|
Las otras voces
del XIX
Mujeres intelectuales
El recorrido intelectual de las escritoras en el Perú
siempre ha sido difícil. A fines del siglo XIX surgió
una generación de novelistas y poetas que hoy recobra
actualidad con enjundiosos estudios publicados recientemente.
La
historiografía ha invisibilizado sistemáticamente
las voces de las mujeres. Parte de la labor de la crítica
feminista ha sido rescatar estas voces del olvido y desempolvar
su importancia y trascendencia. Entre ellas se encuentran
narradoras y poetas latinoamericanas como Juana Manuela Gorriti
(1838-1892), Clorinda Matto de Turner (1852-1909), Mercedes
Cabello de Carbonera (1845-1909), Teresa González de
Fanning (1936-1903); y entre las poetas, Juana de Ibarbourou
(1895-1979), Alfonsina Storni (1892-1938), entre otras.
La
labor de recuperación de estos nombres se ha intensificado
en la reciente década gracias al empeño de algunos
críticos extranjeros, como Fanny Arango-Keeth, Márgara
Russotto, Beth Miller y Mary Berg, quienes reivindican la
literatura hecha por latinoamericanas del siglo XIX. En el
Perú también han aparecido publicaciones de
estudios y compilaciones que registran la presencia de mujeres
intelectuales durante el siglo XIX. Por un lado, encontramos
a Francesca Denegri, quien analiza desde los estudios
de género las novelas de las escritoras Mercedes
Cabello de Carbonera, Clorinda Matto de Turner y Teresa González
de Fanning. Mientras que por otro lado, Ismael Pinto desde
la investigación periodística nos entrega
una estupenda biografía de Mercedes Cabello de Carbonera
y una colección completa de todos sus artículos
periodísticos.
Esta
primera generación de mujeres ilustradas
título que acuña Denegri en El abanico
y la cigarrera es indispensable durante esta época,
porque inicia la discusión sobre los derechos de la
mujer en el espacio público, espacio por excelencia
de la masculinidad. La exigencia respondía a una necesidad:
la pérdida de los maridos. En los casos de Teresa González
y Lastenia Larriva, ellos murieron en combate durante la Guerra
del Pacífico (1879); mientras que Mercedes Cabello
y Clorinda Matto enviudaron muy jóvenes. En cambio,
Juana Manuela Gorriti y Margarita Práxedes se divorciaron.
Las actividades que les servían a estas intelectuales
para cuidar de sí mismas y de sus familias eran la
enseñanza y el periodismo. Por ejemplo, Clorinda Matto
crea aún estando en Tinta una revista cultural
llamada El Recreo (1876). Cuando murió su esposo (1981)
tuvo que administrar las haciendas, pero dos años más
tarde decide vivir en Arequipa y trabajar para La Bolsa, periódico
con el que colaboraba desde Tinta. Trabajó allí
como jefa de prensa durante seis años y después
se trasladó a Lima para ocupar el puesto de directora
del departamento de edición de la revista cultural
El Perú Ilustrado (1889). Una vez establecida como
jefa de edición, Clorinda Matto dio a esa publicación
junto con Manuel González Prada y Mercedes Cabello
un carácter peruanista. Durante su jefatura se dio
más importancia a la literatura relacionada con la
realidad social peruana y el progreso científico esta
última es una característica del modernismo
latinoamericano que a lo estético.
El
caso de Mercedes Cabello es diferente. En 1874, nuestra autora
se consagró como una gran escritora y defensora de
los derechos de la mujer a raíz de la publicación
de cinco artículos suyos impresos en El Álbum,
con el título La influencia de la mujer en la
civilización. Ésta y Necesidad de
una industria para la mujer, artículo publicado
en La Alborada (revista dirigida por Juana Manuela Gorriti),
fueron sus cartas de presentación para la intelligentsia
limeña, la cual se reforzó con la reedición
del mismo artículo periodístico un año
más tarde en dos series diferentes. En estos textos,
la autora apelaba al gobierno de turno para que implantase
políticas favorables a la mujer, por ejemplo, la educación
como una vía de liberación femenina.
La
misma idea que propone Mercedes Cabello en su artículo
de 1974 fue tomada por Teresa González unos meses más
tarde en el artículo Trabajo para la mujer,
que se publicó también en La Alborada. Aquí
se aborda de igual forma la problemática laboral femenina,
y propone la necesidad de considerar a las mujeres como sujetos
productivos fuera del espacio privado. Cuatro años
más tarde, durante la Guerra del Pacífico, el
esposo de Teresa González muere en la guerra y la escritora
tiene que buscar medios de trabajo para sobrevivir.
