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J.M Coetzee
hablar desde los márgenes
El otorgamiento del Premio Nobel de Literatura de este año
a John Maxwell Coetzee no arrastra cuestionamientos en contra
a su calidad literaria. Su origen nació en Sudáfrica
es uno de los rasgos más significativos en su narrativa.
J.
M. Coetzee (Ciudad del Cabo, 1940) nunca se ha engañado
acerca de su identidad sudafricana, pero tampoco se ha hecho
ilusiones acerca de ella. Por lo primero, ha escrito siempre
situado en la historia política de su país,
una provincia del imperio británico sojuzgada por la
explotación, la violencia y la paranoia colonial. Por
lo segundo, se ha rehusado a idealizar tanto el paisaje colonizado
por el romance imperial como la condición del Otro,
víctima o subalterno, impuesta a las minorías
(en su país, mayorías) por el discurso central
y liberal. Pero su aguda actitud crítica ante las trampas
ideológicas y culturales le ha hecho, siempre, revisar
su propia posición en el discurso. Esto es, preguntarse
desde dónde habla y cuál es su intención,
papel y opción moral al hacerlo desde ese preciso lugar.
Coetzee
escribe desde la experiencia colonial sudafricana (marcada
para siempre por el apartheid, la censura, la cárcel
y la tortura, el aislamiento internacional, el proceso poscolonial,
y el período de racionalización
democrática). Pero lo hace también fuera de
los partidos e incluso de la política degradada por
los políticos, al confrontar tanto el olvido del pasado
(la amnesia moral) como la retórica del optimismo (la
hegemonía liberal). Lo hace, además, desde una
perspectiva rigurosa, casi ascética, de escritor periférico:
descentrando las ideas y visiones universalistas, afirmando
las diferencias, y poniendo en duda el idealismo humanista
y su fe racionalista. Por ello, su crítica es siempre
una revelación: de los dobles fondos, de los escenarios
menos evidentes, de la buena fe. Quien escribe desde el jardín
natural convertido en infierno moral, desde la civilización
imperial convertida en violencia racista, y desde la polarización
conflictiva del proceso actual, sabe, por lo menos, que no
hay modelos superiores, que nos debemos al discurso que nos
afirma y al que afirmamos. Sabe, además, que el intelectual
no ofrece soluciones, sino las revelaciones momentáneas
de una intensa puesta en duda.
La persona del escritor
¿Asistirá Coetzee a Estocolmo para recibir el
Premio Nobel?, nos preguntamos sus lectores, tal vez secretamente,
deseando que no lo haga. Salvo que asista vestido con el equivalente
afrikáner de un liquiliqui colombiano.
Pero este descendiente de alemanes e ingleses que asistió
a una escuela británica, vivió en Inglaterra,
estudió y empezó a enseñar en Estados
Unidos, profesó en la Universidad del Cabo, se mudó
a Australia, y volvió como profesor visitante a Chicago,
¿cómo podría señalar su origen?
Después de todo, éste es un escritor de los
márgenes que, a diferencia de Naipaul, convertido al
discurso del centro, no ha querido perder la distancia irónica
del migrante, escéptica y de sobria elocuencia. Es
un escritor de una rara seriedad, de vena satírica
y mirada implacable, pero también capaz de comunicar
la emotividad herida de una humanidad descarnada, incluso
vencida. En sus novelas la agonía moral es tan atroz
como la tortura, el odio entre los hombres tan conmovedor
como la piedad por los animales, la desolación tan
feroz como la devoción. Coetzee no se ha rendido a
las tentaciones del nihilismo, aun sin razones para el optimismo.
Y aunque ha visto como pocos que las grandes verdades son
construcciones ideológicas que gestan ruinas sucedáneas,
no ha recaído tampoco en el relativismo posmoderno,
afincado como está en desentrañar esas construcciones,
afirmado más por fidelidades que por convicciones.
Fiel a su escritura desmitificadora, a su integridad de escritor
de los márgenes, lo es también a la lectura,
a ese escenario migrante donde se abre el territorio de la
crítica como la forma histórica de una verdad
en disputa. Por lo demás, Coetzee es un escritor que
ha resistido a la tribuna pública, y es ajeno a la
figura hoy dominante del escritor mediático y sancionador.
