Chaccu: rodeo en los Andes

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Como en el tiempo de los incas, este año se revivió la milenaria práctica del Chaccu. La Reserva Nacional de Pampa Galeras, en Ayacucho, fue el escenario donde integrantes de las comunidades campesinas cercanas a este paraje andino ratificaron el ancestral vínculo con la vicuña, grácil auquénido que representa una fuente de ingresos para esas familias que dedican su tiempo y esfuerzo en evitar la depredación de esta valiosa especie.


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Desde lo alto del cerro Illataca decenas de personas distinguen 400 puntos que se pierden entre el ichu, la infinita geografía del Ande y las mil 200 vicuñas que son cercadas durante el tradicional Chaccu en la Reserva Nacional de Pampa Galeras, Ayacucho.
Poco a poco, esos puntos adquieren formas definidas: son campesinos de las doce comunidades que rodean esta reserva nacional ayacuchana, quienes gritan incansables la palabra que ha dado nombre a esta tradición indígena: “chaccu, chaccu, chaccu...”.
Cada uno contribuyó a extender la enorme cuerda de mil 500 metros adornada con flecos multicolores de 50 centímetros de largo que ondean con el viento penetrante y frío, propio de estas alturas.
Aquellos flecos vistos a través de los ojos de los asustadizos camélidos andinos deben semejar enrejados movedizos que impiden ver la puerta de escape.
A lo lejos, el espectador observa que cada comunero está bastante separado de su compañero, pero a medida que avanzan las distancias entre uno y otro se acortan.
“No sólo hubo comuneros, también participaron universitarios y toda persona que deseó estar presente en esta difícil tarea, si tomamos en cuenta que recorrieron más de tres kilómetros a cuatro mil 200 metros sobre el nivel del mar”, detalla Héctor Galván Santamaría, jefe de la Reserva Nacional de Pampa Galeras.
Cerco “vivo”. Desde el mirador Illataca, y con la ayuda de potentes binoculares, fue posible apreciar el gigantesco cerco “vivo” tendido en este inmenso mar de ichus dorados.
Allí, expectantes, estuvieron turistas nacionales, extranjeros y los pobladores, quienes esperaban el resultado de la captura.
El hato corrió en forma desordenada de un lado a otro en busca de un claro por el cual huir y, al no encontrarlo, arremetió contra el cerco, retrocedió y volvió a arremeter con interminable frecuencia.
Finalmente, la manada llegó a El Embudo, donde lo único que pudo hacer fue correr en círculos. Estaba encerrada. Se cortó el acceso con una red y la captura terminó.
El hombre rememoró de esta manera una práctica incaica que lo enfrenta con la infinita geografía del Ande y con un estilizado y grácil animal.
Nadie presente aquí puede saber, al final de las escenas descritas, qué es lo más valioso, si la fibra de vicuña o la hermosa carrera de los camélidos.
Son las 14.30 horas del 24 de junio en Pampa Galeras. Cientos de personas viajaron especialmente para contemplar un espectáculo que sólo se repetirá el próximo año.
Otros, en cambio, tuvieron la suerte de ser detenidos en su viaje abordo de los ómnibus interprovinciales, camiones y vehículos que transitaban por la carretera que cruza la reserva, minutos antes del inicio del Chaccu. Los privilegiados avanzaron en forma lenta, conforme lo hacía el enorme cerco humano.
“Es un espectáculo que repiten las 120 comunidades campesinas en todo Ayacucho y las más de 700 en el territorio nacional; acaso no con el mismo despliegue periodístico, pero sí con el mismo respeto a la tradición”, asegura Galván Santamaría.



PRACTICA MILENARIA

Chaccu significa “atajar”.

En el Perú existen 132 mil vicuñas y en toda la Reserva de Pampa Galeras suman 15 mil.

En el Sétimo Festival Internacional de la Vicuña y el Octavo Chaccu Nacional realizados del 22 al 24 de junio alrededor de 350 auquén idos fueron esquilados.

Esta edición del Chaccu fue organizada por el Consejo Nacional de Camélidos Sudamericanos (Conacs) y el Instituto Nacional de Recursos Naturales (Inrena).

El año pasado, más de dos mil auquénidos fueron capturados y sólo se aprovechó el pelaje de 400 porque se respeta la edad y el tamaño de su pelambre, que debe sobrepasar los dos centímetros antes de ser cortado.

El año pasado se juntaron 80 kilogramos de fibra “precerdeada” (con impurezas).

Cada kilogramo de fibra cerdeada (limpia de impurezas) tiene un valor de 308 dólares.

Una parte del dinero recaudado con la venta de la fibra obtenida durante el Chaccu sirve para mejorar las condiciones de vida de las comunidades campesinas y otra para el mantenimiento del campamento base donde permanecen los cuidaparques de la Reserva Nacional de Pampa Galeras.

Cada animal puede ser esquilado hasta cinco veces durante su vida.

Cada camélido proporciona 200 gramos de fibra.

Después de esquilarlos se les coloca un anillo en la oreja y luego los auquénidos son liberados.

Ningún turista o poblador puede hallarse en la pampa mientras se realiza el Chaccu. Todos permanecen en las partes altas, porque los animales se encuentran demasiado asustados con los gritos de quienes están tras ellos.

Debido a la caza furtiva, la época más difícil para las vicuñas fue durante los últimos años de la década del 80 y en el período comprendido de 1990 a 1993.

Aunque se ha prohibido su venta, cada vicuña está valorizada en mil dólares en el mercado negro local y 10 mil dólares en el extranjero.

Las vicuñas son gregarias. Un macho se rodea de cuatro a cinco hembras y las domina. En el Chaccu este liderazgo se pierde.

Existen tres clasificaciones para las vicuñas: cría, juvenil y adulta, a las cuales se esquila.


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La entrada del inca

Las 15.00 horas: entran en El Embudo el Inca y la colla, en sus respectivas literas, seguidos de cuatro ñustas y de soldados, representados por estudiantes de Lucanas.
Ellos iniciarán, junto a los camélidos, la ceremonia de la reproducción, llamada en estas tierras “casacuy”.
“El ritual de la fertilidad se efectúa todos los años, pero en esta ocasión decidimos representarlo como se hacía78z118 en el incanato”, explica Héctor Galván Santamaría, jefe de la Reserva Nacional de Pampa Galeras.
Los auquénidos fueron colocados sobre el estrado ceremonial, donde se les cortó la oreja. La sangre que manó fue mezclada con una bebida alcohólica; acto seguido, todos los presentes fueron untados en el rostro con este líquido.
Después del ritual se procedió a esquilar a las primeras vicuñas en su parte dorsal. El vellón de color blanquecino se respetó, porque le servirá como protector del frío.





 CINCO MINUTOS

En este lapso antes de la captura, muchos turistas dejan su atalaya y optan por correr cuesta abajo con dirección a El Embudo para observar de cerca a los gráciles auquénidos.
“Su hábitat ideal oscila entre los tres mil 800 y cuatro mil 500 metros sobre el nivel del mar. En otras condiciones su fibra crece deteriorada, sin su finura característica, debido a muchas razones, entre ellas la dieta que únicamente aquí encuentran”, explica Galván Santamaría.
En pleno frenesí, nadie sabe quiénes son los presos: o las vicuñas –dentro del cerco– o los turistas –tras los alambrados–, que intentan entrar en esa momentánea prisión; mientras, los policías evitan el escape de unas y el ingreso de otros.
En tanto, en lo alto del mirador y frente a El Embudo flamean, con el fuerte viento, la bandera con los siete colores del Tahuantinsuyo y la Bicolor Nacional.




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