Ése
no fue el caso de Juana Manuela Gorriti, cuya situación
económica era mucho más estable gracias a la
publicación de sus dos revistas: La Alborada y El Álbum;
además del centro de estudios para niñas de
la clase alta que logró constituir desde sus primeros
años de estadía en Lima (1870). Ambas empresas
le permitían subsistir en el medio peruano. Antes de
venir al Perú, la argentina se había divorciado
de su marido, el general boliviano Manuel Isidoro Belzú,
motivo por el cual no contaba con su apoyo económico.
Su llegada al Perú creó expectativas, porque
en su casa de la calle de Urrutia (actual esquina de Ocoña
y Camaná) se iniciaron reuniones literarias que hoy
se conocen como veladas literarias. En ese entonces
ya existían las reuniones del Club Literario, formadas
en su mayoría por intelectuales hombres; sin embargo,
estas citas se extienden en casa de Juana Manuela Gorriti
hasta antes de la guerra.
Precisamente
en esta casa Clorinda Matto conoció a Ricardo Palma
(1877) y establecieron una gran amistad, la cual se intensificó
en el plano literario, pues, compartían intereses por
la novela costumbrista. Así es como ella muy
influenciada por las Tradiciones peruanas termina componiendo
Tradiciones cusqueñas (1886). Éste vendría
a ser su primer trabajo literario, cuyo prólogo escribió
complacientemente su fiel amigo Ricardo Palma.
Ese
año, Mercedes Cabello ganó el primer premio
del concurso literario convocado por El Ateneo de Lima. Su
libro Sacrificio y recompensa es una propuesta moralista que
destaca con un tono romántico los conceptos de heroína
y prostituta. Aparentemente, critica el matrimonio por conveniencia
como una forma de prostituirse, la cual era una práctica
social obligada en aquellos tiempos. El segundo puesto lo
obtiene Teresa González con su novela Regina. El personaje
principal de esta obra se convierte en la víctima de
un hábil sujeto criado entre indios. Regina es atraída
por el exotismo de Genaro y se convierte en su mujer, rompiendo
con ciertas conductas sociales. Pero una vez revelada la verdadera
identidad de Genaro, Regina queda deshonrada y acepta su culpa.
Al parecer, ambas son heroínas; sin embargo, como bien
señala Denegri, estas dos novelas distan de las propuestas
de liberación de la mujer que sus autoras defienden
fervientemente desde la tribuna periodística.
La
misma idea se aplica en la primera novela de Clorinda Matto,
Aves sin nido (1889), que fue considerada por la crítica
convencional como una de las primeras novelas indigenistas
(Cornejo Polar 41). Sin embargo, me atrevería a decir
que su mirada sobre el indigenismo tiene otra intención,
la de hablar sobre otro sujeto marginado: la mujer. De esta
manera, la autora convierte a las heroínas en sujetos
profeministas, pero del feminismo cristiano que señala
Denegri. A partir de esta premisa, me atrevería a decir
que la autora de Aves sin nido trabaja la moral cristiana
de la misma forma en que lo hace la novelista Harriet B. Stowe
en La cabaña del tío Tom (1852). En su estudio
sobre el discurso de La
cabaña del tío Tom, Roberto Friol refiere que
Stowe, en su intento por rescatar los derechos de la mujer,
trataba desesperadamente de llamar la atención de sus
conciudadanos acerca de la sangre blanca que había
en la vena de los mestizos; intentaba que se les respetase
en virtud de aquella porción de sangre anglosajona
y hasta llegaba a vaticinar alguna catástrofe futura
de persistirse en no hacerlo (17). Harriet B. Stowe justifica
esta igualdad basándose en propuestas cientificistas
como el problema biológico de sangre y también
se apoya en la filosofía cristiana. Por ejemplo, en
el prólogo de La cabaña del tío Tom,
se lee: Hoy en día, el poeta, el pintor y el
artista buscan y ordenan las comunes y apacibles formas de
vida, y debajo de los encantos de la ficción respira
una humanizadora y sumisa influencia favorable al desarrollo
de los grandes principios de la fraternidad cristiana
(mis cursivas).
Como
se observa, Stowe ensalza la cultura masculina: brotherhood,
y se ampara en la religión cristiana para no ser mal
interpretada por la crítica convencional. De igual
manera sucede en Aves sin nido, cuando la protagonista de
la novela, Lucía, se ampara en un discurso cristiano
al hacer uso del Nuevo Testamento para exhortar a los personajes
masculinos que son antagonistas.
Como
observamos, muchas de las escritoras mujeres que asistían
a las reuniones literarias no sólo tuvieron una participación
política activa en los medios impresos masivos, sino
también en el espacio literario con la publicación
de sus novelas. Los calificativos que hayan recibido en aquel
entonces: naturalistas, realistas, indigenistas o románticas
no afectan a sus propuestas si las miramos desde nuestra perspectiva.
