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 T R I B U N A    L I B R E

viernes, 19 octubre 2001 


















Lo que dejó Pedro Planas 
A raíz de las expectativas, disyuntivas y retos que afronta el proceso de descentralización del Perú, destacados comentaristas políticos que polemizaban no hace mucho en un programa radial destacaron la manera rápida y eficaz como actuó Pedro Planas en el Cusco, luego de la toma del aeropuerto por manifestantes.
En una mañana convocó a los alcaldes cusqueños involucrados, a los dirigentes campesinos, sindicales y a las organizaciones de pobladores de La Convención para que expusieran sus reclamaciones y, con celeridad, resolvió que el asunto se solucionaría instalando una mesa de concertación. Primero, para que se pusieran de acuerdo entre ellos; segundo, comprometiéndose a elevar los puntos de coincidencia directamente al presidente Toledo. Todos quedaron contentos y se pusieron a trabajar a conciencia, y sin actitudes intolerantes ni de fuerza por ser incompatibles con el progreso que justamente reclamaban.
Destacaban los comentaristas que actitudes semejantes –dinámicas, inteligentes, cristalinas, con capacidad de proponer soluciones inmediatas– se requerían del Gobierno hacia la población que espera respuestas coherentes.
Entonces, en consenso y de improviso los comentaristas del panel de la radio expresaron lo siguiente: “Lo que falta en el país en este momento son muchos Pedros Planas”.
Es verdad.
Lamentablemente, al día siguiente, en Ayacucho, cuando se aprestaba a asistir a otras reuniones de trabajo, Pedro Planas falleció.
Pocas veces aparece un hombre tan joven que reúna, como él, tantas virtudes y méritos intelectuales y cívicos. El presidente Belaunde dijo que Pedro Planas logró antes de los 40 años lo que muchos con el doble de edad, y él mismo se incluía en gesto de modestia, no llegaban a conseguir.
Poseía, este joven hombre que nos ha abandonado, dones singulares. Tenía una capacidad de estudio y trabajo riguroso, admirable e inagotable. Gozaba de una mente clara, límpida, de amplios horizontes, desprejuiciada, analítica, valorativa, vislumbradora. Estaba dotado de un espíritu solidario, amable, generoso; dueño de una voluntad abierta y desprendida al servicio de los demás; vino él, sí, a servir a sus compatriotas, como manda la razón en las mentes elevadas y el amor en los corazones puros.
Fue historiador y habría llegado a ser uno de los mayores del Perú. Publicó varios libros con un apremiante afán por valorar, revalorar y recuperar a hombres e ideas de épocas pasadas que deben ser base de nuestro presente, y por fundamentar el derrotero político y social del Perú. Fue periodista especializado en análisis políticos del acontecer cotidiano. Ensayista brillante, desenfadado y clarividente. Fue profesor universitario, docto, preciso, elocuente, accesible.
Estas intensas actividades las realizaba simultáneamente. Además de su desempeño como asesor del presidente Paniagua, y luego asesor principal en asuntos de descentralización del actual Gobierno, hasta la hora en que una paloma blanca entró en su habitación de hotel, en Ayacucho, el domingo 8 de octubre de 2001, fecha en que iba a concertar voluntades entre sus compatriotas por el bien de la Patria.
Diríase que tenía el don de la ubicuidad. Porque además estaba con su familia, su madre, su esposa, sus hijos. Y estaba con sus amigos, que eran tantos como aquellos que hoy reclamamos quienes tuvimos el privilegio distinguidísimo de conocerlo.
Porque ése, el de la fraternidad entre los hombres, fue su don extraordinario. El convocaba voluntades, levantaba ánimos, establecía vínculos solidarios, dirigía espíritus.
Leí: “Viviendo en el corazón de los que dejamos detrás de nosotros, ya no se muere”. Será así.
Y Pedro Planas, recordando a insignes peruanos de otra hora, escogió un verso de Mario Benedetti como epígrafe de su libro El 900. Balance y recuperación. Epígrafe y memoria de su propia y ennoblecida vida joven:
“No sé qué les debemos, pero eso que no sé, sé que es muchísimo”.
EDMUNDO DE LOS RIOS
Periodista


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