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MILITARES ADOPTARON POLÍTICAS DE TERRORISMO DE ESTADO PARA DEFENDER SUPUESTOS VALORES MORALES SUPERIORES Nunca más Cuando en el orbe se vuelve a discutir acerca del peligro fundamentalista en el ámbito islámico es bueno recordar la experiencia de otros tipos de integrismo practicados en el mundo.
A nombre de la civilización occidental y cristiana, Jorge Rafael Videla inauguraba con un golpe de Estado una de las etapas más tristes de la historia argentina el 24 de marzo de 1976. Los militares sólo salieron del poder ocho años más tarde, cuando al ya ganado desprestigio político se sumó la derrota ante los británicos en la guerra de Las Malvinas. “Un terrorista no es solamente alguien con un arma de fuego o una bomba, sino también alguien que defiende ideas contrarias a la civilización occidental cristiana”, con estas palabras al diario The Times de Londres el general golpista Jorge Rafael Videla buscaba justificar ante el mundo la ola de represión desatada por el gobierno militar contra todos aquellos que consideraba sus enemigos. ¿Qué originó un mandato militar, uno de los más despiadados que conocimos en el continente? ¿Cómo se explicarían las atrocidades cometidas por un Estado que practica terrorismo contra sus ciudadanos?
Nueve mil muertos y 30 mil desaparecidos fue el saldo del paso de la junta militar argentina, que, para ser justos, brotó del caos social, económico y político de la administración de María Estela Martínez de Perón, la viuda del legendario líder populista del Partido Justicialista, Juan Domingo Perón. Miembros de los Montoneros, ex peronistas, el Ejército Revolucionario del Pueblo y la ultraderecha de la temible “Triple A” iniciaron una salvaje guerra terrorista entre ellos. Mientras que la viuda de Perón se hundía en una acusación de malversación de fondos en medio de una crisis económica.
A tres décadas de estos tristes eventos, podemos explicarnos mejor la instalación de la oscura junta militar argentina desde tres perspectivas: política, ideológica y económica.
Seguridad nacional Desde las aulas de la Escuela de las Américas, una gran parte de la oficialidad de las fuerzas armadas latinoamericanas se preparó no para combatir a un enemigo externo, sino a uno interno. Así, la doctrina de seguridad nacional tenía una orientación primordialmente anticomunista. Y la finalidad era erradicar cualquier forma de propuestas marxistas o comunistas que no eran consideradas argentinas. La percepción de esta generación de militares argentinos, esculpida en los peores momentos de la Guerra Fría, era que la democracia representativa resultaba un caldo de cultivo para el surgimiento de movimientos marxistas que, tarde o temprano, buscarían tomar el poder. La experiencia del amargo fin de la Unidad Popular con Salvador Allende en Chile estaba presente.
La cúpula militar argentina siempre creyó contar con el apoyo tácito estadounidense. Pero, desde que asumió Jimmy Carter con su política exterior de derechos humanos, el gobierno de Videla se encontró con una serie de problemas. Sólo una amenaza directa del mandato de Carter hizo que las estadísticas de desaparecidos disminuyera en forma significativa. Años más tarde, Leopoldo Galtieri vivió en carne propia cómo el gobierno de Ronald Reagan prefirió apoyar a Margaret Thatcher que a la Argentina en pleno conflicto de Las Malvinas.
Cruzada integrista En diciembre de 1977, el obispo argentino Victorio Bonamín, en una conferencia en la Universidad Nacional del Litoral, aseguró: “El mundo está dividido por dos filosofías incompatibles: el materialismo ateo y el humanismo cristiano.” El ultraconservador religioso añadió: “Las fuerzas armadas, en representación de la civilización occidental y cristiana, deben utilizar todos los medios para combatir al enemigo.” A diferencia de otras naciones, la Iglesia argentina había avanzado hacia un camino opuesto a sus pares en Chile, Brasil y el Perú. En estos países se desarrolló una Iglesia comprometida con los problemas sociales y se involucró en la defensa de los derechos humanos. La curia argentina en cambio ha sido acusada por organizaciones como las “Madres de la Plaza de Mayo” de no hacer nada en medio de la barbarie que se vivió durante la dictadura militar.
Esta idea de defender lo “occidental y cristiano” fue tomada al pie de la letra por los militares argentinos y en reiteradas oportunidades para justificar la desaparición de sus “enemigos ateos”. Una vertiente de este delirante antimarxismo fue el ataque contra los judíos en la sociedad argentina. El periodista Jacobo Timerman fue una de sus más conocidas víctimas. El autor del libro Preso sin nombre, celda sin número, donde relata su espantosa experiencia, recoge esta explicación de uno de sus torturadores: “Argentina tiene tres enemigos principales: Karl Marx, porque intentó destruir el concepto cristiano de la sociedad; Sigmund Freud, porque intentó destruir el concepto cristiano de la familia; y Albert Einstein, porque intentó destruir el concepto cristiano del tiempo y el espacio.”
Modernización La última explicación acerca de la razón del “golpe de Estado” es la practicada por el reconocido académico argentino-americano Guillermo O’Donnell en su conocida obra El Estado burocrático autoritario. El politólogo asegura que los golpes de Estado no sólo en Argentina, sino también en Brasil, Chile y Uruguay fueron producto de la necesidad de expandir el crecimiento económico. Con detallados datos estadísticos, O’Donnell demuestra que el auge económico no conduce a la vía de la modernización, sino a la del autoritarismo.
¿Volverán los gobiernos militares a América Latina? Por el momento, autores como Samuel Huntington y su Tercera ola. Proceso de democratización a finales del siglo XX; y Mitchell Seligson en su artículo “La democratización en América Latina, el círculo corriente”, expresan que los militares acabaron con tal desprestigio que no gobernarán más. No cumplieron con el objetivo de crear mayor bienestar y además se deshonraron debido a los abusos de derechos humanos. Que las tres décadas del inicio del gobierno militar argentino sirvan de reflexión para evitar repetir esta triste experiencia en América Latina como lo estableció Ernesto Sábato en su informe “Nunca más”.