Director: HUGO COYA HONORES

AÑO DE LOS DERECHOS DE LA PERSONA CON DISCAPACIDAD Y DEL CENTENARIO DEL NACIMIENTO DE JORGE BASADRE GROHMANN

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Lilian Oropeza. De la exposición de esculturas "Lecciones de vuelo"  
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  PRECISIONES

Por:
Ericka Ghersi (*)

Las otras voces del XIX
Mujeres intelectuales

El recorrido intelectual de las escritoras en el Perú siempre ha sido difícil. A fines del siglo XIX surgió una generación de novelistas y poetas que hoy recobra actualidad con enjundiosos estudios publicados recientemente.


   La historiografía ha invisibilizado sistemáticamente las voces de las mujeres. Parte de la labor de la crítica feminista ha sido rescatar estas voces del olvido y desempolvar su importancia y trascendencia. Entre ellas se encuentran narradoras y poetas latinoamericanas como Juana Manuela Gorriti (1838-1892), Clorinda Matto de Turner (1852-1909), Mercedes Cabello de Carbonera (1845-1909), Teresa González de Fanning (1936-1903); y entre las poetas, Juana de Ibarbourou (1895-1979), Alfonsina Storni (1892-1938), entre otras.
   La labor de recuperación de estos nombres se ha intensificado en la reciente década gracias al empeño de algunos críticos extranjeros, como Fanny Arango-Keeth, Márgara Russotto, Beth Miller y Mary Berg, quienes reivindican la literatura hecha por latinoamericanas del siglo XIX. En el Perú también han aparecido publicaciones de estudios y compilaciones que registran la presencia de mujeres intelectuales durante el siglo XIX. Por un lado, encontramos a Francesca Denegri, quien analiza –desde los estudios de género– las novelas de las escritoras Mercedes Cabello de Carbonera, Clorinda Matto de Turner y Teresa González de Fanning. Mientras que por otro lado, Ismael Pinto –desde la investigación periodística– nos entrega una estupenda biografía de Mercedes Cabello de Carbonera y una colección completa de todos sus artículos periodísticos.
   Esta “primera generación de mujeres ilustradas” –título que acuña Denegri en El abanico y la cigarrera– es indispensable durante esta época, porque inicia la discusión sobre los derechos de la mujer en el espacio público, espacio por excelencia de la masculinidad. La exigencia respondía a una necesidad: la pérdida de los maridos. En los casos de Teresa González y Lastenia Larriva, ellos murieron en combate durante la Guerra del Pacífico (1879); mientras que Mercedes Cabello y Clorinda Matto enviudaron muy jóvenes. En cambio, Juana Manuela Gorriti y Margarita Práxedes se divorciaron.
Las actividades que les servían a estas intelectuales para cuidar de sí mismas y de sus familias eran la enseñanza y el periodismo. Por ejemplo, Clorinda Matto crea –aún estando en Tinta– una revista cultural llamada El Recreo (1876). Cuando murió su esposo (1981) tuvo que administrar las haciendas, pero dos años más tarde decide vivir en Arequipa y trabajar para La Bolsa, periódico con el que colaboraba desde Tinta. Trabajó allí como jefa de prensa durante seis años y después se trasladó a Lima para ocupar el puesto de directora del departamento de edición de la revista cultural El Perú Ilustrado (1889). Una vez establecida como jefa de edición, Clorinda Matto dio a esa publicación –junto con Manuel González Prada y Mercedes Cabello– un carácter peruanista. Durante su jefatura se dio más importancia a la literatura relacionada con la realidad social peruana y el progreso científico –esta última es una característica del modernismo latinoamericano– que a lo estético.
   El caso de Mercedes Cabello es diferente. En 1874, nuestra autora se consagró como una gran escritora y defensora de los derechos de la mujer a raíz de la publicación de cinco artículos suyos impresos en El Álbum, con el título “La influencia de la mujer en la civilización”. Ésta y “Necesidad de una industria para la mujer”, artículo publicado en La Alborada (revista dirigida por Juana Manuela Gorriti), fueron sus cartas de presentación para la intelligentsia limeña, la cual se reforzó con la reedición del mismo artículo periodístico un año más tarde en dos series diferentes. En estos textos, la autora apelaba al gobierno de turno para que implantase políticas favorables a la mujer, por ejemplo, la educación como una vía de liberación femenina.
   La misma idea que propone Mercedes Cabello en su artículo de 1974 fue tomada por Teresa González unos meses más tarde en el artículo “Trabajo para la mujer”, que se publicó también en La Alborada.    Aquí se aborda de igual forma la problemática laboral femenina, y propone la necesidad de considerar a las mujeres como sujetos productivos fuera del espacio privado. Cuatro años más tarde, durante la Guerra del Pacífico, el esposo de Teresa González muere en la guerra y la escritora tiene que buscar medios de trabajo para sobrevivir.
