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PEDRO PAULET Y LA COHETERÍA MODERNA
Entre los grandes acontecimientos científicos del siglo XX, el primer viaje a la Luna fue sin duda el que mayor admiración causó en todo el mundo. Pero este hecho no hubiera sido posible sin el trabajo silencioso de muchos científicos, que con perseverancia e imaginación allanaron el camino a la conquista del espacio. Uno de ellos fue el peruano Pedro Paulet Mostajo, reconocido por la NASA como precursor de los vuelos espaciales y padre de la Era Espacial.
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Su meta fueron las estrellas
Este sabio nació en Arequipa el 2 de julio de 1874. Huérfano de padre a los tres años, encontró en su tío Francisco Mostajo la imagen paternal. Siendo niño observaba con embeleso los fuegos artificiales que iluminaban el cielo arequipeño en días de fiesta. Con precoz imaginación preparaba y lanzaba primitivos cohetes de carrizo llenos de pólvora. Ingresó en la Universidad San Agustín en 1892. Siguió en simultáneo dos especialidades: ciencias y letras. Una beca otorgada por el gobierno de Remigio Morales Bermúdez le permitió estudiar ingeniería y arquitectura en la Sorbona. Como alumno del Instituto de Química Aplicada alternó con Marceline Berthelot, Pierre Curie y otros ilustres de la época.
En pos del cielo
En 1895 le savant como le decían sus compañeros probaba su primer invento, la girándula (una rueda de bicicleta capaz de girar a gran velocidad impulsada por tres cohetes alimentados de tubos unidos a los radios), cuando de pronto una sorpresiva explosión le rompió el tímpano izquierdo y es detenido por presunto anarquista. Continuó su investigación en secreto, y tras cálculos y estudios pacientes diseñó un motor de reacción con combustible líquido. El advenimiento de la era espacial señaló el científico ruso Scherchovsky en su obra El cohete para transporte y vuelo (1966) se hizo realidad con el desarrollo del motor a propulsión diseñado por el peruano Paulet en 1895. La máquina tiene el mismo sistema bipropulsor que utilizó el Apolo XI en su llegada a la Luna. Los científicos han destacado la genialidad de Paulet por su inigualable capacidad de adelanto a su época.
El Gobierno peruano lo nombró, en 1900, adjunto al Comisariato de la Exposición Universal de París. Diseñando y construyendo el pabellón nacional ganó una condecoración del Gobierno francés como Oficial de Instrucción Pública. Se graduó como ingeniero químico en 1901. Trabajó en calidad de corresponsal de los diarios franceses Le Fígaro y La Petite Republique, como tal viajó por Europa, el norte de África y Asia menor. Un año más tarde ingresó en el servicio diplomático del Perú.
En 1902, siendo cónsul en Bélgica, terminó de diseñar los bocetos de su nave espacial que llamó avión torpedo y autobólido. El vehículo, según Paulet, no necesitaba ni de hélices ni planeadores, puesto que en el espacio sideral no hay aire. Su invento es considerado el prototipo de los jets a propulsión. El notable científico Werner von Braun lo cita en su libro, Historia de la cohetería y de los viajes espaciales, como pionero de la Era Espacial.
Lamentablemente, el sabio nunca encontró quien financie sus inventos. Los cohetes eran vistos como una locura en su época. Aun cuando Henry Ford y la Sociedad Astronáutica Alemana le hicieron tentadoras ofertas, no aceptó, pues los estadounidenses querían adaptar su motor a los autos de carrera.
Es llamado en 1904 para fundar la Escuela de Artes y Oficios en Lima, cuyos planos e instalación preparó, y que dirigió por seis años. Trazó los planos para la construcción del hospital Goyeneche, en Arequipa; proyectó la canalización del río Rímac y una Basílica a Santa Rosa en el cerro San Cristóbal con la utilización de las áreas cercanas para fines recreativos.
Entre la diplomacia
y los experimentos
Regresó en 1911 a Europa, donde se casó con la dama belga Louise Wilquet. Tuvo siete hijos Megan, la menor, lo recuerda cariñoso, religioso, pero muy antisocia. En Londres creó una fábrica de juguetes irrompibles, que cerró al estallar la Primera Guerra Mundial. Estando en Bruselas editó El mundo español. Se reincorporó al servicio diplomático y fue cónsul del Perú en Dresde, en 1921. Luego en Amsterdam, en 1923; en Oslo, en 1924; en Rotterdam, en 1929; y Yokohama, en 1932. Escribió su libro, El Japón moderno y sus bases económicas (1934), en el cual explica por qué Japón se convertía en la nueva potencia.
Como servidor público redactó varios informes y proyectos para el desarrollo del país. Así, sugirió fomentar el turismo por ser fuente de divisas, recomendó industrializar la hoja de coca, advirtió sobre los peligros de la incineración de basurales para el medio ambiente, propuso la tesis de las 300 millas marítimas, pidió un asesor noruego para industrializar la pesquería, entre otros. Sin embargo, sus recomendaciones jamás las tomaron en cuenta los gobernantes de turno.
De vuelta a Lima, en 1935, organizó el departamento comercial del Ministerio de Relaciones Exteriores, del que fue su director por cinco años. Se desempeñó como profesor de la Facultad de Ciencias Económicas en la Universidad Católica. Buscó apoyo económico en el Ministerio de Aviación para construir sus inventos; sin embargo, sólo el silencio contestó su demanda.
Una mañana de 1944, siendo consejero de la Embajada del Perú en Buenos Aires, la noticia de un diario lo confunde: el capitán inglés Whittle ha volado exitosamente en un avión sin hélices propulsado por un motor a reacción. Fue un extranjero quien probó en el aire lo que desde 1902 tenía dibujado en la tierra. Las dudas convierten al sabio en un hombre triste y silencioso. Un año después, el Gobierno lo licencia por límite de edad. Es todo lo que pudo soportar el corazón del genio olvidado. Cayó fulminado con la carta de cese en las manos. El país perdió un eficiente funcionario, pero sobre todo, también la oportunidad de aprovechar la genialidad de un científico, que sin duda pudo lograr insospechados frutos para la sociedad si hubiera recibido el apoyo que pedía.
ROBERT MEDINA

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