En el Perú, en el año 2004, más de dos millones de niños menores de cinco años eran pobres. La incidencia de la pobreza en la primera infancia es mucho mayor en las zonas rurales que en las urbanas. En los departamentos de Amazonas, Huánuco, Huancavelica, Apurímac y Puno, el porcentaje de los niños en la edad antes mencionada que viven en la pobreza supera el 87% de la población total. Por otro lado, 25% de los niños de la misma edad tiene desnutrición crónica (ENDES 2001). Asimismo, diversos estudios muestran impactos severos de la anemia sobre el desarrollo cognitivo de los niños y debilitamiento en el sistema inmunológico, con aumento de los riesgos de enfermedades, causando incluso el 50% de la muerte de niños menores de cinco años en el país. Muchos de los efectos de la desnutrición crónica que sufren los niños menores de dos años son irreversibles y las secuelas son evidentes en su futura y deficiente vida escolar.
Es cierto que la desnutrición y la pobreza son problemas que están relacionados, pero no hacen una sociedad indivisible. Las estadísticas revelan que la mayor parte de niños menores de cinco años con desnutrición crónica se registra en aquellas familias cuyas madres carecen de algún nivel educativo (50.5%), en segundo lugar en aquellas que sólo llegaron al nivel educativo primario (37.1%) y 12.8% en aquellas que llegaron al nivel secundario. De igual forma, se registra una mayor tasa de desnutrición crónica en aquellas familias cuyas madres tienen más de 5 hijos (42.6%), frente a las que tienen entre dos y cuatro (22.9%) y en menor escala en aquellas que sólo cuentan con un hijo (13.2%). Es decir, se evidencia que la tasa de desnutrición infantil se produce en mayor grado en aquellas familias cuya madre carece de un nivel educativo apropiado y no necesariamente en virtud de su estado de pobreza. Por ello nos preguntamos: ¿es la desnutrición un resultado directo de la pobreza o de la falta de conocimiento?
Ante estos problemas de desnutrición, resulta prioritario incorporar o priorizar programas sociales a escala nacional que busquen “capacitar” en primer lugar a las madres, y que se les permita con ello generar cambios de hábitos en la alimentación y además, preocuparse de la salud de sus vástagos. De esta manera, se podría revertir estos dramáticos déficit nutricionales que padecen los niños en la actualidad, que limitan y dañan anticipadamente el desarrollo cognitivo y, por ende, el futuro de los habitantes de nuestro país.
Presidenta de Asociación Educativa AVIA
Ernesto Toledo Brückmann. Periodista
Setiembre y el fin de los Somoza
Nada hacía presagiar que en aquella fiesta del 21 de setiembre de 1956, un desconocido poeta llamado Rigoberto López Pérez mataría de cuatro balazos a nada menos que Anastasio Somoza García, el dueño de Nicaragua, acumulador de riqueza durante sus 20 años de mandato, represor en potencia, asesino de opositores y amigo de Manuel A. Odría. Más de un nicaragüense recuerda el avión que lo transportaba moribundo al hospital de la zona norteamericana del canal de Panamá, para luego ser enterrado en Nicaragua, con honores de príncipe de la Iglesia. Definitivamente, setiembre es el mes fatídico para una dinastía de dictadores. Cuatro días antes, en 1980, su hijo Anastasio muere en la inextraditable Paraguay de Alfredo Stroessner, víctima de un atentado perpetrado por guerrilleros argentinos. Los Somoza tuvieron un previo periplo por Miami, a donde toda su familia huyó tras el triunfo del Ejército Sandinista en 1979.
Anastasio –mejor conocido como “Tachito”– había gobernado entre 1967 y 1972, y entre 1974 y 1979. En calidad de jefe de la Guardia Nacional, nombrado por su padre tras educarse militarmente en Estados Unidos, mantuvo el poder efectivo durante el período intermedio. Su interés por seguir en el poder le quitó el apoyo de sectores antes aliados, como la oligarquía, Estados Unidos y la Iglesia católica. A finales de los años setenta, grupos que defendían los derechos humanos denunciaban las violaciones de éstos; de setiembre de 1978 hasta su derrocamiento, él y su hijo Anastasio Somoza Portocarrero provocaron una guerra civil, ordenando el asesinato de civiles y bombardeando ciudades con artillería y aviones. Su hermano Luis había gobernado de 1956 a 1967; después del asesinato de su padre hereda la fortuna más grande de Centroamérica y el presidente Eisenhower lo felicita desde Washington. A decir verdad, Anastasio accedió al poder tras la muerte de Luis, con lo que la dictadura somocista cumplía 43 años.
La familia Somoza lucró con la mayor parte de la ayuda internacional ofrecida luego del terremoto que destruyó Managua y mató a más de diez mil nicaragüenses. Con el liderazgo de padre e hijos, la Guardia Nacional asesinó a 50 mil ciudadanos. En la década de los ochenta las propiedades de la familia Somoza, que sobrepasaban los 150 millones de dólares, fueron confiscadas y entregadas al Estado; de la familia en Nicaragua ya no queda nada, ni siquiera la estatua de bronce del patriarca “Tacho” en pleno galope. Ni una sola flor a sus tumbas, sólo el recuerdo de que setiembre fue el final de una dinastía.
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