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Sobre el carácter de la Independencia
En 1971, durante el gobierno militar del general Juan Velasco Alvarado, se conmemoró el 150º aniversario del nacimiento de la República. Dicha administración formó diversas comisiones para celebrar el sesquicentenario de la Independencia y uno de los saldos favorables de esta iniciativa fue la publicación de una excelente colección documental: 114 volúmenes de estudios y, sobre todo, materiales documentales sobre la época.
La Independencia y los modernos inquisidores. Plegándose a los festejos, el Instituto de Estudios Peruanos publicó en 1972 un libro formado por un conjunto de ensayos en torno a la naturaleza de la Independencia. Un ensayo, firmado por Heraclio Bonilla y Karen Spalding (Bonilla y Spalding: La independencia en el Perú: las palabras y los hechos), cuestionaba las tesis oficiales al sostener que la Independencia había sido, sobre todo, el resultado de la influencia de fuerzas exógenas; no la gesta heroica de los peruanos anhelantes de libertad, sino un proceso que inclusive tuvo que ser impuesto a la timorata fracción dominante peruana.
El texto ganó de inmediato una fulminante celebridad. Rompiendo con la apatía con que los artículos académicos suelen ser recibidos, más allá de los círculos intelectuales, éste mereció el homenaje de indignadas réplicas, no sólo por parte de los historiadores vinculados a las publicaciones oficiales, las Fuerzas Armadas y la prensa conservadora, sino inclusive hasta de los intelectuales izquierdistas, ligados al Partido Comunista. En el clímax de una campaña de satanización de los autores del texto en cuestión, se llegó incluso a demandar que se despojara a Bonilla de la nacionalidad. El motivo: que, según sus detractores, la interpretación de la Independencia que él y Spalding proponían contribuía a distorsionar las bases en que reposan los hechos históricos de un pueblo, la fuerza espiritual, la fe en sus prohombres y en sus instituciones.
La reedición de su texto en 1982 dio a Bonilla la oportunidad para ratificarse en sus opiniones, ampliando el análisis de los levantamientos de Cusco y Huánuco, en 1814. Puesto frente a la disyuntiva de privilegiar los elementos de continuidad o cambio en el proceso de la Independencia, Bonilla optó inequívocamente por los primeros.
Nuevas voces en el debate. Durante la década de los ochenta del siglo que pasó, nuevos estudiosos terciaron en el debate, siguiendo la huella abierta por Jorge Basadre en su libro El azar en la historia y sus límites (1973). Destacan en este segundo momento los aportes de Alberto Flores Galindo, en su análisis sobre Lima en la coyuntura de la transición entre la crisis colonial y la República temprana (Aristocracia y plebe. Lima 1760-1840, Lima: Mosca Azul, 1984), y, sobre todo, en la edición de una antología de ensayos publicados con el título de Independencia y revolución (1987), donde incluye un ensayo propio publicado originalmente en 1982, en que aborda el complejo problema de la naturaleza de la estructura de clases en Lima y el comportamiento político de los diferentes segmentos de la población durante la Independencia.
Este valioso volumen incluye también un provocativo ensayo de Scarlett OPhelan, publicado originalmente dos años atrás, con el llamativo título de El mito de la independencia concedida: los programas políticos del siglo XVIII y del temprano XIX en el Perú y Alto Perú (1830-1914). Este trabajo tiene el mérito de abordar el análisis, situándose en una perspectiva que rebasa el marco de las divisiones políticas que actualmente separan a Bolivia y el Perú, restituyendo al Sur andino su carácter de unidad sociohistórica. Sus argumentos fundamentales se sintetizan en dos proposiciones básicas: a) existe una conexión histórica entre los levantamientos indígenas del siglo XVIII cuya culminación fue la rebelión de Túpac Amaru y la Independencia; y b) A partir de las reformas borbónicas, los sectores criollos y mestizos comenzaron a buscar insistentemente una salida alternativa al gobierno de la metrópoli, tratando de sacar provecho de las coyunturas propicias, para materializar su intento (OPhelan 1987: 197). Es fácil captar las diferencias que separan su visión de la Independencia de la sustentada por Heraclio Bonilla.
El debate sobre el tema sigue abierto. Y el ensayo de OPhelan posee un mérito adicional: abrió el terreno de la polémica a los investigadores que trabajan más allá de las fronteras peruanas, quienes, sin duda, tienen mucho que aportar.
