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 C U L T U R A L

viernes, 7 diciembre 2001 

GRABADOS DEL NOTABLE
PLÁSTICO ARGENTINO
SE PRESENTAN EN EL MUSEO PEDRO
DE OSMA

Antonio Seguí (1934) nació en Córdoba, Argentina; y estudió arte en Buenos Aires, Europa y México. Sus obras representan escenas detalladas de ciudades, en donde se mezclan lo real y lo fantástico. Su arte convierte a la figura humana más grande que los propios edificios, y en otros coloca simplemente una cabeza sobre ruedas. El color y la comedia se combinan en una situación netamente urbana. La exposición titulada Grabados de Antonio Seguí, colección donada al Instituto de Arte Contemporáneo del Perú, podrá apreciarse en los hermosos ambientes del Museo Pedro de Osma (Pedro de Osma 423, Barranco), sólo hasta mediados de este mes.












Seguí, hombre de ciudades
Se trata de medio centenar de piezas de un maestro del dibujo y el trazo carnavalesco, del gesto irreverente y soñador. Porque Antonio Seguí nos apabulla en la muestra del Museo Pedro de Osma con una visión moderna de seres humanizados en medio de la urbe salvaje y fría, y en ese intento permanente logra maravillas de la figuración.
Artista de 67 años de edad, estuvo en 1951 y 1952 en París, y también en Madrid, donde descubrió y admiró al peninsular José Gutiérrez Solana y a los alemanes Otto Dix y George Grosz. En 1957 realizó su primera exposición y visitó países centro y sudamericanos, afincándose en México durante un tiempo. De nuevo en Argentina, se instaló en Buenos Aires y pintó sus famosas series.
Viajero empedernido en los años sesenta, para entonces ya estaba en París exhibiendo en Europa, Estados Unidos, Japón y nuestro continente. Seguí lleva su sátira social hasta la historia de la pintura, recreando a Manet, Degas, Matisse, y el Rembrandt de La lección de anatomía.

Etapas de su trabajo. El pintor se inscribe en la neofiguración, después de un período más o menos cercano al informalismo. Así, de 1962 a 1971, por medio de un lenguaje expresionista, abordó desde el grotesco el universo instituido de banqueros, jueces, militares, académicos, eclesiásticos y políticos, en una vitriólica denuncia del poder absolutista y de la falsa autoridad.
En un segundo ciclo (1972-1982), soltó imágenes que suscitan las apariencias de la cotidianidad y el tema de la nostalgia. Y luego, en una tercera etapa, se fijó en la vida urbana de soledad y desventuras. En la década del ochenta introdujo en sus obras al Sr. Gustavo, un personaje de nuestro tiempo, estereotipo de la alienación urbana, con el que ilustró su irónica y patética reflexión.
En su patria –a la que visita desde su búnker parisiense– establece una comunicación muy fluida con el público y los coleccionistas. La sátira es su género preferido y en él se avecina a la narración y a la crítica aguda, perfilando comentarios en imágenes muy cercanas al concepto de la historieta.
Seguí trabaja con mitos argentinos: Gardel y la Pampa, básicamente; pero en ellos se aprecia influencias del surrealismo europeo: El detalle fotográfico, pincelada imperceptible que da una superficie tersa, dibujo perfecto, climas de encierro y tono sorprendente; así como las proporciones alteradas y el tiempo incorporado como elemento articulador de las imágenes, todo sugiere las performances de René Magritte y su larga genealogía europea.
Muchos especialistas consideran que Antonio Seguí representa –a través de sus hombrecitos vestidos de traje oscuro en situaciones ridículas–, la estereotipada solemnidad argentina. El público limeño podrá –durante una semana– verificar qué tan verdadera es esta aseveración de la crítica.

Marcas de genio

La obra de Seguí puede encuadrarse, en general, en el movimiento “Nueva Figuración”, que apareció en la decada del sesenta; aunque buscó siempre su propio lenguaje, acercándose por momentos al informalismo y al pop art.
Sus dibujos y grabados son incisivos, de línea punzante, contienen elementos de historietas y tiras cómicas (flechas, números, carteles) que reflejan un humor intencionado; sus hombrecillos de particular simpleza y curiosa fisonomía se combinan con paisajes urbanos de Buenos Aires y París. Una sagaz ironía que se vuelve burlona alienta su obra iconográfica, particularmente los grabados que componen la serie donada al Instituto de Arte Contemporáneo.


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