Edición N° 72
8 de Noviembre, 2004
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Tesis sobre los otros en Mar adentro

Tesis, Abre los ojos y Los otros son los tres filmes más representativos del consagrado director Alejandro Amenábar (Santiago de Chile, 1972), quien en su nueva película vuelve a cuestionar la manera en que actualmente representamos la realidad y en cómo ésta exige de nosotros más que una mera recepción pasiva, a través de la tragedia privada hecha pública del marino Ramón Sampedro.

 
 

Las películas de Alejandro Amenábar se leen como relatos, pero requieren ser armados como puzzles. No se resignan a ser solamente películas de actualidad y parte del tiempo libre, ese margen del entretenimiento gestionado por el mercado en que vivimos. Es sintomático que las noticias sobre cine ocupen el espacio destinado a “Cultura” en los periódicos de hoy, cuando deberían ser, en buena parte, tema de la sección “Espectáculos” y, en su gran mayoría, de “Negocios”. Pero, como buen narrador, Amenábar suele desbordar los marcos de su éxito y, llevado por la fuerza de sus tramas, disputa la domesticación de su cine.
Mar adentro (España, 2004) gira en torno a la metáfora clásica del relato español: el accidente. Un joven marino, de vocación viajera, queda parapléjico al intentar un clavado en el mar de su pueblo. Nada más hispánico que ese accidente, consagrado por nuestras literaturas en su versión trágica (Calixto cae del muro y sus sesos se dispersan en las rocas), cómica (la picaresca convierte la vida en paliza), paródica (el Quijote trueca aventuras andantes en descalabros); variaciones éstas del imaginario nacional que hoy culminan en un melodrama familiar. La historia del hijo perdido que muchos años después se reúne con su madre gracias al set de un programa truculento de televisión demuestra que el espectáculo adquiere funciones terapéuticas y seguramente compensatorias, porque la cámara ubicua ha hecho del espacio privado una saga pública de “mediáticos” accidentados. Hasta la guerra civil española, la última tragedia que nos quedaba, corre el peligro de convertirse hoy en un best-seller.
Lo notable es que el accidente de Mar adentro es real y fue sufrido por Ramón Sampedro, cuya historia conmovedora es pública y se encuentra bien documentada. En primer lugar, por él mismo, porque reclamó su derecho a morir voluntariamente, como la dignidad final de su vida impedida y en ejercicio de su libertad. Sampedro rehusó su situación de víctima al punto de excederla con la fuerza de su demanda, que desbordó sus límites físicos y se convirtió en una pregunta compleja por la sociedad. La película de Amenábar parte de la lucidez de esa paradoja y convierte el humor campechano de Sampedro en una forma de inteligencia refleja. El actor Javier Bardem logra la proeza de las mediaciones irónicas, que incluyen al propio Sampedro y a los otros, a nosotros, del lado de la tragedia. Pero Mar adentro viene también del cine, y no sólo porque remite al sistema narrativo de Almodóvar (sus películas suelen girar sobre un accidente fatal y en Hable con ella sobre dos: una chica es atropellada por un coche, otra por un toro), sino porque introduce en la historia real el punto de vista de una cámara. Esta es la crónica de una muerte sobre-filmada, porque ya Sampedro había hecho filmar su historia y también su libertad final, cuando bebe, si no la cicuta, sí el trago público del fin. En ese cruce de imágenes, se desanudan los códigos y la experiencia extremada transforma a los personajes; sobre todo a las mujeres, madres y bacantes.
Es probable que en la narrativa estemos hoy pasando del realismo prolijo tradicional a un realismo intermediado, más escenificado cuanto más desnudo. Y ello es así porque el realismo tal cual ha resultado ser una cancelación de lo real, de su riqueza imaginativa y su pulsión deseante. Lo literal, como había visto Lacan, pertenece a la muerte. Y no es casual que el realismo tradicional haya sido, entre nosotros, una forma del escepticismo en los poderes humanos, o sea, un relativismo sin humor. La lección venía ya en el Quijote, donde la conciencia trágica abandona lo literal (esa Mancha sin nombre) en pos de la Imprenta, del origen de la letra moderna, capaz de rehacer lo real gracias a lo imaginario, su libertad. Por eso el Quijote se escribe para Sancho, para el analfabeta, para el hombre pobre, que aprende a leer en la novela, y lee plenamente cada caso en su Ínsula, como si viera un teatro de episodios (o accidentes) nacionales. Leer críticamente lo real, revelando las mediaciones que lo construyen, es ya un acto abierto a las interpretaciones, allí donde nunca hay una sola verdad.

