Edición Nš 21
Lunes 23, setiembre 2002
Director:
Hugo Coya Honores
Editor:
Enrique Cortez

Redactor:
Jorge Coaguila
Editor Gráfico:
Alejandro Kanashiro
Diseño y Diagramación:

Julio Rivadeneyra Usurin.
Actuales
Mónica Delgado
Poesía que no se calla
Daniel Contreras M.
Encuentro con Marcos Silber

Reseñas
Angélica Serna
Amaru: Nueva colección
Álvaro Sarco
Reminiscencias incaicas

Ensayo
Sergio R. Franco
La tentación del fracaso


Documentos
Ángel Esteban
Dos cartas inéditas de Julio Ramón

Entrevista
Ángel Esteban y Ana Gallego
Ribeyro por Vargas Llosa


Precisiones
Jorge Coaguila
El otro Ribeyro


Lecturas
David Roca Basadre
A favor de los que sobran


Poesía
Miguel Á. Zapata
Eduardo Chirinos y el traspaso de la palabra








Eduardo Chirinos y el traspaso de la
palabra

(Miguel A. Zapata)

   La poesía de Eduardo Chirinos se ubica entre las voces más originales en el contexto hispanoamericano a partir de 1980. En ese decenio hay un grupo de bardos que destaca y que es un tour de force en la poesía hispanoamericana: Raúl Zurita, Lila Calderón y Andrés Morales, en Chile; Verónica Volkow, Víctor Manuel Mendiola y Ernesto Lumbreras, en México; y María Negroni y Daniel Freidemberg, en Argentina, sólo por mencionar algunos países.
   La obra de Chirinos, aunque dispareja, aporta un diálogo distinto con la poesía, recrea un nuevo centro de imantación y dirección. Sus primeros libros son un proceso de aprendizaje. Ahí el lector observa y siente la presencia de la fábula cisneriana, entremezclada con algunos temas cotidianos y referencias a personajes bíblicos al estilo de Cisneros.
   Sin embargo, las voces en la poesía de Eduardo Chirinos son múltiples, se amalgaman y dispersan en el texto poético para crear una estructura polifónica. Estas voces, a veces forzadas, hacen eco de los clásicos griegos y latinos, y de poetas como Robert Lowell (los deseos y las sirenas), W. B. Yeats (el advenimiento y la soledad), Kavafis (la superficie del cuerpo), Aleixandre (el silencio de las ondas) y Martín Adán (el vacío y la rosa).
   En la obra poética de Chirinos destacan, entre otros, dos poemas: “Monólogo de Casandra” y “Habla Tiresias”, de Rituales del conocimiento y el sueño (Madrid, 1987), en los que se practica la despersonalización de la voz poética en un intento por universalizar el habla. Ambos poemas tratan de la osadía (Casandra) y la prudencia (Tiresias).
   El hablante de Chirinos se bifurca por estos dos senderos, para mostrar los trances de un habla que se manifiesta con un lenguaje de adivino y de profeta. El logro radica en la unidad que entretejen ambos poemas.
   Sus temas son también los de la poesía: la lengua sagrada que aparece en el tiempo con los hados muertos o moribundos y la prudencia de la noche donde se controlan los impulsos de la voz. Estos dos poemas sugieren, además, otros tópicos nada comunes.
   En este contexto, se observa a los personajes prediciendo el futuro y el destino oscuro de los hombres. Casandra –hija de Príamo y Hécuba– se subleva contra la lengua sagrada y cree en la tensión del arco: el punto modulado de la voz madura (y ésta es la voz que encuentra aquí el poeta).
   Casandra vislumbra la destrucción y el odio, y Tiresias también, pero prefiere callar ya que “la noche (le) enseñó a revelar (sólo) lo necesario”. Casandra se despliega sola por el texto. Tiresias, por gracia o desgracia de la Palas Atenea, puede ver a través de las tinieblas.
   El adivino es el vate que controla los desbordes de la luz superficial cuando llega la noche. Chirinos consigue –a través de la máscara o del doble en el espacio poético, como lo ha denominado Pedro Lastra– unificar no sólo los recuentos míticos de una historia sin tiempo, sino que establece saludables conexiones con su propia poética y la del poema sonoro.
   Casandra y Tiresias (Minerva es la niebla de la luz) nos sitúan en esa plataforma de fundiciones que no terminan y que ahora producen un eco gratificante en la lectura.







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