EL MENSAJE DEL TRADICIONAL ARTE TEXTIL PERUANO
Hilos milenarios

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El arte textil, practicado en el país desde las culturas primigenias, tiene magníficos exponentes en diversos lugares del territorio nacional, todos herederos de una tradición que se expresa en coloridos motivos que son la mejor carta de presentación de zonas como Chawhaytiri (Cusco), Pamparomas (Ancash), Cabanoconde (Arequipa), San Pedro de Cajas (Junín) o Taquile (Puno).

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El hilo de la historia juntó tiempos con técnicas que la memoria de los pueblos reproduce, mostrándonos el lenguaje de una cultura viva, vigente, misteriosa presente en sus textiles.
En Samanco, al sur de Chimbote, Ancash, un grupo de pescadores teje sus redes en plácida armonía, sentados, junto a la puerta de sus casas, mientras ríen de anécdotas cotidianas. El enlazado y anudado lo ejecutan con asombrosa rapidez.
Sin más herramientas que la habilidad de sus manos, como hace 5,800 años a. C., lo realizaron los antiguos pobladores en fibra vegetal, según vestigios encontrados en la Cueva del Guitarrero, Callejón de Huaylas. O 3000 mil años a. C. en Caral, la ciudad más antigua de América, donde emplearon el algodón.
La cordelería y confección de redes fue un avance tecnológico al final del arcaico, que permitió el desarrollo económico.
Las mujeres tejedoras de la isla de Taquile (Puno) no sólo usan sus manos. Sujetan, de la cintura a los pies, la urdimbre, organizada en vertical, de modo que ambas manos ejecutan la trama, en recorrido horizontal, logrando laboriosas figuras.
El cuerpo como herramienta es un conocimiento vigente, aun cuando el telar y el lizo aparecieron 1400 años a. C., recurso imprescindible en la escasez.

Símbolos prealfabéticos o una escritura ideográfica.
En la isla de Taquile del lago Titicaca se realizan diseños a modo de notas musicales que hablan del tiempo, la condición del dueño, soltero o casado, y sus propiedades (animales o siembras). Son signos de un lenguaje que los nativos manejan.
El fallecido investigador Arturo Jiménez Borja, en Textiles milenarios, describe la relación entre el tejido inca y el tejido cusqueño, en material, forma y función.
El tipo de material cusqueño es característico, su elaboración los identifica. En la forma existe un predominio de figuras geométricas, circunscrita a un marco rectangular; y son tejidos por ambas caras, como lo observamos en sus mantas, ponchos y polleras. Sobre su función, refiere que los motivos son símbolos significantes para los nativos.
Los términos quechua y aimara quipu, tocapu, killca guardan relación entre la escritura y el arte.
Jiménez Borja explicó en su texto: “Los primeros cronistas emplearon el término quillca para describir un sistema de anotación basado en el arte”.
Añade que Santa Cruz Pachacuti lo muestra como unas líneas o franjas pintadas sobre un cetro de madera, que sirvió de base para un registro de datos históricos.
“Para Guaman Poma, los quillcas tenían relación con los quipus incas. Esta especie de secretarios honrosos usaban quipus de colores y se llamaban quillca camayoc cahuata quipoc”.
En el antiguo diccionario de Olguín, añade, se relaciona el término quillca con escribir, pintar o bordar. Tanto quillca como el quipu están compuestos de la misma geometría: líneas derechas formadas con distintos colores. Son términos sinónimos de dibujar, calcar, pintar, escribir, tallar, esculpir.
En cuanto a los tocapus, son formas geométricas circunscritas a un rectángulo o cuadrado. Un tipo de escritura prealfabética. Victoria de la Jara describe a los tocapus como una escritura ideográfica.
Burgos, por su parte, argumenta que los tocapus son una escritura alfabética relacionada con las diez consonantes, los diez números en quechua con diez tocapus incas.
Las figuras geométricas se repiten como expresión artística identificatoria. Los colores, la textura y el estilo delatan la procedencia de los tejidos, ya sean cusqueños, ayacuchanos, huancaínos o de Arequipa, Cajamarca, Ancash o Huancavelica.
Las comunidades plasman su identidad. Escondidos en las altas montañas, nuestras punas, viejas técnicas textiles destapan incógnitas históricas.
El sistema de producción textil tuvo una importancia similar a la agricultura en las culturas prehispánicas, con lo que se logró un desarrollo artístico exquisito.
La composición en diseño y color y el mensaje implícito en la figura alcanzaron niveles de creatividad sólo comparados con artistas de talla universal.
La imagen antropomorfa observada desde la cultura Chavín, como la presencia sacra de serpiente, ave y felino, persisten en los tres horizontes.
En el horizonte Huari, la figura ave-felino-serpiente es un cuadro abstracto muy logrado. En el incario, la metrópoli del Cusco tiene la forma de un puma, cuya cabeza se perfila en Sacsayhuamán, mientras que los tejidos se diseñan ya con figuras geométricas más elaboradas, más densas, símbolos de un lenguaje vivo aún aunque perdiéndose poco a poco.

