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Entre la moral y
el futuro
Los intelectuales y el debate
de ideas en el Perú
En estos años la figura del intelectual se disipa.
Hombres públicos en las primeras décadas del
siglo XX, sus propuestas delinearon parte del debate social
y político de nuestro país. Ahora, que desde
diversos sectores se reclama una renovación, no viene
mal revisar las distintas posiciones que ubicó el intelectual
en el Perú. Hoy, que necesitamos consolidar una cultura
democrática, redefinir su rol es tarea urgente.
Aunque
necesario, cualquier intento de clasificación de los
intelectuales nunca deja de ser riesgoso. La posibilidad de
un análisis sesgado y arbitrario siempre estará
presente, más allá de las consideraciones que
se tomen en cuenta para elaborar la taxonomía: las
generaciones a las que pertenecen (José Ortega y Gasset),
sus ideologías (Karl Mannheim), la relación
que sostienen con la política (Julien Benda), sus tradiciones
culturales (Edward Shils), sus visiones sociales (Thomas Sowel),
sus núcleos de ideas básicas (Isaiah Berlin),
sus tipos de discurso (Raymond Aron), entre otros criterios.
El
gran filósofo de la Ilustración, Immanuel Kant,
propuso diferenciar a los intelectuales de acuerdo con el
tipo de moral que los distinguía. Así, reconocía
al intelectual de moral privada y al de moral pública
(1). Tomo esta distinción
como punto de partida para proponer algunas reflexiones con
respecto al papel del intelectual en el Perú y los
retos que debe afrontar.
El intelectual de moral privada
Este primer tipo de intelectual es aquel que sólo
se preocupa por dirigirse a un grupo reducido de interlocutores,
es decir, a los que son de su entorno inmediato, que comparten
puntos de vista y aceptan una cosmovisión; no le representa
una preocupación el deseo de expandir su influencia,
pero sí el hacer más férrea e invulnerable
la que ostenta; su responsabilidad sólo la proyecta
hacia la institución social a la que está adscrito;
de esta manera, pretende cierta sumisión espiritual
de quienes lo identifican como su representante ideológico.
En
un contexto de carencia de instituciones con la responsabilidad
de regular y sostener el conflicto de ideas, los portavoces
de cada tribu intelectual sólo se dirigen a sus cofrades
y obvian a los que no lo son, convirtiendo su actividad social
en una monótona circulación de posiciones ideológicas
ya conocidas en un espacio reducido.
Esta
manera constreñida de concebir el papel social del
intelectual no ofrece ninguna posibilidad para el enriquecimiento
del núcleo propio de ideas básicas. Tampoco
para ejercer influencia alguna sobre los que piensan de diferente
manera y, menos aún, sobre los que no tienen posiciones
definidas acerca de determinados temas; es decir, la formación
cívica del ciudadano desaparece del horizonte de preocupaciones
del intelectual de moral privada. En un contexto así,
este tipo de intelectual se desentiende de la necesidad de
que sus propuestas alcancen legitimidad social.
El intelectual de moral pública
Este segundo tipo de intelectual, en cambio, ubica a sus interlocutores
en un escenario mucho más general y anónimo.
No requiere que el punto de partida para el diálogo
sea la existencia de una comunidad de principios e ideas,
pero sí pretende que sea el resultado de la comunicación.
Su objetivo no es asegurar el convencimiento de los ya convencidos,
sino educar al ciudadano sin rostro por el bien de una vida
social armoniosa y pacífica. Finalmente, no persigue
la obediencia servil de los otros, sino la formación
de la autoconciencia en cada ciudadano para garantizar la
democracia. Este público anónimo o sin rostro
supone la construcción de un espacio ciudadano o
demos en el que impere un principio de igualdad de oportunidades
en el acceso a ciertos bienes materiales y simbólicos.
Lo único que puede garantizar un impacto amplio en
la sociedad y persistente en el tiempo de este tipo de intelectual
es la existencia de instituciones eficientes y democráticas,
que sean capaces de establecer las reglas de la carrera
del sujeto de ideas, que provea las razones de su prestigio,
lo proyecte hacia el terreno social y enmarque la discusión
de ideas propiamente dicha. Para resumirlo, en un concepto
acuñado por el sociólogo francés Pierre
Bourdieu, de lo que se trata es de construir un campo
intelectual (2), porque
sólo en éste el sujeto de ideas será
parte de un todo y no un caudillo sin responsabilidad social.
