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sábado, 4 mayo 2002 

La escritura como antídoto ENGAÑOSO contra el olvido

Para el autor del siguiente artículo, la escritura es
un fallido intento por eternizar aquello destinado a ser devorado por el olvido. Según Rubén Darío, el libro está hecho a imagen y semejanza del hombre: “El libro tiene vida;
el libro es un ser”.


El libro y la escritura  
El libro no esconde ni mezquina las verdades que contiene. No es más propicio o menos favorable para un lector u otro. No cambia con el paso del tiempo ni las horas intempestivas. Se entrega a todos con la humildad de alguien que no se vale de sí mismo, que requiere del lector para dotar a su existencia de sentido. No se queja ni exige. No demora en darnos sus confesiones, además de ser generoso por soportar nuestra indiferencia, nuestro poco cuidado y, a veces, nuestra sinrazón.

Los amores del libro
Para cultivar los amores del libro bastan el oído y el roce de unos dedos. La vista también. Pero hasta el ciego puede beneficiarse con su tesoro. El libro se va muriendo al final de cada lectura para volver a renacer a los ojos de otro lector. Es una forma de vivir plenamente hasta consumarse
El libro enferma de la intolerancia de los lectores que lo vuelven un objeto de decoración, así como del manoseo deshonroso de un lector desaprensivo, que no sintoniza con la pasión del texto escrito. Que le da la espalda al saber cultivado en el libro y sólo celebra el encuadernamiento, su valor instrumental. Convertido en otra mercancía, el valor económico del libro disiente de su valor real. Acaso por ello, tal vez, en la actualidad, “es más fácil quedarse con un libro que con su contenido”.
Abraham Valdelomar, con el título Con la argelina al viento, recopiló varios artículos aparecidos en El Diario. Uno titulado “La biblioteca de la escuela” dice así: “Los libros son los emisarios de todos los tiempos y de todas las razas. La biblioteca es un congreso mudo de condenados ilustres en el que se pintan los autores para siempre”. En esta composición Valdelomar describe la biblioteca de su escuela como un santuario militar, donde casi todos los libros son guerreros y donde triunfa como en Lepanto don Miguel de Cervantes.
“Emisario de todos los tiempos y de todas las razas” no hay mejor descripción para el libro. Voltaire decía que el mundo civilizado se gobierna por unos cuantos libros: la Biblia, el Corán, los Vedas, las obras de Confucio y Zoroastro y otros relativos a la medicina y al derecho. Por su parte, Manuel González Prada en sus Nuevas pájinas libres cita a Goethe: “Para saber algo es preciso saberlo todo”. Pero ¿saberlo todo es leerlo todo?
El propio González Prada tenía sus reservas. Ante la cuestión de si todos los autores y todos los pueblos encierran algo memorable en los escritos conservados para la historia, el orador brillante del Politeama replica: “Todos estos pueblos locuaces, pueblos en que la imbecilidad verbosa sirve de síntoma característico, deben aprender de la naturaleza que mueve mundos y transforma continentes haciendo menos ruido que un orador de parlamento sudamericano”.
Siempre habrá que juzgar como una vanidad reprochable lo que Alejandro de Macedonia y Ahmed-ben-Alí-Cumi hicieron. Construir, respectivamente, una preciosa caja para guardar la Ilíada y el Mihrab de Córdoba, para conservar como en su estuche el Alcorán, que había pertenecido al califa Omar. Lo más valioso del libro es su mensaje. Alcorán quiere decir “La Lectura”. Aquella que ni la mejor mezquita podrá asimilar o perpetuar si no es en la mente y el corazón de quien realiza su significado. Quien la lee.
Plinio el Joven nos dejó una sentencia aún comentada: No hay libro tan malo que no tenga algo que enseñarnos. Pero ¿cuál es ese libro, no el menos malo, sino el mejor? Valdelomar pensaba que a veces uno tiene la sensación de que el libro que lee; en realidad, lo lee a uno mismo. ¿Cuál libro es ese que tiene el poder de producir en cualquier mortal tal sensación de reflejarse en sus páginas? Ante esta incógnita no queda otra cosa que volver al verso de Darío: “El libro está hecho a imagen y semejanza del hombre”.