   Ése no fue el caso de Juana Manuela Gorriti, cuya situación económica era mucho más estable gracias a la publicación de sus dos revistas: La Alborada y El Álbum; además del centro de estudios para niñas de la clase alta que logró constituir desde sus primeros años de estadía en Lima (1870). Ambas empresas le permitían subsistir en el medio peruano. Antes de venir al Perú, la argentina se había divorciado de su marido, el general boliviano Manuel Isidoro Belzú, motivo por el cual no contaba con su apoyo económico. Su llegada al Perú creó expectativas, porque en su casa de la calle de Urrutia (actual esquina de Ocoña y Camaná) se iniciaron reuniones literarias que hoy se conocen como “veladas literarias”. En ese entonces ya existían las reuniones del Club Literario, formadas en su mayoría por intelectuales hombres; sin embargo, estas citas se extienden en casa de Juana Manuela Gorriti hasta antes de la guerra.
   Precisamente en esta casa Clorinda Matto conoció a Ricardo Palma (1877) y establecieron una gran amistad, la cual se intensificó en el plano literario, pues, compartían intereses por la novela costumbrista. Así es como ella –muy influenciada por las Tradiciones peruanas– termina componiendo Tradiciones cusqueñas (1886). Éste vendría a ser su primer trabajo literario, cuyo prólogo escribió complacientemente su fiel amigo Ricardo Palma.
   Ese año, Mercedes Cabello ganó el primer premio del concurso literario convocado por El Ateneo de Lima. Su libro Sacrificio y recompensa es una propuesta moralista que destaca con un tono romántico los conceptos de heroína y prostituta. Aparentemente, critica el matrimonio por conveniencia como una forma de prostituirse, la cual era una práctica social obligada en aquellos tiempos. El segundo puesto lo obtiene Teresa González con su novela Regina. El personaje principal de esta obra se convierte en la víctima de un hábil sujeto criado entre indios. Regina es atraída por el exotismo de Genaro y se convierte en su mujer, rompiendo con ciertas conductas sociales. Pero una vez revelada la verdadera identidad de Genaro, Regina queda deshonrada y acepta su culpa. Al parecer, ambas son heroínas; sin embargo, como bien señala Denegri, estas dos novelas distan de las propuestas de liberación de la mujer que sus autoras defienden fervientemente desde la tribuna periodística.
   La misma idea se aplica en la primera novela de Clorinda Matto, Aves sin nido (1889), que fue considerada por la crítica convencional como una de las primeras novelas indigenistas (Cornejo Polar 41). Sin embargo, me atrevería a decir que su mirada sobre el indigenismo tiene otra intención, la de hablar sobre otro sujeto marginado: la mujer. De esta manera, la autora convierte a las heroínas en sujetos profeministas, pero del feminismo cristiano que señala Denegri. A partir de esta premisa, me atrevería a decir que la autora de Aves sin nido trabaja la moral cristiana de la misma forma en que lo hace la novelista Harriet B. Stowe en La cabaña del tío Tom (1852). En su estudio sobre el discurso de    La cabaña del tío Tom, Roberto Friol refiere que Stowe, en su intento por rescatar los derechos de la mujer, trataba desesperadamente de llamar la atención de sus conciudadanos acerca de la sangre blanca que había en la vena de los mestizos; intentaba que se les respetase en virtud de aquella porción de sangre anglosajona y hasta llegaba a vaticinar alguna catástrofe futura de persistirse en no hacerlo (17). Harriet B. Stowe justifica esta igualdad basándose en propuestas cientificistas como el problema biológico de sangre y también se apoya en la filosofía cristiana. Por ejemplo, en el prólogo de La cabaña del tío Tom, se lee: “Hoy en día, el poeta, el pintor y el artista buscan y ordenan las comunes y apacibles formas de vida, y debajo de los encantos de la ficción respira una humanizadora y sumisa influencia favorable al desarrollo de los grandes principios de la fraternidad cristiana” (mis cursivas).
   Como se observa, Stowe ensalza la cultura masculina: brotherhood, y se ampara en la religión cristiana para no ser mal interpretada por la crítica convencional. De igual manera sucede en Aves sin nido, cuando la protagonista de la novela, Lucía, se ampara en un discurso cristiano al hacer uso del Nuevo Testamento para exhortar a los personajes masculinos que son antagonistas.
   Como observamos, muchas de las escritoras mujeres que asistían a las reuniones literarias no sólo tuvieron una participación política activa en los medios impresos masivos, sino también en el espacio literario con la publicación de sus novelas. Los calificativos que hayan recibido en aquel entonces: naturalistas, realistas, indigenistas o románticas no afectan a sus propuestas si las miramos desde nuestra perspectiva. En sus ensayos falta mucho por estudiar y en sus obras literarias se pueden encontrar muchas interpretaciones de los sujetos que ellas proponen como marginados por la sociedad masculina; sin embargo, en el medio peruano hallamos algunos estudios de muy buena calidad que ayudan definitivamente a construir otras perspectivas de estudio. Tal es el caso del acercamiento que tiene la crítica Denegri para discutir los tipos de feminismo presentes en las obras de esta primera generación de mujeres ilustradas.


