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AMPLIANDO LOS HORIZONTES DE LA CONSERVACION AMBIENTAL
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Las ciudades no son desiertos ecológicos
En el siglo VI a.C., el filósofo chino Lao-Tsé aconsejaba, para conseguir la serenidad, vivir lo más cerca posible de la tierra. Sin embargo, en el último medio siglo, la tendencia general ha sido la de alejarse e instalarse en la ciudad.
De acuerdo con el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), en el 2030 el 60 por ciento de la población mundial vivirá en una ciudad. En 1950 era el 30%, y el crecimiento se concentrará principalmente en las pequeñas ciudades de los países menos desarrollados.
¿Cuál será el impacto en la biodiversidad? ¿Se irá cubriendo lentamente el planeta de asfalto y hormigón hasta el punto de que ya no tengamos, en el mejor de los casos, más que plátanos, palmeras y geranios rojos como vegetación?
Pero no hay que creer que las ciudades son desiertos ecológicos, dijo recientemente Peter Bridgewater, director de la División de Ciencias Ecológicas de la Unesco y secretario del programa El Hombre y la Biosfera.
Es muy limitado reducir la biodiversidad a la fauna y a la flora tropicales, ya que cualquier biodiversidad es importante.
En efecto, ante los monocultivos que cubren los inmensos campos de la agricultura industrial, incluso Nueva York puede preciarse de tener mayor diversidad de plantas y animales que muchos campos de Nebraska (Estados Unidos).
Las viejas ciudades también ofrecen una gama de hábitats, desde el desierto árido de las plazas pavimentadas hasta la vida salvaje de cementerios invadidos por la vegetación.
Y es que cuando en una ciudad cesa una actividad industrial, sus emplazamientos se vuelven a convertir a menudo en parques o en huertos que favorecen el retorno de la biodiversidad.
Biodiversidad urbana. Esta voluntad de tener en cuenta la biodiversidad urbana demuestra una evolución del concepto de reserva de biosfera, y es un paso hacia el reconocimiento del potencial de las ciudades como reservas de biosfera.
Esta idea fue defendida el pasado mayo en el coloquio Biodiversidad y Sociedad, organizado por la Unesco y la Universidad de Columbia (Estados Unidos) en Nueva York.
Sin embargo, para una ciudad acceder oficialmente al estatuto de reserva de biosfera supone ciertos ajustes al concepto. En particular, las nociones de núcleo, de zona tapón y de área de transición que caracterizan las reservas de biosfera.
Una ciudad como Nueva York englobaría varios pequeños núcleos y zonas tapón rodeadas de una amplia área de transición, manifestó Bridgewater.
Para los autores del estudio sobre Nueva York, Cynthia Rosenzweig, de la NASA y del Instituto de la Tierra de la Universidad de Columbia, y Bill Solecki, de la Universidad del Estado de Montclair (Estados Unidos), uno de los núcleos para esta ciudad podría ser su litoral.
Que no sólo es rico en biodiversidad, sino que constituye además una zona tapón natural, en caso de aumento del nivel del mar debido al calentamiento climático.
Se podría incluso imaginar situar el núcleo fuera de la ciudad, en el interior del país relativamente conservado. En la zona más amenazada por la expansión urbana, como una reserva natural que podría servir de pozo para absorber la contaminación atmosférica.
Para los dos investigadores, la relación que existe hoy día entre la naturaleza y la población es disfuncional.
De acuerdo con Bill Solecki, la reserva de biosfera podría ser un modo de resolver ciertas tensiones.
Esperemos que el reciente debate ilumine los espíritus y las mentes de los responsables de la salud del mundo, para que con algo de creatividad incorporen nuevos conceptos e ideas a la ya tan mentada conservación ambiental.
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