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 C U L T U R A L

martes, 9 abril 2002 


CIEN AÑOS DEL NACIMIENTO DEL POETA SEVILLANO


En el mundo de la poesía hispanoamericana, este es el año del centenario de Luis Cernuda Bidón, nacido el 21 de setiembre de 1902 en Sevilla (España). Fue muy frecuente presentar a Cernuda como portador de una expresión erótica con un alto grado estético. Sin embargo, como nos ilustra Álvaro Sarco en el siguiente artículo, en el poeta pervivió una suerte de sensibilidad romántica, entendida más bien como concepción trágica del hombre moderno.










Cernuda en los horizontes infinitos
Dentro de las constantes temáticas de su producción poética –la patria perdida, la naturaleza, la búsqueda de la libertad, el sentido del mundo, el amor o el erotismo, este último según Octavio Paz “al lado de su contrario complementario: la soledad”–, Luis Cernuda desarrolló una poesía de base romántica, pero libre de excesos patéticos, y, más bien, colmada de una invencible y melancólica orfandad. Un sentimiento, entonces, de raíz fáustica que percibió la belleza de lo “ansiado”, pero que a la vez constató la imposibilidad de alcanzar ese “anhelo”.
Cernuda, sea recurriendo a los metros tradicionales o al verso libre, planteó que el encuentro discrepante entre la realidad y el deseo no debía llevar al artista a tomar partido por una u otro, sino que, por el contrario, debía impelerlo a abismarse en el vértigo de tales corrientes opuestas. Esa, sin duda, sería una determinación trágica, pero que presupondría también energía y valor.

Cambios y continuidades
Dentro de aquel marco general de la sensibilidad poética de Cernuda, podemos observar un incesante proceso en su poesía. Al principio, el poeta parece absorto en la contemplación, ególatra y hedonista, de sus sentimientos y estados de ánimo, afincándose dentro de lo que ha venido a llamarse “poesía pura”, que no es otra cosa que una preeminencia de la imagen. De esa época son los poemarios Perfil del aire (1927) y Un río, un amor (1929). Después, sin embargo, su poesía va adquiriendo una dimensión cosmopolita y universal, que busca atenuar el pesimismo de sus primeros escritos, aunque no su melancolía. La referida etapa, cuando Cernuda empieza a consolidar su período de plenitud poética –que se concreta con el libro de poemas Las nubes (1940)–, significó un agravamiento de su desolación individual y colectiva (exilio de España, guerra civil e inminencia de la Segunda Guerra Mundial). Es perceptible en su producción de ese período la influencia de la tradición poética alemana y, sobre todo, la inglesa –alejándose de sus primeras lecturas de la poesía clásica española (Garcilaso y Góngora) y los surrealistas franceses (Reverdy, por ejemplo)–.
Cernuda, en su texto Palabras antes de una lectura (1935), citó al filósofo alemán Johann Fichte para ilustrar el origen de su poesía, y la secreta fuente de donde surgiría la poesía en general: la pretensión humana de vislumbrar, de desentrañar la idea divina del mundo que yace al fondo de la apariencia. Esa actividad poética, entonces, permitiría atrapar, de una forma ciertamente transitoria, retazos y fragmentos de aquella idea divina.
Lo divino para Fichte y, comúnmente, para la línea poética más relevante del romanticismo alemán –Hölderlin, Novalis, Kleist–, es aquello que no puede ser alcanzado por un exclusivo esfuerzo de tipo racional. Así, la poesía transcurre por una oscura vía –de ahí su eminencia y también su vulnerabilidad–, determinada por lo misterioso de la meta. Esa era, pues, la poética romántica, y es sabido cuánto, desde aproximadamente la mitad del siglo XIX, se escribió en contra de ella. Cernuda la reivindicó en términos casi absolutos y apasionados. Pero en él, más allá del romanticismo histórico, pervivió una especie de sensibilidad romántica, entendida más bien como concepción trágica del hombre moderno.

Otras influencias
La línea lírica anglosajona, a la que se adscribió el poeta sevillano, se había iniciado con los poetas metafísicos del siglo XVII (Donne, Herbert, Crashaw, Marvell, Vaughan y Traherne), y de alguna manera continuó hasta el siglo XX, con autores como Yeats y T.S. Eliot. Este último –poeta estadounidense anclado en la poética inglesa– fue quien mayor influencia ejerció en Cernuda. Ambos, inmersos en un ambiente en el que parecía aproximarse la desintegración de Occidente, sintieron la necesidad de ampararse en una tradición, como una forma lenta y tangencial de reconquistar la herencia y la esencia de “ser europeo”. Forma de “ser” que había empezado ya su disolución por la crisis de la civilización industrial y moderna antes referida, y que Cernuda trató de rescatar al volver a las fuentes.
De este modo, Cernuda –por intermedio de su poesía– prometió esa redención, aunque cierta íntima desesperanza insinuara paralelamente en esos mismos versos la imposibilidad de esa salvación, dadas las circunstancias históricas de la época. En todo caso, desde ese entonces, empieza a perfilarse la figura de Cernuda como la de un poeta que escribe desde una sensibilidad europea, en oposición a otros poetas españoles, como Lorca, que realizaban sus creaciones a partir de estímulos inherentes a su propia lengua.
Respecto a la elaboración de su poesía, T. S. Eliot le permitió a Cernuda, además, esclarecer o entender mejor su propio mundo, y a estructurar sus poemas de madurez (aunque la aplicación del llamado monólogo dramático lo tomara Cernuda más de Browning y de Pound, como certeramente apuntara Octavio Paz). Por si eso fuera poco, la tradición anglosajona posibilitó que Cernuda reemplazara su anterior musicalidad, refinada, de corte garcilasiano, por un ritmo menos polifónico, y también que dimitiera a toda ornamentación en favor del concepto.
Cernuda reunió su poesía en ese vasto proyecto llamado La realidad y el deseo. Al revisar sus páginas, notamos que los diversos discursos que ensayó Cernuda a lo largo del tiempo están unidos por la inserción –visible o velada– de su propia biografía. Desde ésta le imprimió a su obra una dimensión ética que iluminó esa especie de meditación, intensa y crítica, acerca de la vida que fue su poesía en la madurez, y que, como observó Paz en su ensayo La palabra edificante “...es uno de los testimonios más impresionantes de esta situación verdaderamente única del hombre moderno: estamos condenados a una soledad promiscua y nuestra prisión es tan grande como el planeta”.

Álvaro Sarco


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