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Globalización y cuenca del Pacífico
Mucho especulamos sobre la globalización, fenómeno que comenzó a proyectarse en nuestro futuro como es esencia: un proceso dizque de integración, cimentado en las maniobras especulativas del gran capital, que sólo hacen más opulentas a las sociedades ricas y más paupérrimas a las pobres.
El facilismo con que se nos habla de globalización, de internacionalización de la economía, de interdependencia entre Estados y de un comercio mundial sin fronteras, será sin duda característica de los primeros años del nuevo siglo y del tercer milenio.
Hay quienes ven en la globalización una esperanza, una concepción ideológica que propicia, en definitiva, una convivencia internacional sin guerras, sin violencia, sin hegemonías; una humana cooperación y ayuda mutua entre Estados; una verdadera comunidad de naciones ligadas por aspiraciones de paz, justicia y progreso. En suma, una era de relaciones democráticas y equitativas entre países grandes y pequeños, desarrollados y subdesarrollados, ricos y pobres, poderosos y débiles. La ilusión y la utopía de siempre por fin hechas realidad.
Pero hay también quienes advierten torvos propósitos en las potencias que impulsan la globalización como respuesta artera a la clamorosa exigencia de la inmensa mayoría de naciones, las del Tercer Mundo, por un nuevo orden y contra toda pretensión de hegemónica.
En este contexto, la sociedad humana avanza y progresa en cambios hasta hace poco insospechados. A la vanguardia, y como paradigma de la nueva sociedad globalizada, se ubica el mundo de las comunicaciones.
En la concepción de McLuhan, la ciencia y la tecnología de la comunicación, que convirtieron a la sociedad humana en una aldea global, pueden y deben servir a la prosperidad de los territorios aún no industrializados.
Pero la realidad es que en este mundo de naciente globalización, la economía, las ideologías, los nuevos conocimientos y la orientación de la conciencia social están regulados por quienes poseen y manejan el poder absoluto de las comunicaciones.
Tenemos, entonces, que enfrentarnos a países como Estados Unidos, que maneja el 65 por ciento de las comunicaciones mundiales y vuelve a polarizar (a unipolarizar ahora) el mundo que creímos dejó de ser bipolar tras el derrumbe del Muro de Berlín al iniciarse la década final del siglo pasado. Y debemos ser pertinaces en la aspiración a un mundo multipolar.
No asistimos al fin de las ideologías, como pretendió Francis Fukuyama. El entonces consejero nipón del Departamento de Estado puede predecir aún el fin de su era, de su historia y de otras historias; pero no de la nuestra, de la verdadera, real y aún inconclusa de nuestros pueblos. De ésa que ahora presagia un luminoso porvenir para la sociedad humana, si ésta hace racional uso de la microelectrónica, de la digitalización, de los medios optoelectrónicos, de la interconexión telemática y de todos los avances de la era cibernética y tecnoelectrónica.
Uso racional, sí, que supone darles finalidad y provechos humanos y no sólo mercantilistas. Y ésta, señor Fukuyama, es una concepción ideológica. Una ideología inextinguible.
Gracias al portento de la actual revolución científico-tecnológica, cuyo heraldo son las comunicaciones, se acortan las distancias, aunque peligran las identidades nacionales y se arriesgan los valores culturales y éticos de las naciones. Se habla, por eso, de la despersonalización cultural de pueblos y naciones como consecuencia de la embestida globalizante.
Pero eso es materia para tratar en otras oportunidades. Tras exponer el escenario y las condiciones en que se desarrolla el proceso de globalización en que inexorablemente evolucionará el vasto mercado del Pacífico, a los peruanos nos corresponde analizar la nueva realidad y estudiar las proyecciones y las perspectivas que ella ofrece para nuestro desarrollo.
La estratégica ubicación geográfica del Perú puede coadyuvar en el futuro inmediato a hacer que nuestra economía juegue una función similar a la que cumplen Hong Kong y Singapur (dos de los tigres de la economía asiática) en el inmenso mercado de ese continente: ser puerta de ingreso y motor impulsor de flujos de inversiones, tecnologías y modos de gestión para la necesaria y vasta apertura de bloques regionales en esta parte de América.
Hubo, en el infausto manejo político de la década pasada, la pretensión de explotar la nueva realidad con la falsa promesa de hacer del Perú el puma de la economía latinoamericana. De ese puma económico sólo nos queda el legado de la rapacidad.
Pese a la persistencia de factores perjudiciales dejados por el embate de la crisis financiera asiática, ahora que comenzamos a obtener ventajas de la inocultable prosperidad económica en la Cuenca del Pacífico, y que las advertimos en nuestra balanza comercial, debemos encarar con decisión y seriedad los retos que esta nueva realidad plantea. El Perú puede forjarse un papel de país líder en el futuro de esta vasta región del mundo.
ANTONIO FERNANDEZ ARCE
Periodista
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