Vestuario en todos los tiempos.
Desde sus inicios, los tejidos estuvieron relacionados con el prestigio y posición, además de servir para plasmar en ellos conceptos de vida. Según los primeros cronistas, en el incario no había diferencia en los vestidos, sino en su calidad.
En el rito de iniciación, los jóvenes usaban el huara (taparrabos), los hombres empleaban el uncu, que les llegaba a las rodillas, sobre los hombros se colocaban la yacolla, y a la cintura, colgaba la chuspa.
Las mujeres vestían una especie de túnica, de una sola pieza, recogida en la cintura por una correa de fibra; sobre los hombros y a manera de capa iba la lliclla, sujeta al cuello por un tupu de plata.
La ropa y mantas que cubrían al rey eran de un tejido muy fino. Existen testimonios de ropa hecha con el pelo de vizcacha o el vello de murciélago. A la elite militar se le distinguía con elaboraciones en plumas de aves.
En su libro Dioses y hombres de Huarochirí, Francisco Avila comenta la connotación de pobreza que la ropa expresaba: “Cuniraya Viracocha andaba por la sierra con una camiseta rota y capa andrajosa. La gente del pueblo no lo reconoció y lo llamó huacha usa sapa, miserable piojoso”.


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ENTRE LA TIERRA Y EL TEJIDO

SChawhaytiri (Cusco) despierta presurosa, sus mantas estarán listas para la Feria dominical de Pisac. Pamparomas (Ancash) se prepara a entregar los pedidos, Cabanoconde (Arequipa) muestra diseños antiguos, San Pedro de Cajas (Junín) trabaja en sus telares a pedal sin descanso.
Los pueblos no olvidan el complejo arte de tejer. Entre urdimbre y trama, las hebras juntan los tiempos.
Cuando la tierra descansa o después de sembrar, mientras crece la semilla, es el momento de tejer. El olor a tierra mojada recorre el ambiente copado por husos, canastas de algodón y tintes. Las familias andinas se agrupan, como en todas sus actividades, para organizar el tejido.
A Lucio Illa, presidente de la comunidad de tejedores de Chawhaytiri (Cusco), le pidieron tejer cinco mil fundas para agendas. Debía trabajar las muestras, previo pago de éstas.
Sin embargo, sólo aceptó una parte del pedido, 300 piezas, con fallas que los dejan mal parados, porque de octubre a diciembre su comunidad se ocupa de la cosecha. El telar
El cumplidor. Existe un pueblo entero dedicado a los tejidos, donde todas las familias tienen un telar. Entre la tierra y el arte, hombres y mujeres se turnan. A 3,800 metros sobre el nivel del mar, el tenue traqueteo del telar a pedal nos avisa que estamos en San Pedro de Cajas.
Hay poco trabajo. No todas las familias tienen ocupados sus telares. Muchas de ellas se mudaron a Lima. Los trabajos escasean, pero la producción no se detiene.
Mochilas, bolsas de viaje, mantas y tiras que sirven como sujetadores para portar botellas con agua. La imaginación reta a la pobreza.
Mario Rojas emigró a Comas, esposa e hijos trabajan en sus tres telares, aunque ahora sólo emplean uno. Su cuñado, Daviel Huarango, teje los tonos andinos rústicos en lana de oveja y alpaca.
La familia en pleno interviene, creando redes de producción que involucra a todos, según los pedidos, con la naturalidad de los especialistas, entretenidos en el juego que aprendieron desde niños.
Acostumbrados al trabajo, apenas se enteraron de un nuevo reto, la confección de fundas para agendas, lo asumieron de inmediato, presentando la muestra en una hora.
“No hay trabajo”, dicen. “No hay ventas, lo ideal es tejer para satisfacer los pedidos”. Las manos hábiles de Daviel se distraen entre el teñido y la urdimbre. Su tarea es organizar el telar con hilos de uno en uno para luego ejecutar la trama, pasar el liso en forma horizontal, dibujando la figura en el tejido.
Con el patrón en mano no hay diseño difícil para él y su familia. Su esposa, junto con tres de sus diez hijos, producen tapices en su taller.



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