Voluntad de vida
Mar adentro, quizá inevitablemente, tropieza con el sentimentalismo y su música sugiere la tentacion del New Age, el lenguaje de Hollywood. Está condenada, qué remedio, a ganar un Oscar. Pero al menos en español sus lecturas pueden recobrar la hipótesis inquietante que le da forma, su pregunta por la trama pública de lo privado, por la conversión del punto de vista en construcción de lo real. En su primera película, Tesis (1966), se trataba del aprendizaje del papel del espectador; en Abre los ojos (1997), lo real se decidía entre actores ensayando una verdad improbable; en Los otros (2001), los personajes eran espectadores actuando del lado de la muerte, lo literal, y nos implicaban en esa mirada materna, enseñándonos a ver mejor. El propio Sampedro había escrito que “mar adentro” podía equivaler a “más adentro,” donde el yo y el tú de la pareja se reconocen entre el sueño y el deseo. Sin recargar las tintas, la lectura de Amenábar sugiere en esa voluntad de muerte la transgresión de una mayor voluntad de vida.
Sólo que, más allá de cualquier elocuencia consoladora, la película nos deja el desconsuelo de su alegoría contemporánea: el cuerpo parapléjico del héroe novelesco (aquel que busca valores que su sociedad ya no reconoce) tal vez representa el cuerpo nacional paralizado en su drama irresuelto.
El cuerpo suele representar el principio unitario de una nacionalidad imaginaria y su parálisis o su fragmentación ilustran un momento histórico de su legibilidad. Otro cuerpo paralizado, el del cura que le disputa a Sampedro su opción, resulta caricaturesco pero es también sintomático: como la ley estatal, la autoridad religiosa sufre la parálisis de su normativa, de su anacronismo. Si bien el humor (de origen sanchesco) convierte a Sampedro en un héroe paradójico (su quijotismo es morir), no se quita la vida por carecer de lugar en su sociedad, sino porque la Ley (la autoridad, que norma lo literal) le niega su libertad. Pero lo “nacional” no es aquí una región o un país, sino el mundo de las representaciones, que ha creado una sub-realidad mediática, hecha en la moneda falsa y el desvalor. En este mundo que ha trivializado la lectura y la cámara, el arte busca recuperar una nueva mirada, libre de lo legible y representable.
La moral, como sabemos, no es una ideología ni una mera convicción personal, sino el lugar que le otorgo al otro en mí. En esa mirada mutua se construye nuestra vulnerable humanidad. Sampedro, Amenábar y Bardem parecen decirnos que si el suicida es alguien que nunca deja de morir, su verdad mayor es la ficción de lo vivo, ese milagro. Milagro, después de todo, significa ver más.

Julio Ortega
Escritor y crítico literario. Docente de Literaturas Hispánicas en la Universidad de Brown (Estados Unidos)



Pezoa Véliz, unas coincidencias
Las coincidencias son unos encuentros no deliberados, según me parece. Desde luego, vayamos mejor al grano: por ejemplo, observar la cuasi homonimia que poseo con el poeta chileno Carlos Pezoa Véliz y acerca de lo cual hasta he escrito alguna vez señalando que, además de tocayos, también nuestros apellidos resultan por un pelo semejantes. Evidentemente, todo esto sería una observación architrivial si no estuviera precedida por el gran aprecio que nos despierta el citado escritor.
Pero Pezoa Véliz, por suerte, no se queda en los límites de aquello, porque sus coincidencias se prolongan sucesivamente y son mucho más significativas, lo cual pone de relieve que su vida y obra han trascendido, en efecto. Claro está, primero hablemos un poco de él, quien vivió oscuramente sus breves años, los cuales terminaron en el camastro de un hospital de comienzos del siglo XX. Sus versos más célebres hablan de los desheredados de la tierra y parecen que fueran espejo de su existencia.
Ahora sí, rastreemos con calma al Pezoa Véliz coincidente con otros escritores, lo que nos permitirá remachar o subrayar aún más su perfil literario. Empecemos con alguien que se encuentra codo a codo con él en el ámbito de las antologías hispanoamericanas, como es el colombiano Luis Carlos López. A ojos vistas, son tocayos, pero igualmente las coincidencias se producen también en el arte literario, si es que no me equivoco. Entre las cosas que cada cual escribe –probablemente ni se leyeron ni se conocieron– hay un cierto aire de familia estilístico. Helos hoy aquí: Pezoa Véliz, acompañado por el pintor Juan Pereza, en tanto que López está junto con el barbero, el boticario y el alcalde de Cartagena –su ciudad natal–, y todos como buenos amigos se estrechan efusivamente la diestra.
Estas convergencias tal vez resulten un poco traídas por los cabellos, prácticamente a flor de piel. Nos lo dice el propio Juan Pereza en el oído y de paso afirma que él tiene un hermano allá en los antípodas, llamado Toto Merúmeni, personaje poético del escritor italiano Guido Gozzano. Las semejanzas son grandes que hasta debemos aceptar que son un par de mellizos. He aquí ambos, justo como dos gotas de agua, por ser solitarios, neurasténicos, hombres de aquellos tiempos finiseculares, y como tales replegados en sí mismos, inmóviles en un mismo lugar, uno en una destartalada buhardilla, el otro en una decadente villa, y los dos asumiendo la existencia terrenal como un crepúsculo.
Sin embargo, andando el tiempo, Pezoa Véliz va desarrollando unas convergencias de otra índole, como que se plasman en claros antecedentes de escritores que más adelante aparecerán. Es dentro del parnaso de su país donde el reencuentro ocurre por todo lo alto, por ejemplo, con Nicanor Parra y Óscar Hahn. No nos metamos en honduras, y digamos únicamente que el humor negro y la exaltación de lo prosaico, tan característicos en él, presagian los versos de estos insignes poetas chilenos contemporáneos.
Seguramente, a Pezoa Véliz nunca se le pasó por la mente que iba a ser la mejor piedra de toque para calibrar las coincidencias literarias de la más diversa índole. Sí, pues, desde la simple homonimia hasta ser un referente imprescindible en algunos creadores que surgirán posteriormente, pasando por el evidente parecido de su hijo Juan Pereza con Totó Merúmeni, el primogénito de su coetáneo Gozzano. Sin duda, por todo ello, valió que nuestro poeta viviera, aunque sea fugaz y marginalmente, como que así pasó por el mundo.

Carlos Germán Belli
Poeta. Autor de los poemarios Salve Spes! y La miscelánea íntima, entre otros.

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