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Otra vez el tema
En el país existen problemas que exigen medidas, muchas de las cuales pasan por el Congreso. La agenda legislativa se encuentra sobrecargada. Sin embargo, ahora nuevamente en el Parlamento es un tema recurrente se discute sobre si cambiar o no la primera estrofa del Himno Nacional.
Pero el problema más serio no está en la pérdida de tiempo en cosas que no son fundamentales, sino en que se afecta de alguna manera nuestro difícil proceso de asentar una identidad nacional. Los símbolos de la patria son representaciones permanentes de una continuidad en el tiempo, de una colectividad nacional, por eso no pueden ser revisados o adaptados a nuevos tiempos.
No son un reflejo de la realidad, ni siquiera de la verdad histórica, sino como su propio nombre lo dice: símbolos. Es decir, según el diccionario, representación sensorialmente perceptible de una realidad, en virtud de rasgos que se asocian con esta por una convención socialmente aceptada.
Es difícil imaginarse a los galos discutiendo si cambiar la Marsellesa, porque fomenta la violencia de la Revolución Francesa o es demasiado sangrienta para nuestra sensibilidad contemporánea.
En la época de Velasco también se pretendió proscribir el Largo tiempo el peruano oprimido
; y se comenzó a cantar otras estrofas. Pero ha pasado el tiempo y sigue allí. Los intentos del gobierno militar corrieron la misma suerte que otros en el tiempo, como pueden corroborar los historiadores.
Los que intentaron el cambio no comprendieron que los símbolos patrios como cualquier símbolo nacional se legitiman y arraigan con el correr del tiempo, como dice el diccionario, por una convención socialmente aceptada. Allí está la bandera, el escudo y el himno, con todas las imperfecciones intelectuales, semánticas o musicales que pudiera tener. Incluso con estrofas que en algún momento se colaron, pero fueron aceptadas y la pátina del tiempo les dio abolengo. La llamada estrofa apócrifa fue la que cantaban y por la que dieron su vida Miguel Grau y Francisco Bolognesi. Estuvo en los labios de los combatientes de La Breña o de José Quiñones en Quebrada Seca.
En ese sentido, el Largo tiempo el peruano oprimido
fue legitimado no por nuestros intelectuales o políticos que hoy se atreven a cuestionarlo. El pueblo fue quien lo hizo y quien instintivamente lo ha defendido cada vez que se ha querido artificialmente cambiarlo.
Por ello, el himno como está forma parte con sus excesos de la identidad nacional, no por su contenido, sus defectos de interpretación histórica o sus anacrónicas referencias a España, sino porque expresa ese pasado en que nos reconocemos. Como decía José Ortega y Gasset, el hombre no tiene naturaleza, tiene historia.
Con perdón, pero la verdad que no me imagino entonando un himno moderno, cantado ya no por Rosa Merino, sino por Rossy War, que dijera algo así como:
Perú país camino al
Desarrollo integral
Y autosostenido
Calificar, como ha hecho un buen amigo mío, de autoinjuriosa la primera estrofa es un prurito intelectual que no tiene nada que ver con el imaginario popular o las tradiciones. A los que no les pareció correcto que una de las avenidas de Lima llevara el nombre de un presidente de Estados Unidos, mientras no existía una dedicada a nuestro primer peruano con su nombre, tenían razón. Pero la avenida se sigue llamando Wilson, por más que en cada esquina diga Garcilaso de la Vega.
Nuestros políticos e intelectuales deben ser responsables y no estar de modo permanente en un cuestionamiento de los elementos que forman parte de nuestra identidad, como en un proceso morboso de autoflagelación nacional. Por eso, esperemos cerrar definitivamente este capítulo acerca del Himno Nacional.

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