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ROSTROS DE LA CIUDAD
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Los muelles
En invierno los muelles viven sólo durante el día. Por las noches son unas sombras alargadas que se pierden en el mar. El silencio de ecos, la soledad y el frío habitan entre los espigones, barandales, acodaderos y en el encontrón de olas de sonido bronco. Aunque de tiempo en tiempo, de la extensa y profunda oscuridad retornan solitarios pescadores, arropados hasta las orejas, trayendo el bocado inmemorial cargado en bíblicos canastones. Un pitazo o un silbido familiar y lejano los recibe como llamándolos por sus nombres. Ellos saben que han llegado a tierra firme donde espera el hogar, la mujer, los hijos, la mesa puesta, los amigos. Un negro y caliente café servido en jarro regalará su sabor a todo el cuerpo y el frío aparece como un recuerdo que se ha quedado ahí a la puerta de entrada.
De pronto los días amanecen más temprano y más claros y el verano se instala con toda su presencia. Uno brinca optimista de la cama, el horizonte se hace más amplio y la clara luz alegra el paisaje. La gente invade los lugares abiertos, camina por los parques, va al mar, pasea por los malecones, incursiona feliz por los muelles. Arriba sobre nuestras cabezas, altos, verticales, cortados por el tiempo, mostrando las entrañas de sus entrañas, venas rugosas, los acantilados como inmensos muros prehistóricos, costras de milenios, apacentan el arcaico sonido de sus memorias sobre el inmenso mar que lame sus pies.
Aquí abajo, un revoloteo violetablanco, de chillidos agudos parpadea en el aire y se zambulle juguetón y hambriento buscando, sorprendiendo a bocados plateados y escurridizos. A veces en pleno vuelo, cortan dirección y velocidad y se dejan caer en plomada y es que la aguda vista ha roto la lisa superficie marina descubriendo un pez que es toda una provocación, o, en aras de una elocuente elíptica, hacen maromas en el aire para luego rozar con el pecho el azul océano. No muy lejos, botes y chalanas dormitan arrullados por un cabeceo sensual. El vaivén incansable del oleaje convierte al mar en una inmensa hamaca. Más allá, otras aguas desfallecen entre agónicas espumas y solitarios chasquidos.
Diez soles la docena, una sola vez se habla la verdad, los gritos coquetos y enamoradores nos convocan. Las sartas de lornas, cojinovas, lisas, tramboyos, colgadas de las manos de robustos brazos, caminan por los bordes de las pistas como en un desfile. Más allá, lenguados, pintadillas, calamares, pejesapos, provocan al paladar que bendice a ese mar. Y nuevamente nos remontamos entre escamas y agallas a elementales cocinas, a familiares comedores o al tierno y rotoso fogón a kerosene, a la conversa familiar y amiga en un derroche de bocados y presas, que hacen olvidar el empalagoso trámite del tenedor.
Encaramado en un remedo de hoyo, un primus se jacta, desde esta su fortaleza de cartones y latas, de su pertinaz llamarada verderojiza, ante la brisa que sopla y sopla peinándole pequeñísima cabellera incierta. Los comensales acercan más sus pupilas y paladares. Más allá en trajinado arenal del día, dormitan reclinados entre ellos, laboriosos botes, sueño solidario que mañana muy temprano se hará a la mar. Filas de hielos, escamas, mesas, canastas, dorsos, manos voces, gritos, sartas, platos, vasos, giran en espiral de feria de pueblo. A los extremos, apoyados en los barandales del muelle, arrojan sus cordeles a voleo, con la esperanza de encontrar la emoción de que algún pez desprevenido pique la carnada. A unos pasos una pareja abrazada mira el horizonte en una ofrenda de amor y la luna ronda en lejanísimo presentimiento, mientras la oscuridad eterna en alta mar es un pequeño cuadro que cuelga en el recuerdo.
Antonio Muñoz

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