Edición 97
21 de noviembre, 2005


ISSN: 1817-2423
 Director: Gerardo Barraza Soto    Editor: Giancarlo Stagnaro
 >generos
 
Estructuras de la complejidad amazónica
Hacer turismo nos aleja de los dramáticos y reales problemas de la Amazonía. Es necesario otro tipo de mirada, más acuciosa y desprejuiciada, a fin de aproximarnos a la intensa realidad de una región muchas veces olvidada y poco entendida por la sociedad peruana


            Un viaje implica movimiento, traslación entre dos puntos, desplazamiento en el espacio geográfico. Si nos detenemos en la idea de espacio neutro resuelto por la antropología contemporánea, en esa espera que antecede al arribo, en la ausencia “gnoseológica” del encierro en un bus o un avión, podríamos entenderlo como un “no lugar”, pero para Marc Augé, estos “no lugares” no implican movimiento, sino la espera estática, el punto muerto de una estación o un aeropuerto.
            Michel Serres ha planteado el viaje como invención, traducción, comunicación y metáfora, como enfrentamiento al no conocimiento, que es el misterio, para la construcción del conocimiento. Allí, lo desconocido implica mundos para los que aún no existen conceptos ni lenguaje.
             Esa es la pretensión del explorador o viajero de todos los tiempos, aquella necesidad de apropiarse de lo desconocido que incluye también la presencia del otro como objeto de estudio, logocentrismo donde lo existente sólo adquiere sentido, en el campo del conocimiento, cuando alguien lo nomina, lo significa y contextualiza, en un marco teórico que implica la comprensión.

Relatos de deslumbramiento

Un recorrido desde los Andes a la Amazonía nos da los primeros matices diferenciales. Los paisajes poseen una belleza peculiar y la vegetación cambia de un momento a otro como si existiese un límite natural. En términos estéticos, los lugares poseen una “poética” particular que es plasmada en las descripciones de los viajeros. Humboldt pensaba que los relatos geográficos, para ser vívidos, no deberían separar lo “científico de lo estético”, plasmando “la poesía de la naturaleza” en la imaginación narrativa.
            Los estereotipos nos hacen ver el espacio andino con paisajes armoniosos, bucólicos y fríos, en el que se integra el hombre en su labor cotidiana y su tristeza; en tanto la belleza amazónica, enigmática y salvaje, alberga poblaciones cálidas y felices. Pero el misterio y la lejanía produjeron antes mitos que estimularon la fantasía exaltada de los conquistadores, la nostalgia de lo desconocido ante la pauperización del presente.
             El recurso de Selva es el recurso del exilio, como lo fue entre los antiguos germanos y africanos. Los incas también huyeron hacia ella, tras la derrota por los españoles. Los “soñadores” –que no eran otra cosa que personajes hambrientos de riquezas y pretendían robárselas a los que las poseían– fueron en su búsqueda e, internándose en ese misterio, acudieron en pos del fabuloso reino del Paititi.
            Pero hubo otros relatos con reminiscencias de la Atlántida, Arcadia o el paraíso perdido: la leyenda de las amazonas, mujeres que vivían solas, sin admitir hombres en sus comunidades, fecundadas por las espumas del gran río descubierto por Orellana, los reinos imaginarios de Ruparupa, de Candire, de Henin, la aurífera Omagua, el Gran Moxo; y otros como El Dorado, país de ensueño situado en una majestuosa isla, en una laguna especie de mar blanco, cuyas olas rodaban sobre arenas de oro y guijarros de diamante, cuya búsqueda originó la trágica historia de muerte de los “marañones”, expedición de Úrsua que devino, en su trayecto por el Amazonas, en la rebelión de Lope de Aguirre. Éste suscribió, en plena selva tropical, el primer “acta” de la independencia americana, declarando “guerra a sangre y fuego contra el rey de Castilla”.