El debate intelectual en el Perú
En nuestro país no se ha consolidado el debate público
y menos aún el debate intelectual, que es más
especializado. En el mejor de los casos es exiguo, precisamente
porque el espacio democrático no existe y, lo que es
peor aun, porque nadie se preocupa por crearlo. La confrontación
de ideas se diluye en la misma medida en que se abre paso
una estrecha e inconmovible manera de entender la transmisión
de conocimientos: lo mismo para los de siempre. Así,
más importante que ampliar la influencia es no perder
un feligrés. Los discursos nacionales los proyectos
nacionales no encuentran las condiciones para fructificar
en un terreno como el descrito, que no se beneficia del fertilizante
de la circulación de ideas distintas y hasta opuestas.
La
manera en que se define al público determina también
y en un sentido más amplio y profundo las
formas de relación que se establecen entre representantes
y representados, y es poco lo que se ha reparado en este aspecto.
En el fondo, el problema de los intelectuales que estoy exponiendo
no es de ningún modo exclusivo. Por el contrario, nos
permite visualizar crisis mayores que tienen que ver con la
viabilidad misma de un país o de una sociedad. Las
elites, en general, incluidos los sujetos de ideas, cuentan
con una gran responsabilidad social; si es necesario que modifiquen
sus estilos de comunicación con los ciudadanos, también
lo es que varíen el contenido y la forma de sus discursos.
Algunos tipos
de discursos
Los discursos populistas son, en algún sentido, imposiciones
y no invitaciones al diálogo; en apariencia, este discurso
se muestra como una propuesta amplia pues incluye a
sectores tradicionalmente marginados, pero en realidad
sólo es extensión circunstancial y utilitaria
de un campo que se cierra en el mismo momento en que concluye
la enunciación. Por ello, no existe precisamente diálogo,
sólo emisión y recepción de un mensaje,
sin posibilidad de interpelación. El Partido Aprista
Peruano es la expresión más fiel aunque
no única, pues se puede incluir también a la
izquierda de este tipo de discurso.
Peor
aún es el discurso autoritario, que trata de legitimar
socialmente el uso de la mano dura. Pero lo más importante
de este tipo de discurso no es la apelación a los mecanismos
represivos, sino también su pretensión de invadir
la mentalidad de los individuos con ideas de inevitabilidad
y hasta, en cierto sentido, de generosidad de
la presencia del caudillo y de su cuerpo armado para solucionar
los conflictos. Con este discurso se busca que gran parte
de la sociedad renuncie a sus propias capacidades y condiciones
ciudadanas, y las cedan a un conductor visto como todopoderoso.
El gobierno fujimorista es la representación más
acabada de este discurso, y es heredero, a la vez que exacerbación,
de los discursos elaborados por los autoritarismos militares
y civiles que han poblado nuestra historia política.
Por
otra parte, hablar de un discurso democrático en el
Perú es referirse más a un anhelo que a una
realidad. En todo caso, fermenta en algunos bolsones ciudadanos,
pero marginales o subsumidos ante el poder. Al no existir
un Estado democrático ni instituciones verdaderamente
de este tipo, el discurso democrático sólo puede
existir estando alejado de ellos, de lo contrario pierde visibilidad
social o, peor todavía, es subordinado por el discurso
populista o autoritario, y termina siendo tergiversado. De
alguna manera, es lo que han pretendido y pretenden
ciertos sectores frente al informe de la Comisión de
la Verdad y Reconciliación (CVR): analizar su diagnóstico
desde los parámetros característicos de la institución
total (3), como es el Ejército,
pretendiendo hacer aparecer un discurso particular como socialmente
aceptado.
Las instituciones voraces y los discursos fundamentalistas
La estrecha concepción que impide la creación
y expansión de un espacio de diálogo se muestra,
en su forma extrema, en las denominadas por Lewis A. Coser
como instituciones voraces (4).
Éstas capturan el corazón y la voluntad de sus
miembros y, a diferencia de las instituciones totales, no
los recluyen necesariamente en un espacio físico.
Las
instituciones voraces portan generalmente discursos duros
y cerrados, y son, de algún modo, instituciones fundamentalistas
(religiosas o ideológicas), pues se caracterizan por
el rechazo y la negación a todo lo extraño y
diferente. Por ello, no es casual que en este tipo de instituciones
fermente lo que Amin Maalouf denomina identidades asesinas
(5), de lo cual Sendero Luminoso
es el caso extremo en nuestro país.
En
el Perú han predominado las instituciones totales y
las voraces, pero no las democráticas. Incluso, propongo
que se puede leer la trágica historia de la guerra
subversiva de los últimos 20 años como el enfrentamiento
entre ambos tipos de instituciones: las totales (representadas
por el Ejército) contra las voraces (expresadas por
Sendero Luminoso). Evidentemente, la guerra en sí es
un hecho no democrático, aunque el problema es que
deben ser las instituciones democráticas las que subsanen
y reparen sus consecuencias, lo que hasta ahora no ha sido
posible llevar a cabo, y que el sólo intentarlo genera
nuevos conflictos en un país como el nuestro, envuelto
por discursos autoritarios.
