La inmensidad en el Colca

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El llamado Valle de las Maravillas, que cobija en su suelo a múltiples especies y cuya peculiar falla geológica lo embellece, brinda a los viajeros la oportunidad de recuperar, al menos por unas horas, el espectro del paraíso terrenal que alguna vez le fue prohibido al hombre. El mundanal ruido de las urbes, que perturba y empobrece la libertad de sus habitantes, encuentra una panacea existencial en este valle, donde se entiende la naturaleza de lo infinito.


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Un gran reto significa llegar al Colca, alguien dijo. Dormir bien antes de la partida fue el mejor secreto que reveló un diestro lugareño.
La curiosidad embarga la mente de los viajeros antes de empezar la faena hacia un espacio que transmite, al escuchar su nombre, la sensación de algo sagrado y permanente a través de los siglos.
El brillante amanecer de la Ciudad Blanca fue la señal de partida, claro está, luego de disfrutar de los placeres del desayuno arequipeño.
Una vez subidos en el bus, Waiki, el guía turístico, detalla el camino por seguir: “Iremos por la ruta de Yura, luego Pulpera, hasta llegar a Chivay. Allí descansaremos hasta mañana, y tempranito, hacia la Cruz del Cóndor.”
Todos esos nombres no nos decían nada; no teníamos la menor idea del mágico camino que tendríamos por delante hacia el majestuoso Valle de las Maravillas.
“Hoy ascenderemos hasta los 4,350 metros sobre el nivel del mar para llegar a Chivay”, se escucha. Por suerte, pasaríamos la noche allí, y ese pueblo está sólo a 3,680 metros de altura.
En el bus, el guía explica la naturaleza indefinida del departamento, la costa más alta del mundo o el área andina con mayor número de zonas de vida.
Aunque es información realmente interesante, fue difícil atenderla, ya que frente a nosotros aparecía un paisaje hermoso, intacto, perfecto y armonioso que seducía la vista y la imaginación.

Panorama edénico
Adelante, el Misti y la cadena volcánica Chachani compiten por atrapar la atención de los asombrados espectadores. A la derecha, el Pichu Pichu también mostraba su encanto y se sumó a la disputa.
Al dejar atrás la escena, el Chachani quedó a nuestra derecha, y hacia el otro lado, a lo lejos, apareció el volcán Ampato, que albergó durante más de 500 años a la doncella del apu, conocida como la momia “Juanita”.
“Estamos en Pampa Cañahuas”, expresión que rompió el hechizo que nos mantuvo atrapados. Esta vasta planicie, situada a más de cuatro mil metros de altura, es el lugar preferido de las vicuñas. Todo este portento escénico es parte de la Reserva Natural de Salinas y Aguada Blanca, extensa llanura con un lago artificial, originado por el represamiento del río Blanco.
A un kilómetro de nuestra ubicación, una especie de puerta gigante enmarca la vista del camino. Nos acercamos hasta vislumbrar un conjunto de formaciones de tufo volcánico, rocas ígneas o basálticas erosionadas por las lluvias y el viento, aparentan una especie de fortaleza. “Es el Portal del Colca”, detalla el guía.
Los poblados de Pulpera y Callalli aún esperan en la deslumbrante ruta al Cañón del Colca, y la tola –planta que crece en la región de Aguada Blanca– deja de ser una fiel acompañante y ahora sólo se aprecia el verdor de los pastizales.
El bus se detiene de pronto. “Estamos en Mollepunko, bajemos”, dice Waiki. Esta zona se encuentra a mitad de la ruta. Caminamos unos cincuenta o cien metros. A esa altura sobre el nivel del mar se sintieron como mil.
“¿Qué podremos observar?, preguntamos. “Cavernas donde habitó el hombre andino del período arcaico”, respondieron. “¿Y cuándo fue eso?”. Más o menos tres mil años antes de Cristo.
Estas cuevas mostraban vestigios del arte rupestre que se desarrolló en la zona y que es fuente de estudio para el arqueólogo Pablo de la Vera. La sensación de estar allí sólo puede ser descrita como tribal.
El retorno al bus fue menos duro. La travesía continuó por tres horas más, entre desvíos y paradas en exquisitos pueblos detenidos en el tiempo.
La geografía sigue cambiando. “Por el río Colca hasta Chivay”, se escucha. En el distrito de Callalli, provincia de Caylloma, ingresamos en la iglesia San Antonio de Padua. Una Virgen vestía un sombrero blanco, característico de la etnia que habita la zona: los collaguas.
Llegamos a Yanque, tras seguir al río; como dijo Waiki, ahí, la iglesia de la Inmaculada Concepción aguardaba con los collaguas en las cercanías. Se trata del grupo étnico que por muchos años se pensó extinto, hasta abrirse a los ojos del mundo tan sólo décadas atrás.
En Chivay, un delicioso plato de vicuña y un colca sour amenizaron la recepción en uno de los restaurantes locales, que junto con los hoteles guardan la mística propia de la cosmovisión andina.

Magno territorio
Más de cuarenta kilómetros dominados por la Carroñera empiezan en Yanque y Coporaque, a ambos lados del cañón. Una extraña emoción se siente al saber que falta tan poco para llegar al santuario del amo y señor del Ande.
Una singular piedra captó la atención de la mayoría. Se trata de Choquetico, maqueta de la irrigación de los andenes del valle. En el ritual se vertían las espumas de las aguas de un manantial, el mar y el río, así como de la chicha, para lograr una buena cosecha.
Ya cerca de la meta final, Waiki comenta que los cóndores que habitan el cañón desde hace miles de años son todos de una sola familia. “Si seguimos por este camino llegamos hasta Cabanaconde, es la tierra de esas señoras que venden sus productos por allá”, agrega.

Inquilinos de la Carroñera
Cuentan las crónicas que los cabanas (de origen quechua) y los collaguas (aimaras) viven en esta región desde tiempos milenarios, y su ancestral sistema de andenería e irrigación es utilizado hasta hoy.
Los collaguas, considerados guerreros e hijos del volcán Collaguata, se caracterizaron en la antigüedad por la forma aguzada de sus cabezas, las cuales deformaban al nacer para respetar la forma del volcán del que provenían.
Los cabanas –procedentes de las profundidades del nevado Hualca Hualca– hicieron lo mismo con los pequeños cráneos de sus recién nacidos pero en forma contraria. Ellos imitaron la forma achatada de su cerro natal.
Una vez en la Cruz del Cóndor, el paisaje parecía decirle a los visitantes lo pequeño que es el hombre y lo grande que es el mundo que lo acoge.
La espera al pie del precipicio unía a los viajeros de todas las latitudes del orbe con el mismo deseo: gozar de la presencia del enorme cóndor que habita la región.
A los pocos minutos, la estrella de la mañana se dignó a salir. Los flashes de las cámaras de los viajeros y los susurros inteligibles de los turistas –para no auyentar al egocéntrico ejemplar– se mezclaban con los del viento.
La experiencia fue tan regocijante como emocionante. Tres metros de plumas se paseaban con mirada desafiante y autoritaria, con el ímpetu y la belleza que sólo el ave puede profesar en su hábitat natural.
El retorno fue en silencio. Cada uno guardó para sí la experiencia vivida con el alma satisfecha, ya que percibir la inmensidad tan cerca del cielo fue suficiente para entender la magia, la pureza y la grandeza de una ancestral cultura.


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COLCA

“Frente a nosotros aparecía un paisaje hermoso, intacto, perfecto y armonioso que seducía la vista y la imaginación.”



 CONDOR

En el territorio del Cóndor, el Valle de las Maravillas, todo permanece inmutable



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