Desafíos culturalistas

Hay una supremacía cultural andina que incluso ha tocado la identidad de la Selva. Pero ese protagonismo quechua, que ha asumido la representatividad simbólico-identitaria en nuestro país, se explica debido al grado de desarrollo que alcanzó la cultura peruana, que, encarnada en el imperio de los incas, tiende a sustentar el valor histórico de la nación –algo que sólo se da a nivel simbólico ante la hegemonía, en la praxis, del elemento criollo-occidental, en tanto la Selva sólo ofrecía una multitud de tribus guerreras y nómades de economía sustentada en la horticultura, caza y recolección.
            En términos culturalistas, esto se explica en el hecho de que las etnias amazónicas no habían superado el estadio histórico primario, en el que la cultura sólo forma parte de la vida cotidiana, sin llegar a ser objeto temático ni de consumo, en tanto el superior desarrollo civilizatorio les permitió a otros pueblos indagar en el “buen gusto”y desarrollar las artes y ciencias.
            Existen teorías que postularon la posibilidad de que las antiguas civilizaciones prehispánicas hayan tenido como principal eje de desarrollo la feraz geografía de la Selva alta, pero indicios, como la fortaleza de Kuélap y los edificios de dos o tres pisos de Chachapoyas, no dejan de ser hechos aislados ante la eclosión de evidencias arqueológicas andinas.
             La teoría ambientalista del “estímulo de los entornos difíciles” explica aquella relación inversa entre el mayor desarrollo civilizatorio y las menores condiciones propicias del medio ambiente, lo que podría explicar por qué la exuberante fertilidad de los bosques húmedos amazónicos no atrajeron al aborigen quechua, que prefirió los climas gélidos y los suelos malos de las alturas andinas para desarrollar sus civilizaciones más avanzadas.
            El Marañón ilumina las profundidades mágicas del mundo aguaruna y el Urubamba el universo machiguenga. Son los ríos los que les han dado el espíritu a las ciudades amazónicas: el río Ucayali, en Pucallpa; el Amazonas, en Iquitos; el Huallaga, el Putumayo, el Napo, el Aguaytía, el Monzón y otros que han sido por mucho tiempo el único camino seguro para el transporte abierto a todos, bajo el sonido del manguaré, peculiar tambor que a manera de telégrafo servía para comunicarse a través de grandes distancias.

Ciudad multicultural y estudios culturales

Algunos dicen que la Selva posee un encanto que hace que quien la conoce no la pueda dejar jamás. Tal vez esa sea la historia de muchos inmigrantes que llegaron a Pozuzo, Tarapoto, Tocache y Aguaytía, entre otras ciudades. Juan José Vega escribió de una de ellas en 1976: “Es difícil hallar en Tingo María quien tenga el recuerdo de épocas lejanas, sencillamente porque resulta casi imposible hallar tingaleses, salvo niños o gente muy joven. Pues casi toda la población –hoy numerosa– ha venido de fuera”.
             Esto se repite en muchas ciudades de orígenes difíciles de determinar, que antes habían sido asentamientos de pioneros y colonos, peruanos y europeos, a los que se sumaron en las últimas décadas las migraciones motivadas por el auge del narcotráfico, que atrajo cantidades ingentes de moradores de las serranías que se establecieron y dedicaron al cultivo de la coca.
            En esos centros urbanos convergen distintas expresiones culturales y tradiciones, pero el embate mediático ha impuesto una cultura de la diversión que está ocasionando la desaparición de manifestaciones folclóricas –como la pandilla–, las cuales ceden ante la influencia de la música andina, la cumbia colombiana y los ritmos brasileños, mejor adaptados al mercado. Los principales reductos folclóricos de la región aún están en Lamas, Pucallpa e Iquitos.
            Hay muchos vacíos en los estudios culturales amazónicos que, ante la ausencia de investigaciones etnológicas, antropológicas y musicológicas, han ocasionado que existan lugares en los que todo esto está por iniciarse, donde muchas costumbres se han perdido o están en camino de perderse, mientras el escasísimo material existente sobre ellas se dispersa en revistas e investigaciones foráneas.
             No obstante, la necesidad simbólico-identitaria impuesta por el mercado y la necesidad de vender exotismo en los estilos de vida, exigidos por el turismo, han hecho que la población multicultural de la ciudad haya comenzado a recuperar las complejas iconografías y vistosas danzas de grupos étnicos, como los shipibo-conibo, cuya imaginería descollante ha repercutido en el espacio simbólico y visual de muchos de los centros urbanos de la región.
            Pero ni el universo mítico de la noche, rico en seres terroríficos –la Achiquinvieja, ser antiguo y contrahecho que rapta niños para devorarlos; los Yacurunas, bufeos que roban almas humanas; el Maligno y Tentador, seres espectrales que avanzan en sombra negra llevando el mal de los muertos por la ciudad–, ni esa alegría solar que caracteriza a los habitantes de la zona han sido bien tratados en la famélica literatura selvática, desaprovechados como recurso estético que pudo darle la originalidad de una sensibilidad amazónica propia, como la brasileña. Destaca la solitaria voz de Arturo Hernández, de Selva trágica y Sangama, aunque con incidencias más bien naturalistas. Fragilidad de la que no escapan otras disciplinas, debido a la pobre política cultural y el bajo nivel intelectual de los centros de estudio.

