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La Cumbre de Monterrey
El presidente Alejandro Toledo se refirió, hace unos meses, a la necesidad de dar rostro humano al proceso de globalización combatiendo las abismales desigualdades que se han agravado en las pasadas décadas. Justamente éste es el tema de la cumbre que comentamos.
La cuestión de fondo, que fue tratada en la reunión de Monterrey, es la más importante que afronta el mundo contemporáneo: la profunda separación entre el sector rico y el pobre de la humanidad.
Este problema se inició en el siglo XV con la expansión europea que llevó a la conquista del continente americano, la apertura de rutas comerciales a la India y China y la esclavización de millones de africanos para explotarlos en América.
En el siglo XVIII la revolución industrial incrementó las ventajas económicas y militares de Europa occidental frente al resto del planeta. Así nació la diferencia entre el sector adelantado y el atrasado que, en la segunda mitad del siglo XX, gracias al afán de la burocracia internacional por los eufemismos, pasaron a denominarse desarrollado y en vías de desarrollo.
El progreso de la ciencia y la tecnología, concentrado en los países avanzados, se fue traduciendo de modo creciente en novedosas formas de crear riqueza, por lo cual la diferencia entre el mundo rico y el pobre fue aumentando.
Otro factor que contribuyó a este proceso fue el deterioro de los términos de intercambio. Las regiones menos avanzadas vendían materias primas cuyos precios eran fijados por los compradores, en cambio los vendedores establecían los precios de la tecnología y las manufacturas.
La globalización apareció con una nueva revolución tecnológica: comunicaciones instantáneas, biotecnología, cibernética. Una característica de este nuevo proceso es que consume muy pocos insumos naturales y suele requerir de un número pequeño de trabajadores para la producción de estos bienes.
Las materias primas, base de la riqueza de muchos países del sur poco desarrollados, pierden peso en la economía mundial. Pero en esta etapa histórica existen sistemas productivos baratos que pueden ser masificados en beneficio de los pobres y abren enormes posibilidades a pueblos que, como el peruano, poseen en su territorio una gran biodiversidad.
Los gobiernos del mundo precisan de un enfoque constructivo para superar asuntos graves, como la agobiante deuda externa, para ir generando una situación de equidad globalizada.
Las naciones avanzadas superaron las terribles desigualdades entre trabajadores y capitalistas mediante un pragmático reformismo. La humanidad urge de un cambio a escala global para impedir una catástrofe ecológica y un incremento de la violencia social en los más diversos países del planeta.

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