RECORDANDO EL VERDADERO MENSAJE NAVIDEÑO
Crucificada Navidad
Pascual Alejo Rettiz.
Periodista
En diciembre, las calles de las grandes ciudades del mundo se adornan con luces de colores y melodías llamativas que subliman el oído. Somos testigos de que en las pistas calientes o frígidas nos tiende la mano mendiga el niño pobre, que ve en la Navidad su sentir descalzo.
Los niños que viven de la mano de sus padres, de aquellos que tienen un trabajo u oficio seguro, tendrán a las 12 de la medianoche un juguete, una gran cena y disfrutarán de un rico panetón y chocolate, y sus padres se deleitarán en un festín de Navidad y de Año Nuevo; pero el hijo del trabajador ambulante, de aquella familia que emigró del campo a la ciudad, del soldado que está en los campos de batalla y de los mismos hombres del Ande seguirán bebiendo su tasa de agua endulzada en un sabor magro con un pedazo de pan duro que encontrarán en el rincón de su pobreza.
Muchos niños de las calles y del Ande andarán en silencio y llorarán por dentro, guardarán sus lágrimas inocentes para los momentos más trágicos de su vida, porque ellos están curtidos en la plegaria diaria de su pobreza y en las ciudades que se destrozan al fragor de las guerras; por tanto, no es novedad para estos niños de cada región del mundo ver a las personas que viven indiferentes a su dolor y clemencia.
El niño Dios nace, según las escrituras bíblicas, para el pueblo oprimido y pobre –“trae la salvación para todos los hombres”– “Ese niño no viene para que los comerciantes hagan más plata o para que los ricos sean más ricos o para que los fuertes dejen sentir su fuerza sobre el cuerpo de los débiles. No, los niños pobres no quieren comer o jugar sólo en diciembre; a los pobres los tenemos todo el tiempo con nosotros, ¿vemos en ellos a Dios? Sí, la Crucificada Navidad. Sin embargo, a pesar de las diferencias, un sincero deseo de Feliz Navidad y que reine la paz en cada hogar del mundo.
SOLIDARIDAD Y COMPROMISO DE LA SOCIEDAD
El niño epiléptico
Óscar Rodríguez
Vargas.
Periodista
A pesar de que estudios en diferentes países han demostrado que el 90 por ciento de los niños epilépticos son aptos para el aprendizaje y no presentan perturbaciones mentales, hay un rechazo indiscriminado de estos niños en la mayoría de colegios. Esta injusta e inhumana actitud les impide ser útiles a sí mismos y a los demás. Los ataques epilépticos son susceptibles de supresión o control por tratamiento médico y el hecho de excluir a los adultos de sus centros de trabajo y a los niños de las escuelas los convierte en una enorme masa improductiva.
Esta especie de “segregación social” se produce porque existen absurdos prejuicios basados en creencias populares equivocadas. Aún se cree que la saliva transmite la enfermedad, que el ataque convulsivo puede ser peligroso para los que rodean al paciente.
Nadie debe impedir que el niño epiléptico viva hasta donde sea posible como una persona normal en su casa, en la calle y en la escuela. Estos niños necesitan un medio que no sea demasiado ansioso o protector, ni tampoco que lo rechace por su problema; sufren más a menudo por verse frustrados ante las exageradas restricciones que por los peligros que implica una vida razonablemente normal.
Los especialistas refieren que los niños epilépticos deben estudiar, ser tratados y participar en juegos de su edad como cualquier otro niño; no obstante, entre los epilépticos hay, como en todo grupo humano, una minoría de niños difíciles o ineducables que requieren de escuelas especiales o de clínicas.
Estos niños son llevados muy a menudo a las consultas psiquiátricas por las dificultades sociales consecuentes a los ataques. Están abrumados por la enfermedad y son rechazados por los otros niños.
El enfermo epiléptico necesita más que ninguno de consideración y simpatía. La mayor parte de personas que sufre crisis tienen conductas funciones intelectuales normales y son capaces de ajustes productivos y adecuados en la sociedad, vale decir, de participar en el progreso de la nación. En esta Navidad, recordemos que todos somos iguales y que la inserción social de todos los peruanos, excluidos hasta el momento, es clave para el desarrollo de nuestro país.
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