El intelectual de cofradía y el intelectual nacional
En el esquema presentado de imposibilidad de una comunicación
integrada y de creación de un lenguaje más o
menos compartido, resulta explicable que cada cofradía
de pensamiento tenga a su intelectual-personaje representativo.
Por eso, un intelectual aceptado como representante nacional
llama la atención en nuestro país, por ser la
excepción que confirma la regla. Es el intelectual
clásico, sobre el cual volveré más adelante.
El
intelectual de cofradía, en la actualidad, que es el
de moral privada, puede tener dos fundamentos en los que basa
su existencia: por un lado, la adscripción ideológica,
y por otro, la visión tecnocrática de la sociedad.
En otras palabras, el ideólogo o el tecnócrata
tienen en común su prevención en tanto sujetos
sociales: no contaminarse con otros tipos de discursos, quizá
porque temen ser invadidos por la duda; tal vez porque, curiosamente,
no sienten seguridad de sus certezas o porque no les interesa
explorar más allá de lo que saben.
Si
hubo un tiempo feraz de discusión intelectual con importante
impacto social ese fue, sin duda, el de las tres primeras
décadas del siglo XX, los años de la república
de notables. La contraposición de ideas, de diagnósticos
sobre el país, la generación de un espacio reconocido
socialmente para el conflicto ideológico y el surgimiento
de intelectuales que ocupan un lugar central en nuestra trayectoria
espiritual como país es impresionante, amén
de los proyectos políticos que sería bueno analizar
en otra oportunidad. Las polémicas desplegadas en esos
años nos revelan el talante de los intelectuales que
predominaban en aquellos años.
Cuando
José Carlos Mariátegui cuestionó a José
de la Riva Agüero, Víctor Andrés Belaunde
refutó a Mariátegui, Luis Alberto Sánchez
discutió con Riva-Agüero, José Gálvez
y Mariategui sobre la literatura peruana y el indigenismo;
cuando Abraham Valdelomar recorrió todo el Perú
y diseminó ideas, criticando el orden imperante, y
Víctor Raúl Haya de la Torre expuso su plan
ideológico y de acción para todo el país,
nos planteamos algunos ejemplos que nos confirman que los
mencionados son intelectuales portadores de una moral pública
muy elevada; que piensan, hablan y escriben para todo aquel
que quiera conocer sus planteamientos. Están muy lejos
de ser intelectuales de secta o de moral privada.
Pero
completamente distanciados del espíritu de los intelectuales
mencionados como ejemplos han sido y son sus seguidores.
Ellos traicionan paradójicamente al querer ser
leales el ejemplo de sus intelectuales-guías
al encerrarse en los discursos fundadores, creando un cerco
inconmovible a las ideas y planteamientos extraños:
una ciudad letrada, sí, pero medieval, con sus altos
murallones de protección contra la piratería
ideológica y la invasión de otras miradas. De
este modo, las polémicas y los debates van declinando
lentamente hasta casi desaparecer por completo.
El cierre de la Universidad de San Marcos en la década
de 1930, el eclipse intelectual de la década de 1950
(no en literatura, pero sí en cuanto a propuestas de
reordenamiento social general) y la perversión de todo
espacio de reflexión global en la década de
1990, son hitos que nos marcan el derrotero de nuestro decaimiento
intelectual y espiritual como país. Ahora los peruanos
leemos poco y, cuando lo hacemos, es sólo a los que
nos consolidan seguridades y no a los que nos producen dudas
o inquietudes, que son justamente los impulsores del avance
del conocimiento. Es decir, el reto de esta hora no sólo
es leer más, sino leer con otra perspectiva.
El intelectual específico
El intelectual de conocimiento general ha ido cediendo terreno
ante el intelectual de conocimiento específico, es
decir, el tecnócrata o experto. Éste, portador
de un conocimiento sumamente especializado, se ofrece a la
sociedad como un ser descontaminado de cualquier virus ideológico,
aprovechando la deslegitimación de los intelectuales
de moral pública, a quienes se les acusa de ser los
causantes de todas las desgracias de la humanidad, precisamente
por sus compromisos ideológicos e incluso partidarios.
Al
tecnócrata no le interesa educar al ciudadano. Su objetivo
es colocarse en las inmediaciones o si fuera posible,
en el centro mismodel poder, para influir en él
y orientar sus decisiones. Hasta el lenguaje mismo que utiliza
lo diferencia de los ciudadanos, los que muchas veces se ven
obligados a aceptar lo que el tecnócrata dice, no porque
esté de acuerdo con él, sino, simplemente, porque
no se le entiende.
