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 O P I N I O N

lunes, 21 enero 2002 

JOSÉ ANTONIO BRAVO
Escritor













Se fue Cela 
El miércoles 16, Camilo José Cela ingresó en la clínica para curarse un resfrío fuerte, de ésos que suelen dar en España, sobre todo en inviernos malos como los que ahora tiene la península. Al siguiente día, jueves 17, se nos fue con una neumonía de todos los diablos, según tengo entendido.
Si pudiera leer él esto que acabo de escribir: “Se fue con una neumonía”, se estaría c... de risa y aprovecharía para reprenderme por ponerlo en situación difícil con su mujer (en España dicen mujer y no esposa): “Que yo no me he ido con ninguna Neumonía, hija (‘mujer’, quiso decir), que no ves que he estado en el hospital, muriéndome”.
No es atrevimiento hablar así de Camilo, ni falta de respeto; el primer irreverente consigo mismo fue siempre él, porque así es (quise decir fue), así era, y por eso mismo resulta difícil pensar que ya no estará allí en los cables, en las sesiones de la Academia de la Lengua o en el recuerdo de todo aquel que supo de él, por cualquier anécdota, como aquella en que se narra la vez que se quedó dormido en las Cortes (el Congreso español), pues era representante del Rey; entonces el presidente de las Cortes lo llama: “Señor Cela, señor Cela, señor Cela”. El escritor se había amodorrado y dormitaba de puro aburrimiento. El narrador despierta sorprendido por la llamada reiterativa y el presidente, con cierta cachita, le increpa: “Señor Cela, se quedó dormido”. “No”, contestó el literato, “he estado durmiendo”. Allí es cuando el presidente se siente ganancioso y replica: “Estar dormido o estar durmiendo es lo mismo, señor Cela”. Y el Premio Nobel (que no lo era todavía, para entonces) contestó: “No, señor presidente, porque no es lo mismo estar jodido que estar jodiendo”.
Era alto, entrado en carnes y “pipa”, lucía carantón; su vozarrón iba en caja con su papada, que se mecía cuando por allí se le daba por reír; era ocurrente, sonoro, sin pelos en la lengua y, por lo mismo, jamás adulador. Era fácil acercarse a él e inclusive hacerle preguntas medio malvadas, como aquella que le hice, en la televisión, cuando estuvo en Lima: “Señor Cela, ¿es verdad que su abuelo, por parte de madre, apellidado Troulock, fue un pirata que asaltaba barcos?”. Y en lugar de sentirse incómodo, más bien, pareció que yo había acertado en el blanco. Se acomodó como para un rollo largo y se despachó una cadena de aventuras, que terminó con una sonrisa llena de orgullo.
Lo conocí en una reunión de escritores allá por 1973, en la ciudad española de Málaga. Nos hicimos amigos rápidamente porque don Manuel Alvar nos presentó. En esa oportunidad, su ponencia fue sobre unas veinte cartas inéditas de Pío Baroja. Lo vi dos veces más en Madrid, siempre en situaciones afables, gratas, sonrientes. A mediados de 1990 vino a Lima invitado por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos para que se le confiriese el doctorado Honoris Causa. El embajador de España aquí, don Nabor García, le propuso al rector, doctor Wilson Reátegui, que yo diera el discurso de orden en nombre del claustro. El tema fue “La Colmena, de Camilo José Cela (primer libro de caminos inciertos); estructura, técnica y marginalidad”.
Cela quiso ser médico y se desanimó al inicio de sus estudios, luego intentó con el derecho, pero estaba destinado no sólo a ser novelista, sino un erudito, un hombre con una capacidad de lectura extraordinaria, con gran sensibilidad para las artes, en especial la pintura, pues pintó y hasta exhibió en 1947 en la librería Clan, de Madrid. Ya era famoso con su novela La familia de Pascual Duarte, así que la muestra de sus cuadros fue un éxito.
Escribió más de un centenar de libros, todos gratos, singulares, divertidos. Fue un escritor único. De verdad que lo extrañaremos.   





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