IMPRESIONANTE EXPOSICIÓN DE ARTESANÍAS DESCUBRE LA INTIMIDAD DEL PUEBLO PERUANO
El valor de la pureza
 

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Cuando la globalización y el imperio tecnológico oprimen la sabiduría popular, las manos del artista surgen para encumbrarse en una obra de arte. Desde el rincón más escondido nace una escultura, una pintura, un mate burilado o una piedra tallada. Aquí, en forma xcepcional, se reunieron todas las expresiones de un arte que vive con el tiempo.

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Al terminar en Pucallpa su mayor obra maestra, Javier Hurtado Valle no tuvo mejor idea que tallar en la parte posterior de ese inmenso bloque de madera, unas breves frases que resumen su inspiración: “Amaneciendo en la selva es un canto de vida, es la perfecta expresión eterna de la infinita creación de Dios. Mi escultura es poesía, es el amanecer de un nuevo día. Es creación tuya y mía. Es canto, es melodía”.
Sometida al juicio del jurado, la obra en madera tallada: Amaneciendo en la selva, mereció el primer puesto general del Premio Nacional Inti Raymi de Artesanía 2001.
Ésta es una de las obras de arte que se exhiben hasta el 30 de este mes, sobre un espacio mayor a los mil 800 metros cuadrados en el local de las tiendas Ripley de San Isidro, con la denominación: Exposición Itinerante de Artesanía Peruana, que congrega a las mejores obras de los amautas de nuestra artesanía.
“Son piezas únicas que merecieron grandes premios para los amautas de la artesanía peruana y que son motivo de numerosas exposiciones organizadas en el extranjero. En esta oportunidad encontramos un canal interesante de comercialización que asegura un nivel de ventas bastante significativo”, refirió el primer vicepresidente de la República y entonces titular del MITINCI, Raúl Diez Canseco (ahora ministro de Comercio Exterior y Turismo), el día de la inauguración.
A su turno, Orlando Vásquez, responsable de la Asociación Civil Inti Raymi, una de las organizaciones encargadas de la exposición, recordó que cuando se organizo el Décimo Premio Nacional en el Museo de la Nación, “hicimos un Tupay, que significa ‘encuentro al principio del camino’, según los hermanos de la montaña. Pero todo encuentro puede ser doloroso o alegre y es de hombres de bien saber revertir el dolor, para que podamos usar las energías del encuentro en forma positiva”.
Refirió, además, que el arte popular lo realizan más de millón y medio de personas, y se constituye en el sector de la producción que menos cuesta crear un puesto de trabajo. “En exhibición tenemos un promedio de 850 piezas, pero no podemos identificar el número exacto porque constantemente renovamos. Los artesanos bordean el número de 300 y provienen de diversos lugares del país, como Chulucanas, Ayacucho, Cusco, Huancayo y Lima, entre otros”.
En plena exposición, todos esos lugares están apretados y se confunden entre sí. A un costado de la escalera principal y a los sones atronadores de un grupo folclórico, las comunidades shipibas demuestran su arte sobre una gran pieza de tocuyo.
La pintura es extraída de la corteza de la caoba y otras raíces. “Todo es a pulso”, nos dice orgulloso el artesano de la comunidad shipiba del Bajo Ucayali. Luego se pone un barro especial sobre la tela, al cabo de media hora se lava con agua y queda lista para su comercialización.
Los cuatro colores sagrados para los shipibos son el rojo, amarillo, blanco y negro, porque están asociados al Sol y a la Luna. El tema central del diseño shipibo es “Ronin”, la serpiente cósmica que combina todos los diseños imaginables en su piel, en su mayoría, en forma octogonal.
La cuenca del río Ucayali es testigo de la variedad de productos que trabajan los shipibos desde un conocimiento mágico de la vida, que permanentemente discurre entre el mundo visible y el invisible.
Los dibujos para ellos, repetidos en diseños geométricos en telas, cerámica, tallas en madera y muchos objetos más, son parte fundamental de su propia existencia. A través de ellos se expresan y se inmortalizan.
Antes de continuar nuestro recorrido, nos hace dos precisiones: “el barro que le echamos es especial de nuestra tierra y el pintado que hacemos nunca se despinta”.

Orgullo andino

Como no podía ser de otra manera, el retablo ayacuchano tiene un sitial de honor en la exposición. Maximiliano Ochante Lozano lleva 32 años de su vida dedicado por completo a este hermoso y complejo arte.
“No tenemos secretos ni hacemos milagros. Simplemente necesitamos mucha paciencia porque uno mismo debe hacerlo. Un retablo no necesita ayudante porque todo es parte de tu propia inspiración que no se puede compartir.”
No en vano, el inmenso retablo Andinísimo mereció el segundo puesto general del premio nacional Inti Raymi de artesanía del año pasado.
Ochante continúa la estirpe de sus maestros huamanguinos usando los mismos materiales de los retablos antiguos: yeso, argamasa de harina, pinturas y revestimiento. Ni siquiera se amilanó cuando de pequeño, por jugar con ls pólvora y cohetones durante una fiesta patronal, perdió varios dedos de su mano izquierda.
Desde el barrio cusqueño de San Blas, la familia Mendívil formó uno de los talleres de artesanos más renombrados del país. Don Hilario Mendívil y su esposa Georgina fueron los pioneros de una de las estirpes familiares que más prestigio internacional mereció.
Los Mendívil trabajan principalmente la imaginería con el estilo del llama kunka, que se caracteriza por el largo de los cuellos en las representaciones de personas. El tema religioso es abundante y representativo de su obra.
Su sistema de trabajo era compartido por toda la familia, don Hilario confeccionaba los armazones con yeso y engrudo y luego los recubría de pasta de maguey. Doña Georgina y sus hijos se ocupaban de vestirlas y pintarlas.
Después de muchos años, los hijos asumieron la conducción del taller que se constituyó en punto obligado del circuito turístico de la Ciudad Imperial.