Un escritor, se diría, poseído de su gravedad
solitaria.
El método crítico
En la obra de Coetzee parecen unirse dos principios fundamentales
del saber crítico contemporáneo: la noción
del lenguaje avanzada por Wittgenstein (las palabras son herramientas
y deben servir para algo), y la práctica de la deconstrucción
(las verdades son relatos construidos y deben desmontarse
para revelar su genealogía histórica). En su
conferencia ¿Qué es un clásico?
(1991) se despliega este método crítico con
agudeza. Coetzee le devuelve la pregunta a T. S. Eliot, quien
en su famosa conferencia ¿Qué es un clásico?
(1944) había empezado por devolverle la misma cuestión
a Sainte-Beuve, quien en su propia conferencia (1857) había
respondido que Virgilio era el poeta de la latinidad,
pero no del resto de Europa. Para Eliot, en cambio, Europa
Occidental es una sola civilización, heredera del Sacro
Imperio Romano, cuyo origen es la Iglesia romana. La Eneida
de Virgilio, por tanto, es la épica fundadora de Roma
y de Europa. Pero en lugar de seguir el reduccionismo de Eliot,
el novelista prefiere observar la situación del hablante
para entender su identidad. En ese proceso, el proceso de
una alegoría se revela: Eliot está reescribiendo
el pasado como la reconstrucción fundadora de una idea
de Europa. Y en esa hipótesis tradicionalista y conservadora,
él mismo, el poeta estadounidense que no logró
un lugar en su propia provincia, y que buscaba uno más
robusto en el centro cultural hegemónico, encuentra
su destino y su voz. Coetzee concluye que Eliot se ha creado
una nueva identidad, no basada en la inmigración ni
la aculturación, sino en el poder cultural. Para muchos
jóvenes de las colonias, o de las provincias, la alta
cultura de la metrópoli y sus vidas cotidianas
no se llegan a fundir, y ellos requieren afirmarse en algún
espacio trascendente. La madre patria, dice Coetzee,
debería llamarse el país padre.
Pero el caso de Eliot, al final, ilustra que un clásico
(Virgilio o Bach) es alguien que sobrevive a todas las lecturas.
Por eso, hasta las lecturas hostiles son bienvenidas. Así,
la crítica se define por su necesidad de seguir interrogando
a los clásicos. La crítica, sobre todo la más
escéptica, es utilizada por los clásicos para
seguir viviendo.
La verdad del Otro
En su conferencia Autobiografía y verdad
(1984), Coetzee examina las Confesiones, de Rousseau, para
discutir el costo de decir la verdad. Rousseau
había empezado confesando que cuando era un hombre
pasional estaba inhibido de satisfacer sus deseos porque hay
placeres que se pueden comprar y placeres que son gratuitos.
El problema, sigue Rousseau, es que si se paga por las cosas
deseables pierden su sabor, y es mejor no gastar dinero en
ellas. Le avergüenza pasar por avaro, pero prefiere no
comprar un pastel que le apetece mucho porque el costo le
estropearía el gusto. El dinero representa la libertad
aunque no se confunde con la libertad. Pero al pagar por algo,
uno pierde su libertad, envenena su deseo y se convierte en
esclavo de la necesidad. Por tanto, es mejor robar el pastel
deseado que comprarlo. Coetzee está fascinado por estas
paradojas, que en la economía de la confesión
demandan sufrimiento a nombre de la verdad confesada. Pero
la avaricia de Rousseau se le aparece como otra representación
del misterio del deseo. ¿Qué clase de
deseo por un pastel es este deseo que no se puede satisfacer
con un pastel comprado? Esa pregunta desencadena no
una respuesta, sino un examen, esto es, una lectura. Por lo
pronto, cada secreto o apetito vergonzoso es una moneda
confesable. No en vano, nos advierte Coetzee, Dostoievski
fue uno de los críticos más duros de Rousseau.
