Los demócratas debemos distinguir la frontera que separa a los adversarios políticos de los enemigos del estado de derecho.
Tal como lo sostuvimos en varias ocasiones desde esta columna, en una democracia existen rivales y discrepantes, mas no enemigos; en un maduro estado de derecho, los que cuestionan a un régimen político son, como se dice en Gran Bretaña, “leales opositores”. Esta diferencia conceptual significa que, dentro del sistema político en que vivimos, todos deberían respetar las reglas de juego establecidas de modo formal en la Constitución y las leyes.
Esta reflexión se relaciona de modo directo con la coyuntura política de la próxima transferencia del poder. Cuando el presidente Alejandro Toledo se refirió al mandatario electo, Alan García, como un adversario y no como un enemigo, clarificaba el panorama y destacaba una cuestión de principio sobre la que debemos meditar.
Desde nuestra perspectiva es evidente que todo lo sostenido en líneas anteriores se aplica sólo a los líderes y las agrupaciones de tipo democrático; es decir, a los que respaldan de modo inequívoco el respeto a la forma democrática y republicana de gobierno que los peruanos nos hemos dado. Existen, naturalmente, contrarios al sistema democrático que, de una forma u otra, actúan en política. A ellos no se les pueden fijar estos conceptos.
Entre los opositores al sistema democrático se encuentran los dirigentes de las bandas terroristas, quienes, en nombre de una visión totalitaria del mundo, desataron una terrible orgía de sangre que, según lo establecido por la CVR, nos costó casi 70 mil víctimas fatales. Ellos son enemigos de nuestro sistema político y no podemos considerarlos simples discrepantes ideológicos que actúan dentro de las reglas democráticas.
También, debemos ver como ajenos a la estructura política a quienes, sin mostrar arrepentimiento alguno, se proclaman defensores de un caudillo que ejerció el poder violentando el estado de derecho y perpetrando un golpe de Estado. En resumen, las líneas deben trazarse en la frontera ideológica entre los que creemos en la democracia y aquellos que desean utilizar sus mecanismos como caballo de Troya a fin de destruirla.
|