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Quillabamba,
capital de la provincia cusqueña de La
Convención, hoy está de aniversario.
Con sus tesoros naturales aún ignorados por
el mundo, esta ciudad sufre la curiosa
marginación de ser selva tropical y no
piedra inca. Aunque territorialmente es la
provincia más grande del departamento y
posee además el gas de Camisea y el
café más fino del planeta, los
turistas creen que el Cusco se reduce a Machu
Picchu, con sus habituales alpacas, altura y
soroche. Craso error.

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La
Convención es la grandeza olvidada, el banco de oro
turístico en que la mendicidad nacional sigue
sentada. Cataratas fabulosas, valles ubérrimos,
plantaciones de té, café, coca y frutales,
fauna y flora fascinantes, nativos machiguengas con toda su
profundidad folclórica, mujeres hermosas ¡y sin
cirugías!, fortalezas históricas que
resistieron como Vilcabamba al arcabuz
español.
En fin, sol, trópico, naturaleza y todo para que el
visitante sea, sensorialmente, feliz. Eso es Quillabamba,
aquel Antisuyo que, ingenuamente, soslayamos.
Tan vasta riqueza continúa, literalmente, botada.
Tanto café que incluso se bebe en licores. Tanto arco
iris en los plumajes de guacamayos o gallitos de las rocas.
Tanta madera. Tan grande cultura sigue desperdiciada.
El Perú aún no se cura mientras en La
Convención la salud natural se derrocha. La
uña de gato es baratísima. Las granadillas y
papayas gigantes se regalan. Las paltas deliciosas hasta se
pudren. Los chanchos silvestres comen frutos y dan
chicharrones más que sabrosos. Los jardines
enloquecerían a los botánicos del mundo. Y
Quillabamba sigue postrada. Increíble.
De las nieves a la jungla. Para llegar a Quillabamba se
abordan los buses Camisea, Ampay o Alto Urubamba desde la
Ciudad Imperial.
El tren Cusco-Quillabamba dejó de funcionar
inexplicablemente, por eso hay que tomar la ruta terrestre
más larga: salir de Cusco hasta Ollantaytambo y
después subir hasta las alturas del abra de
Málaga.
Luego se baja hasta el valle convencionario, ubicado a mil
metros sobre el nivel del mar. Así, en ocho horas, se
cambia diametralmente de paisaje.
Esa es la primera sensación que nos da Quillabamba.
El calorcillo y el aire puro nos devuelven la vida.
Atrás quedaron los soroches y las asfixias, las manos
heladas. El sol de este lugar y el frescor de su río
Vilcanota nos solazan y relajan. Un jugo de toronja dulce o
de piña nos limpia por dentro. El verdor exuberante y
las coloridas cucardas y buganvillas nos invitan al
paraíso.
Hasta que llegamos al balneario Sambaray, a dos minutos del
centro de la ciudad. Ahí, el Vilcanota es grato a los
ojos. Bruno, un tigrillo, ronronea felina y tiernamente. El
plato típico de la región se llama chaque de
plátano, poderosa sopa de carne sancochada. Las
curvas femeninas empiezan a seducir. La naturaleza de la
ceja de selva, ésa que parece marginada de la
literatura peruana, nos ofrenda sonidos, rumores, esencias.
Un deleite.
En Quillabamba funciona la casa machiguenga. Esos
compatriotas nativos beben ayahuasca para saber todas las
cosas y creen en dioses que pueden vivir en el fondo de los
ríos o en los crepúsculos naranjas. Ellos
tienen una sabiduría anterior a los incas. Manejan el
lenguaje de las serpientes y los jaguares, que luego los
incas veneraron y bautizaron amaru y
puma.
Pero, a excepción de la novela El Hablador de Mario
Vargas Llosa, publicada en 1991, la cultura machiguenga vive
a espaldas del Perú. Como los harakmbut de Madre de
Dios, como los aguarunas o jíbaros de Amazonas,
siempre lejanos e incomprendidos.
Cristo
sí pasó por Quillabamba
Maranura
es un pueblo vecino. Ahí, un Cristo negro de madera
logró conquistar algunas almas de la Selva: el
Señor de Chinche. Solitario mesías entre
cafetales y mariposas. Ese Jesús oscuro vive apartado
de la religiosidad cusqueña. Para su mala suerte,
Cusco con su Corpus Christi, su Qoyllur Ritti y
su Señor de los Temblores mantiene el monopolio
de la fe. De este noble Señor de Maranura,
convencionario, nadie sabe o dice nada.
En otro pueblo cercano a Quillabamba, llamado Amaybamba, el
té brota copiosamente. Ahí, en el poblado de
Huyro, el mejor té del mundo, duerme el sueño
de los justos. El Ministerio de Agricultura ha olvidado a
seis mil familias que viven de este té llegado de
Oriente, que en La Convención se adaptó con
admiración.
Mientras que en Argentina máquinas especiales recogen
el té gaucho con todo y desechos para su industria,
en Huyro aún se cosecha a mano, separando las mejores
hojas para que la calidad insuperable de este producto
peruano siga intacta.
Sin embargo, en dicha comunidad los campesinos se mueren,
literalmente, de hambre. Pocos beneficios les trae ser los
artífices del té que los ingleses beben con
rigurosa puntualidad a las cinco de la tarde. De Ripley.
Y ni qué decir del café, cuyos precios en el
mercado bajaron sustancialmente. La Convención tiene
más de 30 mil hectáreas de cafetales
considerados por los expertos el mejor café del
mundo. Pero los colombianos y brasileños son muy
buenos en el marketing, mientras los turistas no saben que
en Quillabamba, por clima y altitud, el café es
mejor.
Por último, para aquellos que están en busca
de nuevas rutas en el turismo mundial de aventura, La
Convención posee dos tesoros perdidos: el Pongo de
Mainique y las fortalezas incas de Vilcabamba y
Choquequirao.
La primera, el paraíso natural del Perú en el
Bajo Urubamba, donde las cataratas y los pájaros
constituyen una escenografía cinematográfica
que entusiasmaría a Steven Spielberg porque
ahí está el legendario Paititi (o El Dorado de
los incas); y el segundo, el legado lítico de los
incas que, con Manco Inca, resistieron a la caída del
Cusco y que aún mantienen sus joyas de piedra.
El
otro Cusco
El
aeropuerto Velasco Astete de Cusco no promueve ni apoya a
esa selva de Quillabamba y La Convención, de notables
atractivos. Para el visitante, sea peruano o extranjero,
Cusco es Machu Picchu, Sacsayhuamán, la piedra de los
doce ángulos y el matecito de coca para evitar el
soroche.
Cusco es monasterio, cruces, Garcilaso de la Vega,
Pachacútec, el pincel de Quispe Titu, Valicha,
discotecas nocturnas y bohemias, alpacas, guanacos, llamas,
quesos, chicha, frío y joyas.
Hace falta difundir una buena nueva: a sólo ocho
horas y dos mil metros abajo, Quillabamba (con su provincia
La Convención) tiene la riqueza escondida. La
catarata Siete Tinajas cae del cielo y esculpe la piedra. El
Sol es generoso, las frutas son dulcísimas y
gigantes, y los árboles y plantas curan todas las
enfermedades. Es el paraíso desperdiciado del
Perú, que nos puede recibir para seducirnos con su
amor y su magia.
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INICIO
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Con
la nieve del Abra de Málaga empieza la
travesía para llegar a La
Convención.
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RIQUEZA
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En
la flora y la fauna de la selva cusqueña,
además de la colorida vestimenta de sus
pobladores.
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