Los alegres tristes trópicos

El resplandor de la naturaleza y el exotismo cultural pueden ser deslumbrantes para cualquier forastero, pero no el sufrimiento ni la pobreza que resquebrajan el corazón. “Odio los viajes y los exploradores”, escribió Claude Levi-Strauss en su texto autobiográfico Tristes trópicos, suerte de crónica de viajes, que integra –en parte– sus experiencias en las sociedades indígenas del Brasil. Personalmente, me considero un viajero.             Los turistas sólo suelen buscar belleza, temerosos de lo terrible. Los viajeros solemos empaparnos de ello. Las diferencias sociales y la exclusión son más notorias en la Amazonía. La cercanía entre campo y ciudad hacen que esta contraposición, como posibilidad de inserción en una estructura económica, no sea tan diferente para el que decide integrarse a la vida urbana. El carácter incipiente de las ciudades obliga a que la subordinación sea más efectiva debido a los principios de autoridad interiorizados en una sociedad más jerarquizada.
            Levi-Strauss pretendía demostrar la complejidad de las culturas no industrializadas. Para Occidente eran equivalentes a la infancia de la humanidad, es decir, primitivas de pensamiento. Desde hace mucho tiempo no se pueden encontrar etnias nativas puras en la Selva y se está perdiendo una ingente riqueza simbólica de estos grupos –aguarunas, arahuacas, amueshas, boras, campas, candoshis, cashivos, cocamas, huambisas, iquitos, machiguengas, muráis, ocainas, piros, shipibos, yaguas y otros–, que pese a sus resistencias culturales han ido asimilando modos de intercambio comercial occidentales.
             Ello se debe en parte al avance de la civilización, a las ONG, las misiones religiosas, el turismo y, desde 1945, gran parte de la responsabilidad sobre la aculturación y concientización ideológica indígena la tiene el Instituto Lingüístico de Verano, institución cristiano-norteamericana, dedicada a la educación bilingüe de los aborígenes y la traducción de textos esenciales a idiomas nativos. Y eso tal vez sea un proceso natural, pero es lamentable, pues la presencia de los otros es fundamental para el desarrollo del capital cultural humano.


>Rafael Ojeda
  
Periodista

 

Río Távara, límite entre Puno y Madre de Dios.
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Puno y Madre de Dios

Niña macera coca.
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Río serpiente.
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 Mujer candoshi prepara sus alimentos.
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Alumnos de una comunidad nativa.
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