En sus ensayos falta mucho por estudiar y en sus obras literarias
se pueden encontrar muchas interpretaciones de los sujetos
que ellas proponen como marginados por la sociedad masculina;
sin embargo, en el medio peruano hallamos algunos estudios
de muy buena calidad que ayudan definitivamente a construir
otras perspectivas de estudio. Tal es el caso del acercamiento
que tiene la crítica Denegri para discutir los tipos
de feminismo presentes en las obras de esta primera generación
de mujeres ilustradas.
Protesta por Angelamaría
Se me han muerto demasiados poetas y escritores amigos, pero
todavía no termino de protestar el asesinato del primero
de ellos en la primera guerrilla peruana, Javier Heraud, en
1963, cuando todos teníamos 20 años. Tampoco
cultivo el obituario, y no fui capaz de escribir uno sobre
Octavio Paz, unos meses antes de su muerte, cuando un diario
madrileño me encargó, al estilo de los diarios
londinenses, que los comisionan por adelantado, para que uno
pueda acordar con el próximo difunto un adjetivo más
justo. Pero las últimas veces que he visitado Puerto
Rico y he preguntado por mi amiga la poeta negra Angelamaría
Dávila (1944-2003), la daban por perdida, y esa resignación
me pareció un derroche.
Tengo
la impresión de que los poetas cada vez mueren peor.
Enrique Lihn se quejaba de que sólo los burgueses mueren
en su cama mientras él, decía, seguramente lo
haría en cualquier hotel de paso, a la intemperie.
Pero lo cierto es que tuvo tiempo de organizar su desaparición
y hasta el lujo de escenificar su propia muerte, en su mejor
estilo burlesco y paródico. Pero el gran poeta Emilio
Adolfo Westphalen murió en Lima en una clínica,
viejo y pobre, asistido por la discreción de los amigos.
Otro tanto ocurrió con el maravilloso poeta Enrique
Molina, que murió en Buenos Aires, olvidado y solo;
tenía entre sus manos, me contó su viuda, la
presea del único premio que recibió en vida,
el Pérez Bonalde de poesía, que se dictaminaba
en Caracas.
Para
mayor confusión, muchas veces la muerte perpetúa
los malentendidos. A Julio Cortázar le descubrieron
un desbalance de glóbulos y le diagnosticaron una leucemia,
pero hay quienes publican que murió víctima
del sida, abusando de la ignorancia. La sexualidad de los
escritores se ha convertido en causa célebre en manos
de profesores que manejan sin escrúpulos suposiciones
que construyen como certezas; no pocas veces, esas suposiciones
corresponden a sus propias agendas, sexuales o políticas,
con lo cual sus revelaciones, incluso si se prueban como verídicas,
vienen contaminadas de mala fe. Es curioso que no busquen
probar que fueron felices, sino que vivieron desdichados.
Como decía el doctor Johnson, son gente que encuentra
una filosofía para justificar sus inclinaciones. Rubén
Darío y Jorge Luis Borges han sido declarados homosexuales
por algunos colegas en busca del tiempo perdido. Pero la reciente
revelación de que José Donoso lo era, aun si
veraz, requiere un grano de sal. Me
temo que sus cartas sean su último intento de hacerse
de una fama póstuma.
Severo Sarduy, en cambio, fue homosexual y feliz, y hasta
cuando enfermó tuvo algunos gestos de ingenio. Recuerdo
que cuándo lo invité a escribir sobre el Quijote
me respondió que no podía, porque era un libro
muy largo y no tendría tiempo suficiente para releerlo.
Su amistad era de una delicadeza gozosa.
De
cualquier modo, protesto por la desaparición injusta
de Angelamaría Dávila. No se cuanto hay de cierto
en la noticia de que se había convertido en una suerte
de clochard, de ser marginal y desamparado. Otro amigo, Néstor
Sánchez, fue literalmente clochard en París,
y cuando la Policía lo detenía por vagancia
mostraba su último documento de identidad, su foto
en la traducción de una de sus novelas al francés.
La policía de inmediato lo dejaba en libertad. Pero
me parece que Angelamaría no tuvo amigos, colegas,
ni siquiera autoridades letradas que la recobraran de su postración.
Estuve, quiero decir, lejos de su drama.
La
recuerdo la mañana gloriosa en que caminábamos
por el medio de su calle, en un barrio populoso, junto con
el poeta Joseramon Melendes, contagiados de su felicidad terrestre,
escuchándola cantar los boleros más entrañables.
Iba ella plena y mayúscula, como una reina que reconoce
sus dominios, flanqueada por un puertorriqueño que
escribe como habla y un peruano que habla como escribe.
Protesto, aunque sea en vano, su soledad. No quiero creer
que la sociedad puertorriqueña sea tan cruel e indiferente
con sus creadores como lo es la mía propia. Protesto
incluso contra todas las explicaciones.
Creo entender que ella misma, aun sin voz, cantó su
protesta.
(*)
Realiza
un doctorado en Estudios Culturales Latinoamericanos en la
Universidad de Florida, EE UU.
|