Necesarias metas de planificación
vÍctor valdez melÉndez Congresista de la RepÙblica (GPDI)
Es realmente fundamental para el futuro del país la creación de un “Centro Nacional de Planificación Estratégica”, que tenga a su cargo la elaboración de todo lo referido a metas y objetivos de crecimiento y desarrollo en el inmediato, mediato y largo plazo.
El principal problema que tiene el Perú, en cuanto respecta a su desarrollo, es no haber tenido nunca un plan que oriente el desarrollo nacional, donde el pueblo peruano haya plasmado las metas y los objetivos que, como sociedad y Nación, requiere y desea. Esa omisión es el gran error histórico peruano y es, en último análisis, la razón de nuestra pobreza, toda vez que los gobiernos de turno sólo atinaron a dirigir los destinos patrios acorde con su mejor ver y entender, pero nunca sobre la base de una guía o un carril que le lleve a objetivos claros, meditados y planificados. Esta institución, en consecuencia, debió nacer al nacer la República, esto en 1822.
Todo esto, a la vez, nos lleva a otra reflexión concluyente: mientras el Perú no planifique su desarrollo, mientras la Patria nuestra no cuente con una institución que se dedique exclusiva y excluyentemente a elaborar el plan de desarrollo integral para el país, jamás creceremos ni nos desarrollaremos, pues, no basta que los partidos o grupos políticos que llegan o lleguen a la administración del Estado cuenten con un plan de gobierno; en la práctica hemos visto que eso no tiene determinante relevancia para el desarrollo del país. Lo fundamental es tener una política de Estado, sector por sector, plasmada en un plan nacional de desarrollo, y que todos los partidos políticos que aspiran el poder adecuen su plan de gobierno al plan de desarrollo nacional.
Los países con economías emergentes han demostrado que la planificación estratégica se ha constituido en el instrumento principal de desarrollo y modernización, con mayor razón si ésta se enmarca en políticas de descentralización y participación de los sectores técnicos, científicos, productivos, industriales, agroindustriales y los demás que importan al país.
La finalidad de mi iniciativa legislativa N° 04470, que sustenta la creación del consejo nacional de planificación, es responder a las exigencias de nuestro desarrollo nacional, a través de un instrumento de planificación estratégica, constituido en un sistema que se proyecte más allá de un simple organismo encargado de la planificación.
El proyecto de ley para crear el centro de planificación estratégica se encuentra en el Congreso desde hace muchos meses y su aprobación está suspendida por razones que nadie entiende. Se afirma que el núcleo opositor provendría del PAP –a pesar de ser un partido que apoya la planificación–.
Urge que en esta legislatura, la Representación nacional dé luz verde a este proyecto. No puede continuar la actual desidia: un país que no planifica es un país a la deriva.
Juan Pablo peregrino
Carmen Meza Ingar / Abogada
KAROL Wojtyla, Juan Pablo II, conocido como el “Papa peregrino”, llegó a la Santa Sede el 16 de octubre de 1978, después de que partió a la eternidad Juan Pablo I, el “Papa de la sonrisa”, Sumo Pontífice al que no aprendimos a querer porque sólo estuvo 33 días en la cátedra de Pedro.
Conocí a Juan Pablo II en 1976, con ocasión del Congreso Eucarístico de Filadelfia, cuando era cardenal de Cracovia y legado pontificio, enviado de Su Santidad Pablo VI a dicho congreso internacional. Hablaba castellano y se dirigió especialmente a los hispanohablantes del coloso del Norte, muchos de ellos postergados en sus derechos elementales. Su homilía trataba sobre espiritualidad y materialismo. El entonces legado pontificio explicó en forma jovial y con juego de palabras: “No puede quedarle a un caballero el traje de un caballo, como no puede quedarle a un caballo el traje de un caballero.” Evidentemente, los congresales observaron la mayor atención a la magistral lección.
Como decía, sucedió al cardenal Luciani y nos sorprendió con documentos pontificios que abrían camino al tercer milenio de la cristiandad: Laborem Excersens, sobre el trabajo humano, en conmemoración de Rerum Novarum, 90 años atrás, nos colocaba en 1981 en el centro de las preocupaciones sociales en un mundo con hambre y sin trabajo.
Resulta evidente que “trabajo” significa todo tipo de acción realizada por el hombre, independientemente de sus características y circunstancias. Es toda actividad humana que se puede o se debe reconocer como trabajo entre los múltiples quehaceres de los que el hombre y la mujer son capaces y a los que están predispuestos por la naturaleza misma.
La encíclica insiste en decir que trabajo es uno de los aspectos fundamentales que siempre es actual y exige un renovado testimonio. Sobre todo porque surgen siempre nuevos interrogantes y problemas, nacen esperanzas, pero también aparecen temores y amenazas relacionados con esta dimensión de la existencia humana.
Como signo de contradicción, vivimos tantos adelantos en el campo de la tecnología y ese progreso nos presenta la necesidad de una reorganización y revisión de la estructura de la economía.
En 1991, a los cien años de la gran encíclica sobre la cuestión social, de León XIII, Su Santidad Juan Pablo II quiso rendir un homenaje con su encíclica Centessimus Annus, brindándonos lecciones de nuestra realidad social y denunciando el “capitalismo salvaje” en defensa de las grandes mayorías que sufren las consecuencias del neoliberalismo.
Dedicó una encíclica a la defensa de la vida y otra, tan lúcida como las anteriores, a las puertas de un nuevo siglo, referida al futuro: Tertio Millennio Adveniente, en que nos introdujo a la esencia del cristianismo: “Cristo es el mismo ayer, hoy... siempre.” |