Cerámica y tallado

Antiguamente, en la costa norte del Perú se desarrollaron antiguas culturas como la Vicús, que realizaban trabajos en cerámica. Con el correr de los años, la riqueza de esa herencia se concentró en Chulucanas, un pueblo trabajador que respira arte por las manos.
La elaboración de esta cerámica incluye técnicas como el paleteado para dar forma a la pieza. Después, se tiene que bruñir para obtener lo más parecido al brillo natural y la decoración se hace utilizando hoja de mango para humear las piezas y lograr una vasta diversidad de tonos, desde los colores tierra hasta el color negro.
Por último, la obra de arte pasa por un proceso de acabado para terminar de resaltar el brillo, con la predominancia de los colores tradicionales: rojo indio, naranja y negro, junto con diseños geométricos que crean una variedad de piezas decorativas.
Algo parecido sucede con la línea de productos de cerámica de San Pedro de Matara, conocido y caracterizado por su línea de ollas de barro. Estos objetos de cocina en el Perú fueron utilizados desde mucho tiempo atrás, comenzando con la leña, fuego abierto, hasta las modernas cocinas de gas.
El sabor especial que brindan a la comida es uno de los toques fundamentales en que basan su fama y la búsqueda de su comercialización.
Unos pasos más allá, el tallado en piedra de Huamanga llama la atención del más distraído. Esta forma de trabajo logró su mayor época de apogeo durante el siglo XVII y se considera la más pura expresión original y única en la historia del arte popular latinoamericano.
En aquellos años, la presencia de imagineros españoles consiguió marcar una señal de distintivo con el sentido de movimiento que impregnaron en sus figuras. Ya en los siglos XIX y XX, la innata habilidad de los talladores indígenas aportó un estilo propio.
Básicamente, los motivos del tallado son religiosos y desde sus inicios la técnica del acabado es conocida como el “estofado”, que consiste en agregar a la piedra una capa de cera para conseguir un acabado parecido al marfil viejo.
Con la llegada de los españoles al Perú, se incorporó una serie de artes y tecnologías que los antiguos peruanos no conocían. Una de ellas tiene mucho que ver con la imaginería, ya que en el afán de convertir a los indígenas al catolicismo, los españoles efectuaron una intensa labor de adoctrinamiento con todos los recursos necesarios.
Así, el culto a las iglesias se convirtió en una de las principales herramientas de catequización y la demanda para decorarlas se incrementó notoriamente durante la Colonia. En este proceso, el arte religioso alcanzó uno de sus mayores apogeos gracias a la sensibilidad indígena.
De allí que una de sus mayores manifestaciones fuera el tallado en madera y la confección de marcos para las pinturas. Los tallados escogieron finas maderas como el cedro de Nicaragua o ébano, y después era decorados con pan de oro.
El arte del tallado aún se cultiva, principalmente en algunas localidades cusqueñas y los marcos tienen su punto de encuentro en Cajamarca o Andahuaylas, como una variante de la tradición colonial desarrollada hasta nuestros días.
El santuario de Cocharcas, que se ubica en Andahuaylas, cuenta con una variedad de estilos de marcos con características definidas que se plasmaron en escenas costumbristas o religiosas.


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Si sabes, enseña

El maestro César Zárate se acomoda frente a una inmensa máquina de hilados y las alfombras, tapetes y todo tipo de bordados salen como pan caliente. No es exagerado decir que la mayor parte de los tejidos moqueguanos son producto de su paciencia y buen gusto.
“El arte popular supo sobrevivir a los peores momentos que tuvo la historia del país. Es una muestra más de que somos un pueblo trabajador, ya que en cada esquina puede haber un artesano”, dice.
Y para enseñar a las nuevas generaciones, él y otros maestros se organizaron en el Centro Nacional de Capacitación Artesanal, con los auspicios del Instituto Nacional de Cultura.

Depende de la especialidad escogida, los cursos varían en cuanto a duración, de uno a dos meses. Se puede aprender desde la cerámica con técnicas prehispánicas, dibujo y pintura, modelado artístico en cerámica, y retablo ayacuchano, hasta pintado sobre madera y cerámica, tejido en telar ayacuchano, máscaras, tallado en piedra, repujado en cuero y escultura artística.



Hecho a pulso


Todos los trabajos decorados
de los shipibos son producto
de una milenaria paciencia.


Cerámica


La Huida a Egipto también tiene mención especial en la colección Inti Raymi.




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