Se
supone que el tecnócrata sabe, y los ciudadanos renuncian
en beneficio de aquél a sus derechos, como exigir que
rindan cuentas, que expliquen o fundamenten sus decisiones.
Entre la ética de la responsabilidad y la ética
de la convicción de las que nos habla Max Weber, el
tecnócrata se mueve en un limbo, pues no es responsable
directo de las decisiones del poder y tampoco considera que
existen verdades que deba defender socialmente.
La
ubicuidad transideológica y transpartidaria del experto,
por el contrario de lo que aparenta, no piensa en términos
globales ni toma en consideración la necesaria reconstrucción
de las bases de la convivencia social; sólo le interesa
cumplir con sus funciones en tanto profesional con réditos
(materiales y simbólicos) casi exclusivamente personales
o de grupo; por esta razón no se preocupa en construir
instituciones. El tecnócrata es la nueva modalidad,
contemporánea, del intelectual de moral privada.
El intelectual clásico, nacional
Había afirmado que el intelectual denominado clásico
constituye una excepción en nuestro país. Por
un lado, los intelectuales en la actualidad (y sin entrar
en casos específicos, sólo de un modo general)
exponen lo que piensan para los que saben que los van a leer
o escuchar; por otro lado, el público, acotado, está
preparado sólo para re-conocer a los que ya siente
familiares.
Ante
tales condiciones, sobresalen las obras de intelectuales como
Jorge Basadre o Ricardo Palma, por ejemplo, a los que todos
hemos leído y le damos el estatus de propios, es decir,
de nacionales. ¿Pero acaso sucede lo mismo con Belaunde,
Riva Agüero, García Calderón, Mariátegui,
Sánchez y muchísimos más, aun cuando
tienen todos los méritos para considerarlos parte de
nuestra herencia intelectual y espiritual? Incluso, y lo que
es peor, muchos de nuestros compatriotas se pueden preguntar:
¿Para qué leerlos si no son de los míos?.
En otras palabras, no sólo entre los intelectuales
predomina la moral privada, sino y esto agrava el problema
que este tipo de moral atraviesa también a la sociedad.
En
la propia universidad, que debe ser el centro de discusión
amplia y de conocimientos diversos, ¿acaso se leen
a los autores mencionados, entre otros, y desprovistos de
anteojeras ideológicas? Y cuando se hace, muchas veces
es de manera superficial, sólo para cumplir con el
programa del curso. Más aún, hasta donde sabemos,
no existe una materia que trate exclusivamente del pensamiento
político producido en nuestro país, menos un
curso de sociología de intelectuales peruanos. Así
se hace más difícil reencontrarnos con nuestros
pensadores.
Hacia una moral pública
Establecer, consolidar y expandir la moral pública
son requisitos básicos para alcanzar la democracia.
Esto no sólo atañe a los intelectuales, sino
también a todos los que tienen alguna responsabilidad
de conducción social, como los políticos, empresarios,
líderes de opinión, etcétera. Pero la
moral pública debe ser también parte de la identidad
de los ciudadanos, los cuales deben dar por hecho que el debate
y la confrontación de ideas es natural y no significa
(no debe, al menos) alteración ni quiebre de la convivencia
social; es más, puede ayudar a consolidarla.
Evidentemente,
en el proceso de formación de una moral pública,
que es también una preocupación educativa, los
intelectuales deben cumplir un rol sustancial. Pero para que
estén en condiciones de llevarlo a cabo, primero tendrán
que variar sus formas de relacionarse con los ciudadanos,
entre los que se incluyen obviamente los propios sujetos de
ideas.
Notas
(1) Aunque me exprese en este
texto en tercera persona cuando me refiero a los intelectuales,
deseo hacer explícita mi conciencia de que me incluyo
en las críticas que formulo. No saco el cuerpo ni funjo
de Catón irresponsable.
(2) Pierre Bourdieu, Campo del
poder, campo intelectual, Folios, Buenos Aires, 1983.
(3) Tomo el concepto acuñado
por Erving Goffman, Internados. Ensayos sobre la situación
social de los enfermos mentales, Amorrortu Editores, Buenos
Aires, 1961.
(4) Lewis A. Coser, Hombres de
ideas. El punto de vista de un sociólogo, Fondo de
Cultura Económica, México, 1966.
(5) Amin Maalouf, Identidades
asesinas, Alianza Editorial, Madrid, 1999.
(*)
Maestro en Ciencias
Sociales por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales
(Flacso), y doctor en Ciencia Social por el Colegio de México.
Es autor de Pensar América Latina. Hacia una sociología
de los intelectuales latinoamericanos, siglo XX.
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