El
proceso que va de la confesión y la penitencia al perdón
es, al final, mera autogratificación, porque uno se
miente a sí mismo al acusarse para sentirse bien con
su propia y ruda honestidad. Dostoievski, observa Coetzee,
prefiere personajes que cultivan mentiras sobre sí
mismos creyendo que es mejor ser interesante que veraz. Por
eso, la verdad de la autobiografía, aun siendo central,
no constituye su centro. Y al ser un relato, ocurre entre
el escritor y el lector, y está abierto a la renegociación
de sus pactos y géneros. En última instancia,
la pregunta por la verdad es la renovada interrogación
de uno mismo: si uno espera la verdad de los otros, ¿por
qué no empieza revelando sus propios secretos? Y, a
fin de cuentas, ¿cuál es el privilegio
de la crítica que le permite reclamar decir la verdad
de la literatura? La economía de la confesión
le da la razón a Rousseau: lo que se retiene (el dinero,
la verdad) es la clave de la libertad, sobre todo, la libertad
del discurso autobiográfico mismo.
Ficción y política
Aunque las novelas de Coetzee se sostienen en la lúcida
precisión con que representan lo específico
(su realismo es impecable, casi un hiperrealismo), la operación
de su lectura desentraña las evidencias: pronto entendemos
que lo real está construido en otra representación,
la de una concepción del mundo no menos prolija y quizá
más obsesiva. No se trata de la mecánica de
un relato dentro de otro, sino de los subtextos que deconstruyen
un relato postulado como evidencia. Por eso, el profesor David
Laurie (Desgracia) se resiste a confesar toda su verdad al
tribunal de colegas que le exige arrepentimiento: ha roto
las reglas al amar a una estudiante, pero rehúsa someterse
a la consoladora retórica terapéutica o a la
buena conciencia profesional. Rehúsa ser el personaje
del relato de escándalo que los demás requieren
procesar. Esa renuncia lo precipita en la desgracia
mayor: carecer de un discurso que lo represente y le dé
un lugar. La violencia de lo real es superior a sus fuerzas
y, en ese abismo, toca fondo.
Otro
tanto ocurre con Elizabeth Costello (2003), que desarrolla
el formato del Informe a la Academia, de Kafka.
En esta novela (hecha de conferencias dictadas por una novelista
australiana de ese nombre), Coetzee no se inventa un álter
ego o una persona narrativa, sino que le atribuye
a una escritora (como él mismo, de los márgenes)
sus propias conferencias en defensa de los animales y en contra
de la censura. Por lo pronto, los viajes de Costello le sirven
a Coetzee para burlarse, con distancia cómica, de los
escritores que derivan entre conferencias y conferencias de
prensa. Y, a la vez, para hacerse a sí mismo las preguntas
que los periodistas y la crítica no le hacen. Esta
novela es también una sátira literaria (del
hecho de escribir novelas, en primer lugar) y una seria puesta
en duda del trato de la violencia en las novelas de éxito.
Convertir la violencia en mercancía y manipulación,
parece decirnos, es propagar el mal. No en vano J. M. Coetzee
ha demostrado que la novela es el lugar donde los discursos
(sobre todo la dominante ideología liberal, las actuales
políticas del olvido) sucumben, debido a su incapacidad
para sostener una vida honesta, hecha en la agonía
de la verdad. En su Causando ofensa, Coetzee propone una de
sus paradojas irónicas: Si las representaciones,
meras sombras, son en verdad peligrosas, piensa uno, entonces
la contramedida apropiada serían otras representaciones
o contrarrepresentaciones. Si la burla corroe el respeto por
el Estado, si la blasfemia insulta a Dios, si la pornografía
degrada a las pasiones, bastaría con que voces más
fuertes y convincentes se levanten defendiendo la autoridad
del Estado, alabando a Dios, exaltando el amor casto. Esta
respuesta estaría totalmente de acuerdo con la teleología
del liberalismo, que cree en abrir el mercado a las fuerzas
en contienda porque a la larga el mercado tiende al bien,
es decir, al progreso, que el liberalismo concibe bajo una
luz histórica y metafísica.
Estamos en un teatro, como decía Erasmo en su Elogio
de la locura, pero el actor que cree que por ser el teatro
ilusorio puede dejar su parte, está equivocado. Fuera
del teatro no hay nada, nos recuerda Coetzee. Sólo
nos queda actuar nuestra parte aunque, esta vez, con una nueva
lucidez, con una sabiduría cómica.
(*) Profesor
de la Universidad de Brown, Estados Unidos.
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