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 E D I T O R I A L

miércoles, 3 abril 2002 













Abogados
Resulta importante, en esta semana del abogado, hacer un alto y reflexionar acerca de una profesión ligada, en su esencia misma, al valor de la justicia.
La democracia política tiene como una de sus características centrales el denominado “gobierno de la ley”, es decir, la superación del poder arbitrario de quienes ejercen autoridad y su reemplazo por la subordinación de todos, gobernantes y gobernados, a normas emanadas de un poder revestido de legitimidad.
De aquí se deriva que el ejercicio del mando en una sociedad de las características que hemos reseñado presenta como aspecto central su limitación. Esto significa que la arbitrariedad derivada de la discrecionalidad en el mando ha desaparecido y es reemplazada por el control de la toma de decisiones.
En términos más concretos, esto supone el pleno respeto por la Constitución y los convenios internacionales de derechos humanos, cuya finalidad es impedir que las personas comunes y corrientes sean víctimas del uso arbitrario del poder.
Lo digno de resaltar en esta semana es que estas disposiciones fueron concebidas, defendidas y, más adelante, aplicadas por abogados. Son asimismo los profesionales del Derecho, mediante sus entidades representativas, quienes, en no pocas ocasiones, protegieron al pueblo de la arbitrariedad y se opusieron a los atropellos de los regímenes autoritarios.
Quizá por esta razón, como lo anotan importantes historiadores del fenecido siglo XX, los más conspicuos dictadores de aquel tiempo coincidían en profesar una fuerte antipatía hacia los profesionales del Derecho. Samuel Huntington señaló, en un estudio comparativo de los sistemas políticos de Estados Unidos y la otrora Unión Soviética, que un elemento que reforzaba la democracia norteamericana era el que su clase política estuviera compuesta mayoritariamente por abogados.
El Perú de hoy vive la difícil reconstrucción de nuestra democracia. En esta labor, los abogados deben jugar un papel significativo: en primer lugar, ayudando a que el peso de la ley caiga sobre los corruptos. Nada desmoralizaría más a la sociedad que la creencia de que esos procesados son impunes.
El riesgo permanente que se vive en el mundo del Derecho es anteponer la letra y la formalidad a la justicia, que constituye la razón de ser del Derecho. Evitar caer algún día en el “no es justo, pero es legal” debe constituir una preocupación, sobre todo cuando se juega el prestigio de la juridicidad en los dramáticos días que siguieron a la caída del fujimorato.


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