión del cine de Luis Figueroa es representar el espacio
geográfico de la Sierra en su gran complejidad y el esfuerzo
que hombres y mujeres andinas tuvieron que hacer para adaptarse.
Según Figueroa, la Sierra no es una acumulación de
montañas desoladas pobladas por indios. Al contrario, en
su cine se percibe claramente que en los Andes hay una realidad
urbana y una realidad rural. La realidad urbana es objeto de su
representación de varios de sus documentales. El cargador
(1978) y Corpus Christi en el Cusco (1995) ocurren en la cosmopolita
capital del Tahuantinsuyo y pequeños pueblos como Paucartambo
de Kukuli o Puquio de Yawar Fiesta sirven de escenarios para narrarnos
sus historias. En la realidad rural son representados pequeños
villorrios y comunidades o simplemente una casa de pastores en la
puna, como ocurre en Kukuli o Los perros hambrientos (1976) |
Asimismo,
en sus películas aparecen representadas la diversidad de
la flora, fauna y la diversidad ecológica de los Andes. En
sus filmes se ven cantutas, retamas, llamas, osos de anteojos y
se observan punas, valles alto y bajo andinos y altiplanicies. De
modo que con la representación de esta realidad geográfica
tan variada y diversa, Luis Figueroa advierte a aquellos que se
esfuerzan en emprender proyectos modernizantes que en general conllevan
al ecocidio y la homogeneización cultural. La advertencia
es que las pérdidas son mayores que las ganancias cuando
se aplican proyectos modernizadores como recetas universales que
no toman en cuenta las realidades físicas y humanas locales.
Por último, luego de haber explicado cuestiones representacionales
de la realidad andina, permítaseme explorar la propuesta
estética de Luis Figueroa. Ya es un lugar común en
los estudios literarios latinoamericanos hablar de que la reflexión
y literatura posmodernas empezaron en América Latina con
escritores como el argentino Jorge Luis Borges o el premio Nobel
de Literatura Gabriel García Márquez. Me |
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atrevería
a asegurar que el cine de Luis Figueroa también sería
una suerte de precursor del cine posmoderno. Se podría calificar
de posmoderno a cualquiera de sus últimos largometrajes,
pues esta estética es tan penetrante que las últimas
producciones artísticas, de alguna manera, están teñidas
por ella. Pero para demostrar mi hipótesis analizaré
algunos aspectos de la película Kukuli, estrenada en 1961.
Un elemento perturbador es la presencia de elementos ficcionales
y documentales en esta película. Es decir, mientras la historia
de amor trágico entre Kukuli y Alaco es un texto eminentemente
ficticio, varias de las escenas son filmaciones de una fiesta real
de la Virgen del Carmen de Paucartambo. Kukuli es un compuesto en
el que se juntan escenas ficticias y escenas documentales. Es decir,
elementos ficcionales como los actores que representan al ukuku,
Kukuli y Alaco se integran en una fiesta real. La fiesta patronal
es el escenario en el que transcurre la historia y no hay extras.
Así, en la década de 1960 ya se estaba relativizando
la diferencia entre ficción y realidad y que tanto lo ficticio
como lo real son meras construcciones. Asimismo, cinematográficamente
hablando se demostraba la premisa básica del pensamiento
posmoderno de que no hay una verdad, sino que hay muchas verdades
sobre la realidad. De esta premisa se desprende la conclusión
de que el discurso ficcional es tan legítimo como el discurso
de lo real. Por estas razones, en la película se pueden juntar,
yuxtaponer o alternar escenas documentales y ficcionales. No contento
con mezclar los planos ficcionales y la representación de
lo real, Luis Figueroa emprende un experimento estético en
el que fusiona elementos de la misma cultura quechua. En el personaje
que rapta a Kukuli y mata a Alaco en la torre de la iglesia se funden
el ukuku con la creencia en Juan El Oso. El ukuku es una persona
que se cubre la cabeza con un pasamontañas y el cuerpo con
una túnica que parece ser la pelambre de un animal y anda
siempre con un zurriago. El ukuku participa en varias danzas y festividades
religiosas y tiene la función de mantener el orden. Juan
El Oso, hijo de un oso y de una mujer que rapta doncellas, es el
personaje de la tradición oral que circula en los Andes.
Sin embargo, un público surandino, que comparte estos conocimientos
con Figueroa, se da con una gran sorpresa cuando se le quita el
pasamontañas al ukuku. Todos esperan el rostro de un ser
humano que ayudará a resolver el enigma de la historia de
amor trágico, pero, sorpresa, se encuentra la cabeza de un
oso de anteojos andino. Es decir, se juega con un recurso metaficcional
muy propio de la estética posmoderna, en la que se hace ficción
de la ficción.
