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El escritor chileno Juan Pablo Meneses presentó en Lima Equipaje de mano. Crónicas de viaje (Planeta, 2003) y dictó en la UPC el taller de crónicas Viajar para Contarlo. De retorno a Santiago de Chile, apareció su nuevo libro, Sexo y poder, el extraño destape chileno (Planeta, 2004). Conversamos con él sobre este género narrativo, su rol social, y los límites entre literatura y periodismo.
Para el cronista de viaje, todas son ciudades de paso. A esta hora posalmuerzo, Juan Pablo Meneses está desarmado, sin su magro equipaje de trotamundos ni el computador portátil en el que perfecciona las crónicas que publica en 16 revistas latinoamericanas. Tiene la mirada serena de lama apócrifo, acostumbrado a las novedades, a corredores en Kenia o autos de Fórmula Uno en Francia. En Argentina, participa en reuniones de ganaderos porque “La Negra” (su única vaca) le da derecho a opinar sobre el mercado de las carnes en el país del bife y el tango. Y ese será el tema del libro que publicará en 2005. Con el ajedrezado faro de la Marina, en Miraflores de fondo, el escritor de 35 años busca un encendedor para el primer cigarrillo de la tarde. No lo comenta, pero espera que la entrevista no gire sobre sus viajes.
–Los límites entre literatura y periodismo son cada vez más difusos –dice Meneses con la voz con carraspera, tal vez producto de discutir con el personal de aduanas de cuatro continentes–. Alguna vez traté de inventar una teoría que los diferencie, que uno se hace contra el tiempo y por dinero, y la otra, al revés. Es decir, ambos son iguales.
Pero está el tema de la verdad, en la que la literatura no se iguala con un documento periodístico…
–Sucede que en la literatura hay mucho de verdad, y en el periodismo mucha verdad y mentira, o sea, es una zona muy complicada. Cuando empecé a escribir, quería vivir de lo que hacía, no me importaba si era periodismo o literatura. Sin embargo, cuando hago periodismo, trato que tenga algunos elementos de la literatura: que tenga personajes, trama y tensión, entre otros. Porque creo que lo informativo y lo entretenido pueden ir juntos en una revista que sea, entre comillas, más literaria.
¿Cuál es tú autocrítica de la crónica o literatura de no ficción?
–Sucede que a veces se abusa y mucho. Gente que escribe olvidándose del lector, porque se considera artista. Porque escribir crónicas para una revista no es un hobby. La crónica requiere de la misma disciplina del periodismo, el mismo rigor con los datos. Hay que pensar siempre en la crónica como que se publicará en un diario y se va a leer. No como en un libro, un objeto más abstracto. Muchos escritores miran por encima del hombro al periodismo, sin idea de lo que es reportear y manejar información periodística, que es la base de la crónica. Porque, antes que literatura, la crónica es información, datos muy chequeados. A veces, he terminado de leer quince páginas de crónicas porque no tenía otra cosa que leer, salgo a caminar y se me olvida todo.
Sin embargo, hay revistas de crónicas que son más literarias…
–Esto depende de lo que quieran encontrar ellas, sus editores y anunciantes con su producto. Buscan una alternativa más comercial.
Te referiste a que el periodismo puede tener demasiada ficción…
–No. A veces puede haber alguno que lo exagere. En mi caso, pongo ficción en mis historias, pero advierto al lector, le digo “me imagino tal cosa”. Se puede contar tomando como base un cuento, explicando que es falso, pero no se miente dando bastante información. Tampoco hay que abusar de estos recursos. Es la gracia de la crónica.
| Escribir crónicas para una revista
no es un hobby.
La crónica requiere de la misma disciplina del periodismo,
el mismo rigor con los datos. Hay que pensar siempre
en la crónica como que se publicará
en un diario
y se va a leer. |
¿Te gusta la palabra “ética”?
–Me gusta, pero trato de no usarla. En su nombre se dice cualquier cosa. Por ejemplo, en Chile, la derecha la usa para censurar diarios, para que la televisión por cable no muestre un seno. Y el otro extremo hace lo mismo. Me gusta que exista la ética, pero individual, porque es tan subjetiva. No para decir: “yo soy un periodista con ética”, lo cual es como decir: “soy un periodista que escribe con la mano”, algo obvio.
¿La crónica necesita un lector sofisticado?
–Lo que necesita la crónica es un lector que sienta que se le está contando una historia. No hay que decirle: esto es real cuando no lo es ni decirle que todo es sueño.
Supongo que es la razón por la que muchos medios cierran el género a determinados tópicos…
–En casi todas partes la crónica es sólo viajes. Actualmente, en el New York Times, más de la mitad de las notas diarias son abordadas en crónicas. Cuando apostó por la crónica bajó inicialmente el índice de lectura, a la vez, el público que lo leía se filtraba, eran más preparados. El diario empezó a vender, se hizo más masivo, porque la gente no compraría algo que les aburriera y se acostumbraron a la crónica. Mejoraron también los ingresos por anuncios porque el tipo que lee es el que le interesa a la empresa publicitaria que invierte en el medio. Porque no es sólo tu material periodístico, sino toda una empresa.
