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 C U L T U R A L

lunes, 18 febrero 2002 


Más allá de su militancia política, más allá de la relativa calidad de sus relatos, Vallejo es el gran poeta de las letras hispanoamericanas. Lejos de confinarlo en el espacio de lo étnico, sería más justo apreciar a nuestro vate como la viva expresión de una manera no europea de ser universal.












DEL MITO FRANCÉS AL FULGOR PERIFÉRICO 
César Vallejo nace como escritor tras el magisterio de Verlaine. Él mismo se lo contó al Conde de Lemos durante sus correrías por Capón, acompañándolo en su búsqueda de amor, opio y rarezas (podemos decir baudelerianas). Muchos años después, frente al busto del pagano Pierre Louis, recordará sus lecturas de Afrodita en Trujillo, cuando amaba casi en secreto a Mirto (en vida la dama Zoklilla Rosa Cuadra).

De la ilusión a la realidad
Ese afrancesamiento literario chocará con el París mágico, culto y que apabulla desesperadamente a los latinoamericanos durante la década del veinte y treinta. Vallejo no concibe que a ellos se les trate mal. “No somos australianos o senegaleses”, exclama en sus primeros desesperados escritos.
Mientras duerme miserablemente en el hotel Molière o en el Des Écoles, sus admirados escritores franceses conservan sus predios infranqueables. Allí tenemos a André Gide y a sus jóvenes seguidores en el café Deux Magots. Cuando Vallejo recién llega a París, Jules Romains triunfa con el estreno de Knock o el triunfo de la Medicina.. En 1926, mientras Vallejo escribe sus crónicas para Variedades y Mundial, aparece con éxito de la crítica y escándalo de los moralistas Los monederos falsos de André Gide. Pero a César Vallejo esta nueva estética de ideas, inmersas en la psicología de la crisis burguesa, no le perturba y menos influirá en sus escritos.
Vallejo, a diferencia de la imagen triste y pasiva que muchos le erigieron, se plantea un enfrentamiento contra la metrópoli, la Babilonia de la corrupción, ese París que aún se obsesiona con la guillotina. Escribe una nota acerca de Guyot, criminal cuyo destino sería precisamente ése. Otra vez consigna entusiasmado el triunfo del argentino Firpo sobre el galo Carpentier. Son los primeros años…
El escritor Paul Morand, antítesis del espíritu, recibe de Vallejo fulminantes disparos periodísticos. “Paul Morand quedará como uno de los documentos definitivos de la agonizante literatura burguesa, un producto retrógrado del siglo XIX”.
Vallejo –Georgette lo ha contado– en sus primeros años hace amistad con artistas y escritores franceses importantes o que comenzaban a destacar, como el hombre de teatro Jean Louis Barrault y el poeta surrealista Robert Desnos. Se “engancha” en la cultura europea y con la crisis soviética cuando comenta el caso Meyerhold, asesinado por el estalinismo, y posteriormente, durante sus viajes a Rusia de 1929 a 1931. Estos periplos coinciden con la difusión del segundo manifiesto surrealista. André Breton será su blanco predilecto. Lo llama “anarquista de barrio, rebelde de bufete” y lo ubica como seguidor de Maurras, es decir, un líder de opinión. El Maurras monarquista será la gran personalidad del gobierno de Vichy diez años más tarde.

Vallejo escribe en soledad
Como ha escrito James Higgins, será una luz de la periferia, pero el poco éxito de Tugsteno (con excepción de la edición rusa de 1932) y el rechazo de Paco Yunque –que fue considerado un libro muy triste para que lo lean los niños– lo sumergen en su etapa agónica –en el sentido unamuniano–, la última, en una obra teatral en la que confiaba plenamente, La piedra cansada. Esta esquizofrenia que recrea el Tahuantinsuyo no es indigenismo: es el último momento de oposición de una estética de la periferia (retomando el concepto de Higgins). Esto sucede entre fines de 1937 y el principio de 1938. Vallejo retorna angustiado del Segundo Congreso Internacional de Escritores por la defensa de la cultura realizada en Barcelona, Madrid y Valencia, mientras se cierra el cerco reaccionario franquista y la Segunda República española se hunde cada vez más.
La piedra cansada es una confrontación antropológica con las etnografías “primitivas” a lo Marcel Mauss, como lo ha explicado el investigador peruano Guido Podestá.
Desde la periferia Vallejo es el portaestandarte del torrente humano, desgarrado y peligroso de una nueva estética; y si bien es el extraordinario poeta que conocemos, esta faceta de intelectual comprometido con la revolución ha resultado algo oscurecida por su radicalismo.
Se le ubica hacia los últimos meses de vida en el Bulevar de la Madeleine, con Tristán Tzara y el español exiliado Peinado activando una exposición fotográfica y de afiches; así recaudan fondos para la Juventud Antifascista (según lo relata en sus memorias el francoespañol Max Aub).
Jean Cassau y Malraux sostuvieron conversaciones con Vallejo en Valencia. Ya el surrealismo de Breton y Peret –combatiente en España– no tenía cabida en la nueva estética vallejiana, a pesar de los experimentos anteriores de Trilce y la novela frustrada Sabiduría.
En el cementerio de Montrouge estuvieron ese martes 19 de abril de 1938, al lado de insignes peruanos, Malraux, Aragon, Cassau y Tzara, y otros más que intuían que el poeta raro ya empezaba a brillar con aureola de polémica, humanismo y tragedia de esta extraña y amenazadora periferia salvaje, de esa otra ilustración: la vena americana que sigue escribiendo confrontando al otro, con Vallejo y sus epígonos.

Max Castillo


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