LA MADRE EN EL TERCER MILENIO
Ella, el ave Fénix
María Luz Crevoisier
Periodista
D ice el mito egipcio que el ave Fénix renace de sus cenizas para convertirse en una pequeña oruga y vuelve a crecer hasta llegar a ser la más bella de todas las aves; tomando esta alegoría a manera de comparación, decimos que también la madre es un poco un ave Fénix por las múltiples vidas que le toca asumir.
Nuestro cambio empieza cuando debutamos como madres, dejando para siempre, y por el acto mágico del primer llanto de un bebé, el mundillo de las amigas, las salidas diurnas y nocturnas con nuestras (os) compinches y el alocado furor de vivir a cien por hora por esos mundos del buen Dios, a medida que júnior o “juniora” crecen. Entonces, volvemos a ser bebitas, repetimos gorgojeos, le vamos imitando las sonrisas, para luego tener que memorizar sus series favoritas, hacernos amigas de sus amigos reales e imaginarios, aprender a componer muñecas y autos rotos, solidarizarnos con sus desventuras escolares y, ¡horror!, volver a la adolescencia a través de él o ella y fingir ante cada circunstancia, primero con sus “colleras” y después con el enamorado(a), peor aún si el chico o la chica elegida no es nadita de nuestro agrado, además de prepararnos para escuchar a todo volumen sesiones interminables de su “música”, y muy alegremente, para no pecar de quedadas.
No hay más que mirar alrededor para observar que otras mujeres siguen esa misma ruta –esto sobre todo si sufrimos de algún vientecillo desalentador en el viaje y necesitamos de su alianza– volviéndose niñas, adolescentes y jóvenes con su prole como nosotras, corriendo junto a nosotras por academias, institutos, clubes, centros recreacionales o por el parque de al lado, atentas e ignorantes a cada novedad y listitas para aprender las maravillas de su (y nuestra) época. Las que tienen mayor experiencia (madres y tías, principalmente) nos pueden servir de guías por aquello de que en la unión está la fuerza, mujeres.
Seguramente, la mutación de nuestras mamás no fue tan acelerada, pues no creo que fuera tan difícil pasar del chachachá a la nueva ola, aunque ya se vislumbraban novedades tanto en moda como en costumbres e ideologías y, supongo, a más de una se le habrá erizado el pelo con aquello del feminismo, la minifalda, el movimiento francés del 64, donde se preconizaban nuevos valores, pero con todo no se dieron cambios tan violentos como ahora, donde si no te pones las pilas terminas arrinconada en el cajón de los olvidos. Nosotras, las “twisteras” de los sesenta, tuvimos que bailar con Michael Jackson junto a nuestros hijos, y ahora nos vamos alistando para aprender reggaeton y pop de la mano de nuestros nietos (con el grave peligro de rompernos un hueso o quedar torcidas), además de mirar extasiadas sus aparatejos tipo Mp3, Mp4 o “Mtt” en todo.
Volviendo al mítico pajarraco del principio, somos las madres –aves Fénix– un poco magulladitas por tanta mutación, pero aves Fénix triunfantes y llenas de esperanza, pues, como dicen mis hijos, “tranqui, ma, tranqui”, aquí no pasa nada y todo está igual que al principio, como cuando la primera mujer de la historia acunó en su pecho al retoño de su amor. Un gigantesco abrazo para todas las madres conocidas y por conocer.
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