Sin embargo, en los diarios de América Latina, no se aborda en crónicas muchos temas, como la política…
–Porque es muy caro. Una crónica no se puede escribir de un día para otro y un periódico no puede destinar un periodista para que siga cinco días a un candidato presidencial y escriba una crónica. Sin embargo, el lector está un poco más preparado. En Argentina se hizo mucho de crónica en política con Página 12, en Chile se hace en los suplementos y los diarios lo usan un poco en las secciones de política.
Tal vez porque al abordar la política con elementos narrativos se puede perder credibilidad…
–La única manera en que uno no pierde credibilidad es tocando temas universales, cuando lo importante sea medular. Porque si todo el tiempo estás con que “tengo un documento, está en tal archivo”, es sólo un dato. Hablo de cosas más universales, como la injusticia: no perderá credibilidad porque, aunque sea un personaje anónimo, tocará al lector de alguna manera. Pero la gente cree a veces que la crónica no tiene credibilidad porque se piensa que no hay cómo comprobarla. Pero son cosas que en realidad no necesitan comprobarse. Si digo: “fui a un cerro en Trujillo y hablé con doña Juanita”, aunque obviamente es verdad, el tipo se preguntará si lo es, porque está acostumbrado a que le digan: “ayer a las tres de la tarde hablé con el ministro de Defensa.” Aquí lo importante es el contexto que se le da a lo narrado. Hay gente que exagera y quiere algo más, como una foto y huella digital.
Próximo boom
Enciende otro cigarrillo. Recientemente, Juan Pablo fue relator de un taller dirigido por Tomás Eloy Martínez, en Santiago. El escritor argentino explicó que en América Latina no es casualidad que casi todos los escritores sean periodistas. Distinto a Europa o Estados Unidos, donde alguien termina el colegio y puede dedicarse al oficio literario.
En toda América Latina, la realidad es mucho más fuerte que la ficción. Juan Pablo llegó aquí hace cinco años, cuando salió el primer “vladivideo”. No le sorprende que la situación de Montesinos sea totalmente diferente, sino que en cinco años sea distinta. Además, agrega, tenemos historias más jóvenes. “En Europa, cuando escriben sobre conflictos, éstos han durado cientos de años. Como que la historia no es nada.”
Pero un cronista de viaje, como es tu caso, casi un apátrida, cómo toma el contexto social…
–Tiene un rol fundamental, de primer requisito para mis crónicas. Nunca fabrico un discurso porque no soy político. Además, la cosa social y política de un país es muy compleja, no de buenos y malos, sino que los malos son un poco buenos y viceversa. El contexto social no sólo es necesario cuando uno hace crónicas sobre pueblos olvidados o la pobreza. Se halla también en cosas tan glamorosas como el mundo de la Fórmula Uno. Eso, creo, es un desafío: mostrar al Perú muy alucinante, muy social, hablando de los barrios donde viven los multimillonarios de Lima, por ejemplo. Me gusta mucho hacer ese contraste.
¿Qué opinas sobre las revistas latinoamericanas de crónica?
–Una de las que más me gusta es la peruana Etiqueta Negra, por su manera en que aborda los temas. Alberto Fuguet dijo en Barcelona que hasta hace unos años se hubiera pensado que una revista así sólo se publicaba en Argentina. Pero es hecha en el Perú. Y en Colombia se hacen también buenas revistas. Como que remecieron.
Es decir, se ha roto el monopolio de revistas de Argentina y México…
–Sí. Con Etiqueta Negra acá, con la Fundación Nuevo Periodismo, en Colombia, y con Gatopardo, que partió haciendo estas cosas. La gracia de estas revistas es que, siendo de un país determinado, en ellas escribe gente de muchos lugares. Como que hay muchas ganas de participar. Ahora me llamaron de National Geographic, van a empezar a buscar firmas latinoamericanas. Un poco como que se cuelgan de eso. Por fin se está entendiendo a América Latina como un país, que es la única manera de hacernos más competitivos.
O sea, la crónica cumple el viejo sueño de Bolívar…
–Veo que la crónica latinoamericana, la no ficción, puede llegar en un tiempo a lo que hace 30 años fue el boom de la narrativa latinoamericana. Un boom pero a otra escala. En el boom se contó América Latina con el realismo mágico y después se intentó hacer una literatura más real, pero hoy es una locura hacer literatura mágica o una ficción real con una historia incluida. Creo que la crónica latinoamericana romperá como género.
¿Observas bastante talento?
–Sí, talento y muchas ganas. Lo que pasa es que hay que acostumbrar al público y a los periodistas. Tenemos una novedad con diferencia a los del boom narrativo latinoamericano: Internet. Esta tecnología del Primer Mundo nos vino perfecta. Es increíble que pueda compartir canales de expresión comunes con un peruano o un colombiano. Tú me dices Gatopardo y sé de lo que hablamos. Eso hace diez años no existía. Todo eso nos reúne como una gran población. Por eso creo que la crónica latinoamericana será, por lo menos, un pequeño boom.
José Vadillo Vila
Periodista. Publicó el CD Elemental (Saraja, 2001) y el libro de cuentos Historias
a babor (San Marcos, 2003). Cursa la Maestría
en Literatura en la UNMSM.
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