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Víctor Raúl Haya de la Torre
LA figura de Víctor Raúl Haya de la Torre pertenece ya a la historia del país. Es uno de los hitos ideológicos del siglo XX, como lo fue Francisco García Calderón, José Carlos Mariátegui o Víctor Andrés Belaunde. Siglo violento, muchas veces injusto, de enormes frustraciones, pero también de generaciones fecundas, grandes maestros y creadores intelectuales que nos introdujeron en las corrientes del pensamiento universal.
García Calderón encarnaba un liberalismo aristocratizante, Mariátegui un marxismo-leninismo no muy ortodoxo, Belaunde el socialcristianismo y Haya de la Torre la orientación socialdemócrata. Pero todos ellos intentaron construir una propuesta desde nuestra realidad.
Allí están como libros cimeros: El Perú contemporáneo, Siete ensayos, Realidad nacional y El antiimperialismo y el APRA. Sin embargo, los avatares políticos y sociales impidieron un mayor desarrollo ideológico. Los textos fundacionales son de la década de 1920, a partir de allí hay ensayos o escritos redactados en medio del fragor de la batalla.
En el caso de García Calderón, escribió en otro idioma y su pensamiento sólo sería valorado muchas décadas después. No faltó quien abandonó la política activa, como Belaunde, para dedicarse a la diplomacia. Por último, otros como Haya de la Torre cubrieron con su presencia muchas décadas de la vida política del país, con aciertos, errores y excesos.
Sin embargo, no son los defectos lo que queda en la historia, sino el esfuerzo por pensar y organizar el Perú de manera distinta. La generación del centenario de la Independencia a la que perteneció Haya continuó por la senda abierta por la del Novecientos, acentuando el sentido de compromiso social y político. En eso fue tal vez menos elitista y más popular que la de quienes la precedieron. Pero también era otra época: la de la Revolución de Octubre, la del ascenso del fascismo y la de la crisis del capitalismo.
En el caso de Haya, sin proponérselo directamente dio forma a la socialdemocracia latinoamericana del siglo pasado. En el XXI no se puede edificar una moderna opción en este sentido sin tenerlo como referente histórico. Pero evidentemente en el cauce que abrió tienen hoy que circular aguas distintas e incluso contrapuestas, como corresponde a otra época.
Es lo mismo que sucede con García Calderón o Mariátegui, quienes tienen que ser vistos desde la globalización, el mercado y la caída del Muro de Berlín. También Belaunde desde la perspectiva de la Teología de la Liberación y los nuevos avances de la doctrina social de la Iglesia Católica.
Sin embargo, el viejo Haya en algunos temas fundamentales supo rectificar al joven Haya, con ese espíritu dialéctico que nunca lo abandonó. Rompió con su raíz marxista mucho antes de que lo hiciera formalmente la socialdemocracia europea o naciera el eurocomunismo. Se alejó del estatismo y abrió el liberalismo, en momentos en que los cantos de sirena del populismo socializante parecían el futuro.
Apostó a la gobernabilidad, aunque el término no existiera, cuando en 1945 tendió la mano a su antiguo enemigo el mariscal Benavides; cuando desde 1956 fue leal a la convivencia democrática que representó Manuel Prado; o cuando en 1962 sacrificó su legítima victoria, en aras de los intereses superiores de defensa de la democracia y la Constitución.
Pero su concepción ideológica antiimperialista, ese Estado Defensa o la organización económica funcional, no corresponde a las realidades de hoy. Sin embargo, lo trascendente no es el contenido mismo de lo que pensó Haya a comienzos del siglo XX, ni siquiera el partido que fundó aunque aún tenga vigencia. Como tampoco lo es la tesis de la soberanía de la inteligencia lo que otorga valor a Bartolomé Herrera, sino lo que ambos personajes representan y aportaron a la historia del Perú.
El APRA podrá desaparecer, como otros partidos, pero no el legado y la figura de Haya de la Torre, porque significan y representan mucho más que la fuerza política a la que dio vida. La prueba más clara es que no necesitó ser presidente de la República para trascender; y que las pasiones contrarias que en vida desató se han diluido para dar paso al consenso en torno a lo que representó y al lugar que tiene por derecho propio.

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