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 E D I T O R I A L

jueves, 27 diciembre 2001 


















Deuda pública: entre despilfarro y responsabilidad
La deuda externa no es el peor enemigo de la estabilidad económica y social de los países, como muchos creen, sino quienes hacen mal uso de ella. Ninguna nación, especialmente las del Tercer Mundo, es capaz de generar el ahorro suficiente para financiar su desarrollo, de suerte que tiene que captar el ahorro de los agentes de las economías más prósperas para obtener los recursos que necesita. Es precisamente lo que sucede cuando un país toma un crédito de la banca internacional o de una agencia oficial de una nación desarrollada.
¿Cómo puede ser entonces nocivo este mecanismo? ¿En qué momento se transforma en la bomba de tiempo social que detonó Argentina? En realidad, todos los mecanismos de endeudamiento aseguran que ello no suceda. Lo que no pueden garantizar es que los políticos de los países que se endeudan destinen esos recursos a obras de infraestructura que mejoran la productividad y reducen los costos de transacción. Lamentablemente, sobre todo cuando los fondos se obtienen del mercado y no de un organismo financiero, los recursos pueden ser usados para costear caprichos políticos, y aún pueden ser dilapidados en suntuosos salarios y demás gastos que no tengan ningún rendimiento en el futuro. La voluntad política y el celo en la aplicación de dineros tan valiosos no pueden ser elementos inherentes a la deuda, pensar así sería cometer un acto de fetichismo al más puro estilo de Marx y su entuerto con la mercancía. Y en estos tiempos en que el conocimiento ha avanzado sumamente, esta desafortunada confusión sería más bien estupidez.
Entonces, no hay disyuntiva entre entregarnos a los dioses insaciables del “paga la deuda”, ni sumergirnos en la trinchera obtusa del “no pago”, sino que debemos elegir entre un manejo responsable y celoso de nuestro endeudamiento y una actitud infame de manirrotos con recursos que más tarde tendrán que devolver nuestros hijos y nietos, y con intereses.
Por otro lado, la deuda no sólo es buena para los deudores responsables, sino también para los acreedores inteligentes. Son precisamente ellos, en una demostración más del porqué están mejor que nosotros, quienes han diseñado mecanismos para hacer más viable y socialmente menos costoso el pago del servicio de la deuda externa. Allí tenemos los mecanismos de pago con exportaciones, o los canjes de deuda por inversión en desarrollo o ecología previstos por el Club de París. Y por supuesto, quedan los flexibles mecanismos de mercado como las recompras de deuda a través de emisiones de bonos.
Como vemos, endeudarse y pagar no es malo ni supone que terminemos en violentos conflictos sociales; lo que es malo y pernicioso es usar los recursos del endeudamiento en gastos carentes de impactos positivos en la productividad y el bienestar, despilfarro que tarde o temprano termina pagándose con pobreza e inestabilidad social.


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