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 E D I T O R I A L

sábado, 2 marzo 2002 













Fuerzas Armadas 
Para el mundo occidental “la guerra es la continuación de la política por otros medios”, según la clásica definición decimonónica. Si es así, entonces el conflicto armado es un acto de gobierno, sus objetivos son de la misma naturaleza y algo similar ocurre con su conducción al más alto nivel.
Por tanto, la defensa nacional de un país no es una cuestión que compete exclusivamente a los miembros de las instituciones armadas, sino a la sociedad en su conjunto encabezada por sus líderes naturales: las legítimas autoridades.
Los institutos armados cumplen un papel fundamental en la defensa del Estado, pero para ser efectiva su labor requiere de un liderazgo capaz de comprender el fenómeno de la seguridad nacional y las amenazas que asoman en el horizonte.
Por tanto, corresponde a la conducción civil establecer las políticas de defensa adecuadas al momento histórico que vive el país. El Perú pasa por una difícil situación, producto no sólo de sus males estructurales sino de la herencia de un régimen autoritario que hirió en lo más profundo a nuestras Fuerzas Armadas.
En efecto, el gobierno que rigió nuestros destinos durante los años 90 fomentó la corrupción en el interior de las instituciones y, no contento con esto, pretendió utilizarlas como aparato partidario y represivo del grupo que detentaba el poder.
A partir de este contexto es necesario avanzar en la vía de la moralización y la modernización de nuestros institutos militares. Esto último supone una razonable reducción de efectivos, cuyo objetivo no es simplemente menos gente y un menor gasto, sino un énfasis en la calidad sobre la cantidad.
Lo castrense no constituye un mundo aparte, aislado de la sociedad; por el contrario, es parte de ésta. Una cuestión elemental, como la mencionada anteriormente, no fue aceptada de veras en países como el nuestro. Una muestra típica de ello fue que los miembros de las instituciones castrenses no pudieran participar en las elecciones.
En las democracias maduras los militares están plenamente integrados al mundo civil. Ello es bueno para el sistema como para la seguridad nacional, tal como se puede deducir de las victorias obtenidas por los ejércitos de los países democráticos durante el siglo XX. 





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