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 O P I N I O N

sábado, 4 mayo 2002 

Manuel Tarazona E.
Periodista












Periodismo y política
Desde los días de la liberal La Abeja Republicana y aun desde las páginas del antiguo Mercurio Peruano, en que se estrenó el vocablo patria para hacer referencia al Perú, el periodismo ha estado, digamos a la manera de Mariátegui, inficionado de política; pero la mayoría de las veces infestado de politiquería. Por ello, cíclicamente, los partidarios de hoy fueron los opositores del pasado. Y, asimismo, los turiferarios de estos días mañana serán proditores.
La crítica y el aplauso independientes han sido y son muy difíciles, pues los intereses personales, de facción, se anteponen, siempre, al bien común y la solidaridad.
Digamos que la historia se repite sin que la experiencia se afinque en la razón de periodistas ni de políticos.
Y aunque ya está claro que transitan por senderos diferentes (la libertad de expresión y el uso servil y rentado de cierto periodismo que sirve al crimen en todas sus formas), vale la pena insistir para prevenir a los jóvenes que pronto irán a la obra mientras los viejos se acercan a la tumba. En verdad se trata de dignidad y miseria.
Todos los días de la semana, pero especialmente los domingos, la televisión nos muestra la miseria humana en todas sus formas. Pareciera que existiera un pacto secreto para competir en truculencia e inmoralidad. Y no vamos a hacer excepción ni decir que hay que separar la paja del trigo. No. Los domingos los programas llamados políticos producen, sin exagerar, náusea física. Y ello porque sus protagonistas, sin excepción, han estado al servicio de los mandatarios de turno o se han opuesto a rajatabla a alguno de ellos. Ninguno puede exhibir el blasón de haber juzgado y aplaudido, vituperado o ensalzado independientemente, es decir, por iniciativa propia. ¡Los que hoy pregonan trasnochada objetividad por el “interés nacional” son los mismos que ayer mintieron y calumniaron y silenciaron casos y personas!
Tal vez pocos recuerden a uno de los antiguos dueños de canal 4 conduciendo, por la década de 1980, el vehículo que transportaba al candidato de Acción Popular, el arquitecto Fernando Belaunde. La pregunta es: ¿alguien, sin candidez, podía creer que ese canal, sus programas periodísticos y políticos podían tener independencia si el dueño había tomado partido?
Otro ejemplo es el de uno de los hermanos de la famosa familia de brodcaster dueños de canal 5 que era asesor del Presidente de la República en los 85. La pregunta es: ¿podía tener la independencia suficiente para fomentar la modernización del canal estatal? O, por el contrario, pongamos el caso, anteponiendo sus intereses ¿le era más tentador y fácil no sólo torpedear sino también impedir donaciones de gobiernos extranjeros para la televisora estatal?
¿Alguien puede pensar que El Comercio es objetivo e imparcial cuando informa sobre el Apra y sus partidarios después de haber hecho del antiaprismo profesión de fe?
Y recientemente los canales 2, 4, 5, 9 podían oponerse (es más: ¿acaso se opusieron?) a la dictadura de Fujimori y denunciar sus crímenes si se repartían la más grande torta publicitaria de que se tenga idea en la historia republicana. ¿Sus periodistas podían ejercer alguna crítica si, desde la década de 1960, se les reclutaba para la burocracia estatal con el único fin de silenciarlos?
Tal vez sería profiláctico publicar, algún día, los cargos que infinidad de periodistas, destacados y de renombre, tenían en la administración pública, única y exclusivamente porque habían llegado a puestos claves, con poder de decisión, en los medios periodísticos.
Esta, señoras y señores, es la realidad, nuestra realidad. No sólo son culpables los dueños y sus canales y por ello deben ser sancionados ejemplarmente, sino también los periodistas que, con el pretexto de ponerse la camiseta, se portaron como rabonas en tiempo de guerra.
¿Hemos olvidado acaso la figura de un periodista, hoy congresista, que como reportero y director de un programa de televisión no vaciló en uniformarse de verde para saltar, rampar y gritar como los militares que, con el pretexto de combatir a los subversivos o recuperar el territorio nacional invadido, lo que hacían, en verdad, era construir otra imagen del Presidente corrompido y sus socios: el general victorioso, ahora derrotado y preso, y su asesor, el ideólogo de los mil negociados?
¿Por qué el congresista Javier Diez Canseco, antes de jubilarse y en vez de sólo parlar amenazante con su antiguo tono de vanguardista y revolucionario sobre cualquier tema, no publica de una vez por todas la lista de los periodistas que fueron cómplices de la dictadura, pues recibían coimas o extorsionaban?
¿Con qué fin hizo el anuncio de la investigación y luego ha olvidado el asunto? ¿Acaso el Colegio de Periodistas no está en la obligación moral de exigir la publicación de la lista? Porque son muchos los que dicen que hay un proceso de “negociación” en marcha. Y que sólo van a pagar los platos rotos anónimos periodistas de provincias. Porque el mundo da vueltas. Porque los partidarios de hoy fueron los opositores del pasado. Y, asimismo, los turiferarios de estos días mañana serán proditores.
Y porque el periodismo no sólo está inficionado de politiquería, sino también de miseria y más. 





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