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Prejuicios contra la privatización
EL marxismo sentó como dogma que la propiedad de los medios de producción era lo que marcaba la relación entre las clases y definía la estructura social. Estaban frente a frente la burguesía explotadora, propietaria de los medios, y el proletariado revolucionario que, como su nombre lo indica, sólo tenía a su prole.
La revolución pasaba por expropiarle a los burgueses los medios de producción, lo cual generaría en la medida en que se transformaba la propiedad el cambio social y el surgimiento de un hombre nuevo no alienado, una sociedad sin clases y la extinción del Estado.
En ese sentido, privatizar para quienes así piensan es un retroceso, en tanto que le entrega poder a una supuesta burguesía al hacerla propietaria. En síntesis, lo ven, desde su deformado prisma ideológico, como una aberración que va en contra de la historia.
El principio del que parte el marxismo es que el capitalismo es rígido y que entra en crisis cíclicas víctima de sus contradicciones internas. Mientras tanto, la dictadura del proletariado es la encargada de preparar la transición hacia el nuevo orden comunista.
Este esquema, que sintetizamos en sus partes esenciales, nunca se cumplió. En primer lugar, el capitalismo demostró ser lo suficientemente flexible y poseer una gran capacidad de adaptación. Pero lo realmente importante son los resultados históricos que produjo su aplicación: una dictadura implacable sobre el proletariado, capitalismo de Estado y aparición de una nueva clase social burocrática.
En el Perú, donde existe una antigua corriente socialdemócrata y una fuerte presencia de la izquierda marxista, padecimos, con el consiguiente retroceso, administraciones populistas y estatistas. El velasquismo, por la raíz marxista de los asesores, creyó que revolución era nacionalizar todo, expandir el Estado y colectivizar. Los regímenes populistas que siguieron, con variantes, partieron de la misma concepción y creían que existen empresas estratégicas que deben estar en el sector público. Las consecuencias las conocemos.
Hoy es un axioma fruto de la experiencia histórica que el capitalismo es el que mejor puede asegurar un sistema democrático. La libertad política está directamente relacionada con la libertad económica, la que por supuesto no es absoluta, y la promoción de la iniciativa privada.
El valor ahora se genera por la innovación y la productividad. Las teorías económicas de los siglos XIX y XX, que enfatizaban en el capital, la tierra y el trabajo como fundamentos de valor y factores centrales de producción, han sido superadas por el conocimiento que se ha convertido en el recurso económico o medio de producción básico.
Sin embargo, todavía quedan rezagos de los viejos dogmas y políticas arcaicas en las campañas contra las privatizaciones, sin excluir una dosis de demagogia electorera. Tanto de los sectores de izquierda como de los aferrados aún a viejos esquemas populistas.
No se trata de privatizar como consecuencia de otro dogma, el del fundamentalismo neoliberal, sino de privatizar porque se sabe que es un instrumento muy eficaz que permite, a través del capital privado, modernizar y expandir servicios esenciales para las regiones como es el caso de la electricidad. Además es fundamental para generar recursos departamentales, ya que por mandato de ley se queda en la zona el 50% de los ingresos para el desarrollo de obras y proyectos.
En el caso de las poblaciones no es tanto un prejuicio ideológico, sino un temor a que las privatizaciones generen alzas de tarifas y desempleo, fruto de la experiencia vivida durante la dictadura. Por eso, es necesario hacer una labor de esclarecimiento e impulsar un vigoroso proceso de apertura a la inversión privada.

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