Protesta por Angelamaría
Se me han muerto demasiados poetas y escritores amigos, pero todavía no termino de protestar el asesinato del primero de ellos en la primera guerrilla peruana, Javier Heraud, en 1963, cuando todos teníamos 20 años. Tampoco cultivo el obituario, y no fui capaz de escribir uno sobre Octavio Paz, unos meses antes de su muerte, cuando un diario madrileño me encargó, al estilo de los diarios londinenses, que los comisionan por adelantado, para que uno pueda acordar con el próximo difunto un adjetivo más justo. Pero las últimas veces que he visitado Puerto Rico y he preguntado por mi amiga la poeta negra Angelamaría Dávila (1944-2003), la daban por perdida, y esa resignación me pareció un derroche.
   Tengo la impresión de que los poetas cada vez mueren peor. Enrique Lihn se quejaba de que sólo los burgueses mueren en su cama mientras él, decía, seguramente lo haría en cualquier hotel de paso, a la intemperie. Pero lo cierto es que tuvo tiempo de organizar su desaparición y hasta el lujo de escenificar su propia muerte, en su mejor estilo burlesco y paródico. Pero el gran poeta Emilio Adolfo Westphalen murió en Lima en una clínica, viejo y pobre, asistido por la discreción de los amigos. Otro tanto ocurrió con el maravilloso poeta Enrique Molina, que murió en Buenos Aires, olvidado y solo; tenía entre sus manos, me contó su viuda, la presea del único premio que recibió en vida, el Pérez Bonalde de poesía, que se dictaminaba en Caracas.
   Para mayor confusión, muchas veces la muerte perpetúa los malentendidos. A Julio Cortázar le descubrieron un desbalance de glóbulos y le diagnosticaron una leucemia, pero hay quienes publican que murió víctima del sida, abusando de la ignorancia. La sexualidad de los escritores se ha convertido en causa célebre en manos de profesores que manejan sin escrúpulos suposiciones que construyen como certezas; no pocas veces, esas suposiciones corresponden a sus propias agendas, sexuales o políticas, con lo cual sus revelaciones, incluso si se prueban como verídicas, vienen contaminadas de mala fe. Es curioso que no busquen probar que fueron felices, sino que vivieron desdichados. Como decía el doctor Johnson, son gente que encuentra una filosofía para justificar sus inclinaciones. Rubén Darío y Jorge Luis Borges han sido declarados homosexuales por algunos colegas en busca del tiempo perdido. Pero la reciente revelación de que José Donoso lo era, aun si veraz, requiere un grano de sal.    Me temo que sus cartas sean su último intento de hacerse de una fama póstuma.
Severo Sarduy, en cambio, fue homosexual y feliz, y hasta cuando enfermó tuvo algunos gestos de ingenio. Recuerdo que cuándo lo invité a escribir sobre el Quijote me respondió que no podía, porque era un libro muy largo y no tendría tiempo suficiente para releerlo. Su amistad era de una delicadeza gozosa.
   De cualquier modo, protesto por la desaparición injusta de Angelamaría Dávila. No se cuanto hay de cierto en la noticia de que se había convertido en una suerte de clochard, de ser marginal y desamparado. Otro amigo, Néstor Sánchez, fue literalmente clochard en París, y cuando la Policía lo detenía por vagancia mostraba su último documento de identidad, su foto en la traducción de una de sus novelas al francés. La policía de inmediato lo dejaba en libertad. Pero me parece que Angelamaría no tuvo amigos, colegas, ni siquiera autoridades letradas que la recobraran de su postración. Estuve, quiero decir, lejos de su drama.
   La recuerdo la mañana gloriosa en que caminábamos por el medio de su calle, en un barrio populoso, junto con el poeta Joseramon Melendes, contagiados de su felicidad terrestre, escuchándola cantar los boleros más entrañables. Iba ella plena y mayúscula, como una reina que reconoce sus dominios, flanqueada por un puertorriqueño que escribe como habla y un peruano que habla como escribe.
Protesto, aunque sea en vano, su soledad. No quiero creer que la sociedad puertorriqueña sea tan cruel e indiferente con sus creadores como lo es la mía propia. Protesto incluso contra todas las explicaciones.
Creo entender que ella misma, aun sin voz, cantó su protesta.

(*) Realiza un doctorado en Estudios Culturales Latinoamericanos en la Universidad de Florida, EE UU.


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