Continuidades y rupturas. Sobre el tema no hay, pues, consensos establecidos. Emerge, sin embargo, una visión más matizada que aquella imagen disyuntiva donde, de una parte, la Independencia aparecía como un proceso determinado íntegramente por intereses extrarregionales, que terminaban imponiéndolos a los pasivos peruanos, y, de la otra, resultaba erigida en una epopeya de los patriotas peruanos, movilizados al unísono en su búsqueda. Lo cierto es que en este proceso se dieron comportamientos muy diferenciados de uno y otro sector social como lo muestra la oposición polar entre la opción realista de la burguesía mercantil limeña, agrupada en el Tribunal del Consulado; y el masivo concurso de los indígenas organizados en guerrillas y montoneras, en la Sierra central, analizado por Rivera Serna y Beltrán Gallardo. En donde la Independencia constituyó una radical ruptura, en la Sierra central, fue en el terreno de la economía, debido a la destrucción de las minas y haciendas y el hundimiento de la fracción de terratenientes coloniales que hegemonizaban la región.
Aunque, aparentemente, en el Sur andino las continuidades son mayores, hay terrenos muy importantes donde la situación varió radicalmente como sucedió, por ejemplo, con las estructuras de poder en la sociedad indígena. Finalmente, son importantes los estudios en torno a la participación de los sectores indígenas que optaron por una posición fidelista, como los iquichanos de Huanta, analizados por Patrick Husson y sobre cuyo movimiento Cecilia Méndez preparó su tesis doctoral. En estos trabajos se dibuja una nueva imagen del campesinado andino, que cuestiona su supuesta pasividad política y social, lo que es una constante en diversos terrenos según investigaciones recientes.
NELSON MANRIQUE
Historiador
La mujer en la Independencia
¡No pasarán, mientras tengamos vida..!, gritaron las hermanas Toledo, y en alas del viento llegaron las palabras a los oídos de las tropas realistas que comandaba Valdez, suscitando la ira del bravo español.
Alboreaba el 3 de marzo de 1821, día señalado por el destino para escribir el nombre de las tres mujeres en las páginas gloriosas de la historia del Perú. Poco sabemos de la vida de estas tres mujeres. La madre llamada Cleofé y las dos hijas, para algunos historiadores María e Higinia, para otros Teresa y Rosa. En lo que sí concuerdan es que las dos hermanas poseían una rara belleza, aumentada, si se quiere, con la altivez de su gesto por la noble causa que defendían.
El general José Alvarez Arenales se encontraba acantonado en Huancayo, esperando órdenes, cuando el general Canterac decide que los coroneles Carratalá (de triste memoria) y Valdez ataquen a los patriotas por la vanguardia simultáneamente encerrándolos en un anillo, propiciada por las escarpaduras de nuestra serranía.
Pero los espías se adelantan al designio, avisando a Arenales, el que repliega sus tropas a Jauja. Valdez decide, entonces, pasar por Concepción, pero no cuenta que las débiles fuerzas de tres mujeres serán obstáculo insuperable para sus planes. Ellas con ardor arengan a los indios y vecinos del lugar para aprestarse a la lucha. Se dice que las Toledo eran personas prominentes y de gran honorabilidad.
La madre y las hijas encomiendan la defensa a un sargento que quedó herido en el avance de las tropas, y recogiendo todo cuanto puede ser útil para la lucha, disponen que aliste a los naturales, mientras ellas empuñan las armas como cualquier soldado.
Para llegar hasta Concepción, Valdez tiene que atravesar un puente colgante enclavado entre dos barrancos con una extensión de ochenta varas más veinte de altura sobre el río Mantaro que estaba en creciente.
Valdez, al descubrir a los defensores en la orilla opuesta a los pálidos reflejos de la luz del amanecer, ordena abrir fuego con los cañones. Esto enardece aún más la sangre de los patriotas que responden también.
Cuando silencia el fuego, Valdez cree haber vencido y dispone que una columna de soldados pase el puente, es entonces que las tres aguerridas mujeres, con desprecio de su vida, se arrojan sobre las amarras del puente para cortarlas, pese al fuego que Valdez hace disparar sobre ellas.
La operación ejecutada con destreza logra su objetivo y todos los realistas se hunden en las envueltas aguas del Mantaro. Ciego de ira Valdez las conmina a que se rindan, pero las mujeres responden con desprecio al intento.
El coronel suspende la lucha al caer la tarde y se dirige con sus tropas humillado, jurando venganza, aguas abajo, en busca de un paso cerca de Huancayo que le permita llegar a Concepción, lo que logra hacer. Pero en este lapso las Toledo y los vecinos se refugian en las montañas, donde permanecen entre los indios, hasta que los patriotas vuelvan.
José Alvarez Arenales afirma que las heroínas Toledo fueron condecoradas con la Medalla de Vencedoras por el Generalísimo don José de San Martín, otorgándoles el sueldo y grado de capitán hasta su muerte, premiando así el arrojo de las mujeres que defendieron la causa de la Independencia.
Concepción, en mérito al heroismo de sus hijas, fue denominado Pueblo Heroico.
Lola Gálvez
Periodista
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