Asimismo, en Kukuli hay una apropiación creativa del cine
que era accesible en la década de 1960. La voz en off era
un recurso típico del cine mexicano de la época. Entre
muchas películas se me viene a la memoria Tizoc, con María
Félix y Pedro Infante. Del mismo modo, varias de las tomas
y el uso de los claroscuros son unos remakes del cineasta soviético
Eisenstein, el neorrealismo italiano y Luis Buñuel de Les
hurdes. Por otra parte, también en la película se
percibe el aprendizaje y homenaje a la cultura visual local. En
Kukuli hay varias escenas que podrían atribuírsele
a Martín Chambi, fotógrafo quechua que se estableció
en la ciudad del Cusco y desarrolló un estilo muy personal
que viene siendo reconocido por críticos de fotografía
peruanos y extranjeros. En pocas palabras, en la década de
1960 en el Cusco ya se practicaba el pastiche que caracteriza al
arte posmoderno.
Otro aspecto que llama la atención es el rescate y la exploración
de una cultura local. En esta tarea Luis Figueroa es también
un precursor de un cine antropológico, por lo menos en el
Perú, que registra aspectos específicos de la cultura
de los quechuas. A diferencia de la etnografía clásica,
que trataba de demostrar la coherencia y totalidad de una cultura,
en el cine de Luis Figueroa se ve una cultura quechua en permanente
cambio y evolución. Es una cultura en movimiento que se forma
con préstamos y apropiaciones culturales. Asimismo, se insiste
en que la cultura quechua no es una cultura aislada, atrapada por
los Andes; pues los hombres y mujeres andinas se desplazan por el
territorio, ya sea del villorrio o la choza al pueblo o la ciudad
andina que no sólo mantienen su background cultural, sino
que con nuevas ideas se constituyen en agentes de cambio. Kukulí
y Yawar Fiesta son claros ejemplos de ello.
Para terminar, todo gran artista no se forma ni surge en el vacío.
Luis Figueroa no puede ser la excepción a esta realidad artística.
Él perteneció a una generación de intelectuales
y artistas que agitaron uno de los momentos más espléndidos
de desarrollo de una cultura regional en la ciudad del Cusco y de
una nueva intelectualidad muy sensible a la cultura andina en Lima.
Así, su obra cinematográfica empieza en un momento
en el que convergen dos fuerzas que enriquecieron su arte. Por un
lado, es el portavoz de las reflexiones y avances de la antropología
andina de la década de 1960 y de un movimiento artístico
que tuvo su expresión cinematográfica en la Escuela
Cusqueña. En Kukuli se cita al principio al antropólogo
Efraín Morote Best, quien durante la época enseñaba
e investigaba en la Universidad San Antonio Abad del Cusco y dirigía
una gran revista, Tradición, que definitivamente fue la fuente
de información acerca del ukuku, Juan El Oso y el toro andino.
La música es de Roberto Guevara Ochoa, célebre músico
cusqueño. Del mismo modo, varios actores e integrantes del
equipo que hizo realidad la película son miembros de la familia
Figueroa y del cineclub Cusco. Por otra parte, tal como se reconoce
en los créditos de la película, se encuentran evidencias
de que hubo colaboración de intelectuales limeños
como Sebastián Salazar Bondy y el actor Emilio Galli, quien
actúa de cura. En los siguientes filmes, desaparecidos sus
compañeros de ruta, los hermanos Manuel y Víctor Chambi
y Eulogio Nishima, Luis Figueroa, que es el último sobreviviente
de la Escuela Cusqueña, establece contacto con nuevas generaciones
de intelectuales y artistas provincianos o limeños que tienen
un profundo reconocimiento y respeto por la cultura andina. Así
plasma varios documentales con Juan Ossio para proyectos de la Pontificia
Universidad Católica del Perú y su instituto Riva-Agüero.
No podía ser de otra manera. La fructífera longevidad
de Luis Figueroa hace que se haya convertido en un catalizador de
proyectos artísticos e intelectuales en los que prima la
colaboración y el deseo de revelar aspectos poco conocidos
de la realidad andina.
(*)
Profesor de la Universidad de Villanova, Filadelfia (Estados Unidos).
Su más reciente publicación es Indigenismo y nación.
Los retos a la representación de la subalternidad aimara
y quechua en Boletín Titikaka. |
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