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ÚLTIMO REDUCTO EN LA COSTA SUR
Las huestes incaicas lideradas por Mayta Cápac invadieron el lugar para consolidar el Contisuyo
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Cerro Baúl, bastión Huari
Después de viajar 45 minutos en avión, desde Lima, llegamos a Tacna, de donde partimos vía terrestre rumbo a Moquegua, lugar donde se encuentra el imponente Cerro Baúl, que fuera el más importante bastión Huari de la costa sur del país.
Este complejo arqueológico es una curiosa e impresionante formación geológica ubicada a 12 kilómetros de esta ciudad, en la ruta hacia Torata.
Su nombre se debe a que el perímetro de su cima aparece cortado perpendicularmente, lo que le da la semejanza de un baúl. Para alcanzar la cumbre, donde se halla esta fortaleza natural, existe un camino escarpado y empinado que lleva a la plataforma.
La explanada, de 1,000 metros de largo por 400 de ancho, posee una serie de estructuras que incluyen patios hundidos, lo que hace suponer a los arqueólogos que se trataba de un lugar estrictamente ceremonial. En el sector norte, un conglomerado de cuartos organizados en hileras da cuenta de una zona doméstica.
El planeamiento general del sitio parece repetir en parte el modelo urbano propio de la ciudad Huari, ubicada en Ayacucho. Es muy interesante observar cómo en medio de la presencia de Tiahuanaco, Huari estableció un centro de importancia en este valle. De alguna manera, ambos grupos culturales compartieron el territorio.
Cerro Baúl se encuentra cubierto por una ciudadela en ruinas que data del 500 al 700 d.C. En el lugar se hallaron muestras de cerámica, tejidos vistosos, tocados de plumas y restos humanos momificados.
Dominio incaico
Las crónicas de Garcilaso de la Vega refieren que el lugar representó un baluarte defensivo, donde la población local enfrentó la invasión de las tropas incaicas. Los indígenas moqueguanos libraron una dura pero infructuosa resistencia frente a las tropas que lideraba Mayta Cápac, para dominar lo que sería más tarde el Contisuyo.
El Inca y su séquito militar acamparon entonces alrededor de la gran colina e hicieron un cerco con el propósito de impedirles a sus habitantes conseguir alimentos y bebidas. El aislamiento en que se encontraba la meseta comprobó una gran desventaja: los defensores se convirtieron en prisioneros.
El sitio duró dos meses, ya que las huestes incaicas tenían órdenes de no atacar a los naturales. Acosados por el hambre, muchos niños fueron dejados libres por sus padres para que buscaran alimentos. La respuesta de los quechuas fue brindarles a los menores víveres para sus progenitores.
Por fin, cuando los pobladores de la región confirmaron que no intentaban dañarlos, se rindieron y fueron tratados con gran afabilidad y muestras de amistad por el ejército imperial.
Esta política incaica de respetar costumbres, tradiciones e inclusive los ídolos de los pueblos invadidos fue una constante que convirtió el sometimiento en una verdadera convivencia pacífica.
HERMANN ZIMMERMANN

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