Director: GERARDO BARRAZA SOTO

AÑO DEL ESTADO DE DERECHO Y DE LA GOBERNABILIDAD DEMOCRÁTICA

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Redactor
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APUNTES

Por:
Giancarlo Stagnaro

MEDIOS DE COMUNICACIÓN E IDIOLOGÍA
El pensamiento único
Las instituciones generan discursos que producen a su vez, posiciones de poder. Esta constatación de lo que Althusser llamó “aparatos ideológicos” se puede aplicar al papel que desempeñan los medios de comunicación en las sociedades democráticas contemporáneas.

A principios de la década de 1990, y como consecuencia de la caída del Muro de Berlín, numerosos analistas políticos, en su mayoría norteamericanos, proclamaron el denominado fin de la historia y de las ideologías. Esto significaba que la disputa del mundo entre los regímenes comunistas y los Estados “democráticos” había concluido con la victoria de la democracia occidental como sistema de gobierno, caracterizada por el predominio de la economía de orden capitalista y la libre circulación de información.

La globalización viene a ser la expresión de este nuevo orden surgido tras las ruinas de la guerra fría. Se impone un estilo determinado de hacer política; la actividad económica se configura con la apertura de los mercados, el libre comercio entre países y el consumismo. Aparecen o se renuevan instituciones que prefiguran una nueva composición política y económica basada en el pragmatismo y la eficiencia como nuevos mandatos de un entorno competitivo que afecta todo el espectro del quehacer humano.

Por ende, se extiende una concepción del mundo (Weltanschauungen) impregnada de sentido y significado que anula a las otras. Por ello, proclamar el fin de las ideologías resultó en sí un gesto ideológico que le quitó sustento al comunismo y sus corrientes afines. De este modo, sin oposición, se entroniza el pensamiento único.

Desde que fuera introducido por Marx y Engels a mediados del siglo XIX, la acepción de “falsa conciencia” al término ideología, éste se ha asociado usualmente con otro vocablo famoso, “alineación”, estado producido cuando la clase dominada adopta las actitudes, costumbres y creencias de la clase dominante. Sin embargo, a mediados del siglo XX, Louis Althusser crítica esta interpretación al sostener que una ideología no se hace dominante por el simple hecho de “reflejar” los intereses de una clase, sino que su ascendencia es un proceso contingente de lucha por la imputación de sentido y significado. Para Althusser, la ideología lucha por la hegemonía en el espacio de las representaciones simbólicas –es decir, de la cultura– para convertirse en un criterio incuestionable de verdad.

En su ensayo “Ideología y aparatos ideológicos del Estado”, Althusser asevera que la ideología se sirve de ciertos aparatos (dispositif) como “un cierto número de realidades que se presentan al observador inmediato bajo la forma de instituciones distintas y especializadas”. Dichas instituciones presentadas como reales son de talante religioso, escolar, jurídico, político, sindical, familiar, comunicacionales y culturales. Althusser insiste en no confundir los aparatos ideológicos con los represivos, pues los primeros se caracterizan por ejercer el poder simbólico no a través de prácticas violentas, sino de prácticas ideológicas.

Este aserto toma consistencia cuando examinamos el caso de los medios de comunicación y el discurso publicitario. En la década pasada, la presencia de los medios de comunicación se ha acentuado de manera plausible. Basta con prender la televisión o la radio para notarlo. Hemos arribado a la “sociedad del espectáculo” que predecía Guy Debord. Programas como Gran Hermano en España o los chismes de la farándula que hacen furor en América Latina –basta con ver las señales de cable– muestran conductas y actitudes que se convierten en modelos o temas cotidianos. El debate político se ha trasladado al ágora mediática. Un político sin acceso a los medios es un despropósito: pierde imagen, actualidad y, por tanto, cautivos electores. Por ello, en no pocas ocasiones, el denominado “cuarto poder” descuida el interés ciudadano en nombre del raiting y el escándalo para satisfacer determinados intereses económicos y simbólicos.

Nos preguntamos qué forma ideológica pueden configurar los medios masivos. El marketing, que ha establecido una relación simbiótica con éstos, ha diversificado las construcciones de sujetos, de acuerdo con las costumbres y tendencias que los configuran. Ha asegurado que cada consumidor sea diferente del otro y por ello multiplican sus líneas de producción de mercancías. Ésta es una característica interesante del capitalismo tardío: al pretender diferenciarnos unos de otros, nos homogeneiza en tales diferencias. Aunque uno de los basamentos de la democracia es la igualdad sin discriminaciones, siempre buscamos distinguirnos de los demás mediante la posesión de ciertos objetos que tengan un elevado “capital simbólico” deseado por los sujetos.

Esta “seducción” que practican los objetos –por ejemplo, la manera en que son presentadas las imágenes televisivas o los titulares de un diario chicha– constituye lo que se denomina “el poder libidinal de la globalización”. La información se reduce así a otorgar forma y significación a los contenidos bajo una estructura determinada, a fin de ser lanzados con la impaciencia de un flash a dar dura batalla por el control del poder, lo que a su vez busca generar repercusiones de índole política e incluso legal. Todo con el ropaje de la supuesta objetividad y el reclamo de libertad de expresión sin restricciones, es decir, sin distinciones entre la esfera pública y la intimidad de los individuos.

“El pensamiento único es una ideología, un modo de ver la realidad política, económica y social, pero se niega a presentarse como tal. Aquellos que lo sustentan no creen que el suyo sea un modo de ver el mundo, sino el único modo sensato de verlo. Para ellos, quien no considera la realidad a su manera es, sencillamente, (...) un insensato, si es que no un embaucador”, afirma el periodista español Javier Ortiz en su artículo “Medios de comunicación y pensamiento único”, publicado en Internet.

Si bien las ideologías dotan a los hombres de normas, principios y formas de conducta, esto es, de una posición o un punto de vista frente a los hechos de la realidad, no logra generar conocimientos, como sí lo hace la ciencia. El problema se manifiesta cuando determinado punto de vista se convierte en la llave maestra de todas las respuestas, el articulador de nuestras otras formas de conocimiento, y se superpone a éstas. Entonces, la necesidad de autoengaño ideológico –con imposición o no de los medios, negarse a ver la realidad como tal– se codifica según nuestros intereses, desde los más profundos (intelectuales, religiosos, económicos) hasta los más nimios. Sin embargo, pensamos que cada vez cobra mayor certidumbre la intuición de Nietzsche: el hombre no es capaz de soportar demasiadas dosis de verdad; por eso inventó la ideología.


Bibliografía

* Ortiz, Javier. “Medios de comunicación y pensamiento único.”
En: http://www.javierortiz.net/ortizestevez/Conferencias/punico.htm

* Castro-Gómez, Santiago. “Althusser, los estudios culturales y el concepto de ideología.”
En: http://www.campus-oei.org/salactsi/castro3.htm