Eduardo Chirinos y el traspaso de la
palabra
(Miguel A. Zapata)
La poesía de Eduardo Chirinos se ubica entre
las voces más originales en el contexto hispanoamericano a partir
de 1980. En ese decenio hay un grupo de bardos que destaca y que es
un tour de force en la poesía hispanoamericana: Raúl Zurita,
Lila Calderón y Andrés Morales, en Chile; Verónica
Volkow, Víctor Manuel Mendiola y Ernesto Lumbreras, en México;
y María Negroni y Daniel Freidemberg, en Argentina, sólo
por mencionar algunos países.
La obra de Chirinos, aunque dispareja, aporta un diálogo
distinto con la poesía, recrea un nuevo centro de imantación
y dirección. Sus primeros libros son un proceso de aprendizaje.
Ahí el lector observa y siente la presencia de la fábula
cisneriana, entremezclada con algunos temas cotidianos y referencias
a personajes bíblicos al estilo de Cisneros.
Sin embargo, las voces en la poesía de Eduardo
Chirinos son múltiples, se amalgaman y dispersan en el texto
poético para crear una estructura polifónica. Estas voces,
a veces forzadas, hacen eco de los clásicos griegos y latinos,
y de poetas como Robert Lowell (los deseos y las sirenas), W. B. Yeats
(el advenimiento y la soledad), Kavafis (la superficie del cuerpo),
Aleixandre (el silencio de las ondas) y Martín Adán (el
vacío y la rosa).
En la obra poética de Chirinos destacan, entre
otros, dos poemas: Monólogo de Casandra y Habla
Tiresias, de Rituales del conocimiento y el sueño (Madrid,
1987), en los que se practica la despersonalización de la voz
poética en un intento por universalizar el habla. Ambos poemas
tratan de la osadía (Casandra) y la prudencia (Tiresias).
El hablante de Chirinos se bifurca por estos dos senderos,
para mostrar los trances de un habla que se manifiesta con un lenguaje
de adivino y de profeta. El logro radica en la unidad que entretejen
ambos poemas.
Sus temas son también los de la poesía:
la lengua sagrada que aparece en el tiempo con los hados muertos o moribundos
y la prudencia de la noche donde se controlan los impulsos de la voz.
Estos dos poemas sugieren, además, otros tópicos nada
comunes.
En este contexto, se observa a los personajes prediciendo
el futuro y el destino oscuro de los hombres. Casandra hija de
Príamo y Hécuba se subleva contra la lengua sagrada
y cree en la tensión del arco: el punto modulado de la voz madura
(y ésta es la voz que encuentra aquí el poeta).
Casandra vislumbra la destrucción y el odio,
y Tiresias también, pero prefiere callar ya que la noche
(le) enseñó a revelar (sólo) lo necesario.
Casandra se despliega sola por el texto. Tiresias, por gracia o desgracia
de la Palas Atenea, puede ver a través de las tinieblas.
El adivino es el vate que controla los desbordes de
la luz superficial cuando llega la noche. Chirinos consigue a
través de la máscara o del doble en el espacio poético,
como lo ha denominado Pedro Lastra unificar no sólo los
recuentos míticos de una historia sin tiempo, sino que establece
saludables conexiones con su propia poética y la del poema sonoro.
Casandra y Tiresias (Minerva es la niebla de la luz)
nos sitúan en esa plataforma de fundiciones que no terminan y
que ahora producen un eco gratificante en la lectura.