-I N F O R M E

jueves, 5 julio 2001 

Los niños de Charuyo, en San Juan del Oro, Puno.


Charuyo, en el distrito de San Juan del Oro, es uno de esos alejados pueblos del país. Para llegar allí es necesario viajar 15 horas por una accidentada vía terrestre. no obstante sus visibles carencias, los niños de Charuyo no sólo cumplen con los objetivos definidos en los programas educativos, sino que también aprenden a cuidar su entorno natural.

YSABEL LIMACHE
FOTOS:
RICARDO CHOY-KIFOX






Mi planta de mandarina    
Las preocupaciones de sus padres no les son ajenas. Mientras los mayores tratan de encontrar salidas creativas a sus carencias, ellos comparten su tiempo entre el colegio, su huerto y las chacras familiares.
Esa mañana los encontramos en su mundo, matizado por las clases escolares y la diversión en el gran patio rodeado de sus cargados árboles de mandarinas, a los cuales dedican parte de su tiempo y cariño.
Es el Centro Educativo Nº 72496, escuela multigrado donde por las mañanas y distribuidos en dos salones estudian 54 alumnos de primer al sexto grado, cuyas edades oscilan entre los seis y 14 años.
Para conocerlos fue necesario partir desde Juliaca, recorrer un camino de diez horas para llegar hasta Sandia y desde allí tomar otra accidentada ruta, por cinco horas, hasta el distrito de San Juan del Oro.

Realidad rural. En el colegio se encuentran a cada paso las diarias escenas que caracterizan a la educación rural: desnutrición en los alumnos, docentes que carecen de la atención debida pero que cumplen la misión de enseñar, a la vez, a estudiantes de varios grados.
Yola Pomari, profesora de una de las aulas, comenta que a esa realidad se agrega la presencia de niños y niñas cuyas edades no corresponden al grado educativo que cursan.
“Ellos comparten su tiempo entre la escuela y la obligatoria ayuda en la chacra de sus padres, quienes en su mayoría producen café y cítricos”, dice.
A esos hechos se suman las carencias físicas como servicios higiénicos deficientes y casas deterioradas de los maestros, los primeros debido a la falta de mantenimiento y la situación de los segundos ocasionada por los fuertes vientos que acostumbran presentarse en el lugar.
“Cuando el río Charuyo crece inunda el colegio porque no tenemos defensas ribereñas. Además, es urgente construir un puente para que los niños que provienen del otro sector puedan cruzar el río”, refiere.
El pequeño Rody Moriseca Rafael, de siete años, escucha y agrega que le tiene mucho miedo al río. “El otro día mi amigo Iván se cayó y se asustó mucho”, recuerda.
Pero la zona no sólo inspira cierto temor entre los alumnos, sino también cansancio. Es el caso de los alumnos que viven en la zona de Los Claveles, quienes para llegar hasta sus aulas caminan un tramo de dos horas.

El huerto. Como en los pueblos más alejados que tienen el estigma de figurar entre los distritos más pobres del país, los profesores y los niños de Charuyo hallan más de una salida ingeniosa a sus carencias.
Ellos, sin caer en tecnicismos, entienden la diferencia entre paliar la pobreza y superarla. En el colegio optaron por lo segundo.
Cómo: mediante el cuidado de su huerto donde siembran plantas de mandarinas, cuyas cosechas luego se venden en el mercado local. Los ingresos sirven para comprar algunos de los materiales educativos que faltan en el colegio.
Durante nuestra visita, los pequeños anfitriones no sólo demostraron conocer el cuidado de la fruta, sino además una particular forma de cosecha, que combina el juego con el trabajo.
Trepados de las ramas de los frondosos árboles, cada uno empieza a revelar parte de los secretos de su huerto. “Aquí las mandarinas son grandes y ricas”, dice Gladys Pomaquispe, 12 años, quien añade que sus padres desean que ella culmine sus estudios.
“Tenemos de todos los tamaños y hay que saber diferenciar el color de la cáscara para saber si se pueden comer”, asegura Gil Peralta Apasa, 13 años, mientras muestra uno de los jugosos y grandes ejemplares de las mandarinas de Charuyo.
“Hay bastante, pero si se comen muchas puedes tener un dolor de estómago”, advierte Ana Poma Mamani, de 10 años.
Pero como buenos productores que guardan sus mejores técnicas para obtener abundantes cosechas, no pudimos conseguir mayores secretos acerca del cuidado de sus siembras.
“Aquí, en Charuyo, les podemos enseñar”, afirma el pequeño Rody. La invitación está planteada.





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