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jueves, 5 julio 2001 











La gran ofensiva de la Campaña de La Breña
A fines de junio de 1882, el general Andrés Avelino Cáceres preparaba el asalto al valle del Mantaro. Cinco meses antes se vio obligado a abandonar la región con sus fuerzas diezmadas por el tifus y la anarquía política provocada por los enfrentamientos entre los civilistas y los pierolistas. Fuerzas chilenas le habían perseguido hasta Marcavalle, al sur del valle del Mantaro, por lo que debió replegarse hasta Ayacucho, mientras un ejército de tres mil soldados chilenos ocupaba la región, cometiendo múltiples atropellos que merecieron respuesta de las guerrillas, cuyo accionar desató masacres ejemplarizadoras ejecutadas por los invasores.
Ahora Cáceres estaba dispuesto a cumplir su promesa de retornar a la región. Había reunido un nuevo ejército y sus fuerzas se habían engrosado con la incorporación de numerosas partidas de guerrilleros, cuyo número ascendía a unos tres mil, que fueron concentrados en el pueblo de Pazos, para su adiestramiento. Allí se concentró todo el ejército el 29 de junio, efectuando continuos reconocimientos hasta cerca de las líneas enemigas para distraer la atención del comando enemigo. El plan concebido por Cáceres, para la contraofensiva, estaba ya en ejecución.
Cáceres decidió aprovechar la ventaja que le otorgaba el emplazamiento disperso de las tropas chilenas, para atacarlas antes de que se reagruparan, buscando encajonarlas en el valle del Mantaro, para batirlas a continuación en detalle. El propósito se veía favorecido por la configuración topográfica del terreno y por la mayor aptitud de sus fuerzas para las marchas largas por la serranía.
El núcleo central del plan operativo consistía en lanzar asaltos simultáneos contra tres objetivos vitales. El primero iría dirigido a destruir el puente de La Oroya, exterminando a la guarnición chilena que lo custodiaba, para cortarle la retirada al ejército enemigo, cuando éste intentase replegarse hacia Lima. Su ejecución fue confiada a una columna integrada por un batallón de soldados regulares y destacamentos de guerrillas, al mando del coronel Máximo Tafur. La columna fue enviada por las alturas del flanco oeste del valle del Mantaro, describiendo un extenso arco por encima de Llocllapampa y Chacapalpa, para caer sobre La Oroya.
La segunda columna, al mando del coronel Gastó, debería marchar por las cumbres del flanco este del valle para llegar a Comas, una de las comunidades que había realizado la más enérgica resistencia guerrillera contra la ocupación. Desde Comas, estas fuerzas se descolgarían sobre la ciudad de Concepción, para exterminar la guarnición que allí estaba apostada. Integraban esta fuerza el batallón Pucará Nº 4, facciones del Batallón América y la columna guerrillera Libres de Ayacucho. Estas fuerzas serían reforzadas por los guerrilleros de Comas.
La tercera columna estaba constituida por el grueso del Ejército del Centro, a la orden directa de Cáceres. El ejército atacaría de frente las posiciones enemigas de Marcavalle y Pucará, empujando a las fuerzas chilenas hacia el norte. “Partidas de guerrillero –afirma Cáceres– encubrirían el movimiento ofensivo, amagando incesantemente al adversario. Todas las guerrillas de uno y otro lado del valle del Mantaro cooperarían en las operaciones del Ejército”. La fecha del asalto simultáneo fue fijada para el 9 de julio.

Las primeras acciones. A inicios de julio, en la Sierra central se consideraba inminente la contraofensiva cacerista. El coronel Estanislao del Canto, jefe de las fuerzas chilenas de ocupación, cuyo cuartel general estaba en Huancayo, había advertido a sus superiores acerca de la emergencia y efectuaba ya los preparativos para emprender la retirada rumbo a la capital, en una carrera contra el tiempo. Las fuerzas guerrilleras, actuando en todo el valle del Mantaro, mantenían a las fuerzas de ocupación en permanente tensión.
Las vías de comunicación con Lima eran cortadas frecuentemente por las guerrillas de Huarochirí y en las pequeñas guarniciones chilenas, que debían resguardar el paso por la cordillera, se vivía en permanente alarma. El otrora arrogante ejército de ocupación estaba minado por la desmoralización y, ya antes de las acciones bélicas definitivas, presentaba la imagen de un ejército derrotado. La guerra de guerrillas desplegada por el campesinado de la región había cumplido a cabalidad con el propósito de desgastar las fuerzas del invasor. Las condiciones para emprender las acciones regulares estaban dadas.
La primera de las acciones concebidas por Cáceres se frustró. El asalto a La Oroya se realizó con una semana de anticipación, rompiendo la sincronización global de las acciones. Participaron en la acción los guerrilleros de Chacapalpa. El asalto guerrillero fue rechazado por la guarnición chilena, el 2 de julio, no pudiéndose cumplir con la misión de volar el puente sobre el río Mantaro. El camino a Lima seguía abierto y las fuerzas de Estanislao del Canto se salvaban, providencialmente, de quedar acorraladas en la región. Cáceres ignoraba lo que había sucedido y seguía adelante con su plan.
Es posible que el asalto contra La Oroya terminase de convencer al alto mando chileno de la necesidad de abandonar de inmediato la región. El 4 de julio, el contraalmirante Patricio Lynch, comandante general del ejército de ocupación, ordenó desde Lima que las fuerzas emplazadas en Huancayo y en Cerro de Pasco se concentraran en La Oroya para replegarse hacia la capital. La alarma de Lynch debió aumentar cuando, tres días después, el 7 de julio, fuerzas guerrilleras asaltaron Chicla, la estación final del estratégico Ferrocarril Central. Mas estas acciones eran apenas el preludio de la ofensiva total.
En Huancayo, Canto preparaba la evacuación de los heridos haciendo construir camillas que serían transportadas por indios prisioneros, que marcharían atados con correas por los tobillos, formando colleras para impedir su fuga. Un pelotón de fusileros los seguiría, con instrucciones terminantes de ejecutarlos rápidamente si se producía un asalto guerrillero. La fecha predeterminada para emprender la marcha era el 8 de julio, pero la ciudad de Jauja estaba congestionada con heridos y enfermos que era preciso evacuar primero. Se decidió entonces postergar la marcha por un día, para el día 9 de julio. Esa demora providencial permitió que Cáceres lanzara la más importante ofensiva guerrillera contra las fuerzas de ocupación. El día 9 se produjeron las decisivas batallas de Pucará, Marcavalle y Concepción.

Nelson Manrique
Historiador




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