La escritura y el olvido
La escritura es un fallido intento de eternizar por medio de las letras lo que de otra manera caería preso del olvido. Como una revuelta contra el más cruel de los vástagos del tiempo, el hombre cree haber encontrado en las letras un antídoto contra el olvido. Pero se engaña en su inocente gesta, pues las palabras escritas son un simple recordatorio de aquellas cosas sobre las que versa la escritura. El lenguaje escrito, por sí mismo, es mudo testigo de una idea que le dio vida y que yace sepultada bajo la tinta, amortajada por el papel.
Para que retorne el alma de lo escrito a la presencia del lector requiere de que éste la invoque. Que desde fuera de la escritura la haga inteligible, haciendo hablar a las palabras, forzándolas a dar razón de sí mismas. La escritura es como el cuerpo inerte que sólo por un tiempo conserva aquello que alienta a la phone. Mientras la conserva, tiene vida. Las palabras dicen algo y no son silenciosas esfinges que condenan a los mortales con su misterio, como lo hacen los jeroglíficos que adornan las paredes interiores de las pirámides.
El lector es una especie de hierofante, pues exorciza las letras, hurga en la escritura el conocimiento indeleble que le prodigó su autor. El libro deviene en sarcófago donde el dios del saber espera ser revelado, compartido y asimilado. Para el lector, el conocimiento, que sopla entre las páginas de cualquier escrito, es su bien mayor, su musa liberadora. El ángel que lo guarda del oscurantismo, la barbarie y ese poder malsano llamado ignorancia. Aunque lo deseable sería no entregar a ese dios, epígono de Prometeo (el inventor de la escritura), al desierto de las páginas, donde, paradójicamente, casi siempre termina olvidado.
Más bien habría que colocarlo en un santuario más digno. Donde no sea un simple fetiche ni un objeto de culto, sino un dios vivo. Que ofrece su mensaje ininterrumpidamente. Y ese lugar sagrado no puede ser otro que el alma de quien tiene disposición de aprender. Sólo así la lectura se convierte en un peregrinaje hacia el fondo de lo que somos, tras la pista de las páginas que se abren, a plena luz del día, recapitulando y quitándole levedad a nuestra vida.
“Conócete a ti mismo”, tal era el exordio que hacía Sócrates a los atenienses. Mandato que los griegos conocían como uno de los viejos preceptos inscritos en las paredes del templo de Apolo, dios del conocimiento, en Delfos. Los griegos rememoraban ese mandato con una mezcla de fiesta del pensamiento y misterios eleusinos.
Sin embargo, ya en los tiempos de Sócrates el conocimiento de sí mismo fue desdeñado. Ya no se conmemoraba la verdad del dios ausente, pues importaban más los dioses de mármol, aquellos que sólo viven en la presencia de algunos monumentos que empiezan a tomar el olor a reliquia. Por ello, a pesar de que una de sus islas, Delos, significa lo “manifiesto, lo que emite luz” los griegos coetáneos de Sócrates serán arrastrados por el lenguaje convincente, la retórica vana, adicta al poder, proclive a las sombras del error.
Imperdonable debilidad, sellada con la muerte de aquel que nunca escribió nada, porque aseguraba no tener nada digno que comunicar. Como lo dijera Nietzsche: “Uno ya no ama su conocimiento tan pronto como lo ha comunicado”.
Únicamente en diálogo consigo mismo, en posesión de la idea (eidos) que aflora y se esconde como una raíz bajo las páginas de todo escrito, cada cual aprende más de sí mismo. Encuentra la misma ciencia, que se asienta en el pasado, en la memoria de los pueblos como un discurso que va circulando de boca en boca, y que de oídas se aprende. La historia no es más que una apropiación de la memoria, un repaso de remembranzas.
Consciente de la inevitabilidad del olvido, de la precariedad de la memoria, el ser humano inventó las letras en un esfuerzo desmesurado por escapar a la fugacidad del tiempo. Temió sucumbir por el paso de los años en el ostracismo para el que la historia no tiene memoria. La escritura es un baluarte de la memoria, pero delata que el hombre perdió la confianza en el tiempo. Ya no lo ve encaminado como un eterno regreso al inicio de los tiempos. Lo presiente, más bien, desbocado. Como un alejamiento irreversible que acabará por doblegar la memoria del pasado bajo la tiranía del instante, de la agonizante temporalidad. 








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