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 I N F O R M E

jueves, 8 noviembre 2001 

VISITA A ESTE IMPORTANTE RECINTO CULTURAL QUE CONSERVA VALIOSOS OBJETOS DE LA TAUROMAQUIA NACIONAL E INTERNACIONAL


En octubre no sólo celebramos la omnipotencia del Señor de los Milagros o recordamos que nuestra Lima es una ciudad de temblores. En ese mes también se inician las corridas de toros que se prolongan durante todo noviembre. Esta festividad, cuyo origen se remonta a la Colonia, es una tradición que domingo a domingo congrega a miles de limeños hacia el coso de Acho. En este lugar, precisamente, está el Museo Taurino, recinto inaugurado en 1962, el cual reúne colecciones de trajes, espadas, cuadros y fotos relacionados con la llamada fiesta brava.











Recuerdos de sangre y arena: Museo taurino 
El porte esmirreado y fantasmal de Juan Belmonte, acaso el más grande torero de la historia, se pasea a sus anchas entre el ambiente taciturno del Museo Taurino.
Está allí pero no está. Su presencia invisible se multiplica en todos los rincones, en todos los resquicios de ese recinto repleto de trajes, espadas, afiches y fotos referidas a la fiesta brava.
No es difícil imaginar esa calurosa tarde sevillana de agosto de 1910, en la Real Maestranza de Caballería, mientras se bate, frente a frente, con un poco amigable “novillo-toro”.
El gran Belmonte, seguramente, no era un tipo como cualquiera. Había que estar loco para acercarse de manera tan temeraria al morlaco, merodear delante del testuz, y mirarlo quedo a los ojos, como sólo él lo hizo.
Un cronista taurino de la época exclamó, temeroso: “El que no lo hubiese visto, que fuera rápido antes que un toro lo mandara al otro barrio”.
Y es que hasta entonces el animal de imponente cornamenta era el que reinaba en el ruedo. Algunos territorios dentro del coso estaban, todavía, vedados para el torero bajo pena de muerte.

Ole, matador. Belmonte, sin embargo, demostró que esta fiera no poseía dominios propios. “Te pones allí y no te quita el toro si sabes torear”, decía, ufano.
Esa actitud desafiante originó la más grande revolución de la fiesta brava. Antes de Belmonte, el toreo no era más que un espectáculo, para luego convertirse en un arte que coqueteaba con la muerte.
Junto con José Gómez Ortega, conocido como “Joselito, el Gallo” –uno de los toreros más perfectos de la historia–, escribió la etapa de mayor gloria de la tauromaquia española.
Durante la temporada de 1917, “la más brillante de su vida”, toreó 97 corridas, doce de las cuales, en la Plaza de Acho, el 20 de diciembre de aquel año.
La escena de tan memorable faena se perennizó en una fotografía virada al sepia que aún se conserva, entre otros enseres alusivos a Belmonte (corbatas, fundón de estoque, platos recordatorios), en el Museo Taurino de Acho.
Allí están, por ejemplo –donado por el presidente Manuel Odría–, la cabeza de “Melindroso”, el toro lidiado en la Plaza de Madrid el 16 de octubre de 1913, cuando el sevillano tomó la “alternativa” de Rafael Gonzales “Malaquito”.
También la testa disecada del toro “Sotama”, de la ganadería El Olivar, muerto por este gran torero la tarde del 25 de junio de 1922, en la Plaza de Acho, cuando se realizaban corridas todo el año.

Recuerdos en sepia. Pero esos no son los únicos tesoros que posee este repositorio de objetos relacionados con la tauromaquia limeña e internacional.
Aquí, por ejemplo, están los raídos trajes de luces que usaron en alguna faena memorable diestros como Joselito, Antonio Bienvenida, el mítico estoqueador Manuel Rodríguez Sánchez “Manolete” o el recordado Francisco Rivera “Paquirri”, entre otros.
Guarda, además, espadas, capotes, chaquetillas, banderillas y otros aparejos taurinos que usaron una retahíla de matadores consagrados y por consagrar que pisaron las arenas de Acho.
Cualquier aficionado que visite este museo encontrará inéditas fotos que son verdaderas joyas como esa de nuestro compatriota Juan Gualberto Asín, torero de la Rinconada de Mala, tomada en 1910.
O la imagen de ese cartel de lujo formado por Fermín Espinoza “Armillita”, Rafael Ortega y el legendario “Manolete” antes de entrar en la arena de Acho; así como la de Antonio Bienvenida autografiada para “Zeñó Manué”.
Además de las fotografías, este recinto cultural conserva grabados de tauromaquia, así como reproducciones de estampas taurinas pintadas por Pablo Picasso, en 1959.
Mención aparte, en un rincón, casi pasando de incógnita, está la copia de una poco conocida pintura de Francisco de Goya sobre la muerte desgraciada de José Delgado, “Pepe Hillo”, el primer matador “cogido” en la Plaza de Madrid el 11 de mayo de 1801.
No obstante el entusiasmo que despierta la fiesta taurina, los visitantes que recorren los predios del museo por estos días, no son muchos.
Anímese a ir. La presencia omnipresente de Belmonte les dará la bienvenida.

Helio Ramos Peltroche
Fotos: Ricardo Choy- Ki Fox


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