El otro Ribeyro
(Jorge Coáguila)
Prosas apátridas, Dichos de Luder y La tentación
del fracaso, entre otros textos no tradicionales, constituyen diversos
trayectos literarios de Julio Ramón Ribeyro, un auténtico
escritor comprometido con la creación.
Es conocida la figura de Julio Ramón Ribeyro
como cuentista y novelista. Con ironía se le tildó de
ser el mejor escritor peruano del siglo XIX, por las técnicas
que empleaba, correspondientes a narradores franceses decimonónicos
como Stendhal, Gustave Flaubert y Guy de Maupassant. Sin embargo, hay
un afán de este autor por explorar otros géneros.
En su diario personal, La tentación del fracaso,
en 1970, Ribeyro asegura que los autores peruanos no utilizan otro género
más que la novela, el cuento, la poesía, el teatro. Es
decir, los más antiguos, los que se cultivaban en Grecia. Nos
falta esa extensión que le da a la literatura géneros
más tardíos o géneros ancilares: ensayos, memorias,
autobiografías, diarios, correspondencia y los subgéneros
como la novela rosa, la policial, el roman noir, de espionaje, de ciencia
ficción, novela histórica (p. 159).
Con esta preocupación, Ribeyro aportó
con géneros no conocidos o desarrollados en el Perú.
Prosas apátridas, que agrupó 89 textos en 1975, 150 en
1978 y 200 en 1986, reúne notas dispersas que provienen de páginas
de diario, de cuentos y de artículos. Por ejemplo, el texto 83
es el mismo que aparece, para referirse al primer tomo del diario, el
5 de mayo de 1959. Del segundo volumen se encuentran cuatro textos:
27 (21 de abril de 1961), 79 (21 de junio de 1974), 120 (17 de julio
de 1974) y 173 (13 de julio de 1974). El autor me confesó que
estos textos se le escaparon. Es decir, no debieron salir en el diario.
Sólo algunos pudo sacar a tiempo.
Dichos de Luder (1989) es lo que en Francia se llama
propos, un conjunto de declaraciones de un autor, recogidas para un
libro, de diversas fuentes.
De los doce tomos proyectados de La tentación
del fracaso sólo se publicaron dos volúmenes en vida del
autor (1992 y 1993) y uno póstumamente (1995). La heredera del
autor, Alida Cordero viuda de Ribeyro, se negó a continuar sacando
a luz el resto de la obra. Sin embargo, en las siguientes semanas, con
su autorización, debe salir en la editorial española Seix
Barral la reedición de este libro aparecido por primera vez en
el sello de Jaime Campodónico. En el suplemento Cultural
del diario madrileño ABC se anuncia su publicación en
dos tomos, con estuche y una introducción del narrador colombiano
Santiago Gamboa. Comprenderá de 1950 a 1975. Es decir, son textos
ya conocidos.
Cartas a Juan Antonio es un título que el propio Ribeyro pensó
para una edición de la correspondencia con su hermano mayor.
De los cuatro volúmenes que se piensa publicar sólo se
han editado hasta la fecha dos. Es una selección hecha con sumo
cuidado por Lucy Ipenza de Ribeyro, viuda de Juan Antonio, fallecido
en abril de 1996. El primer tomo, editado en noviembre
de ese año, comprende de 1953 a 1958. El segundo, aparecido en
1998, de 1958 a 1970.
En una entrevista de 1993, Ribeyro me comentó que hubo una época
en que fue un gran escritor de cartas. Pensaba que era una forma
literaria de expresarse. Mi hermano, por ejemplo, tiene una colección
de quinientas cartas mías, declaró. Le pregunté
si alguna vez se animaría a publicarlas en vida. Me respondió:
Le he dicho a mi hermano que me traiga las cartas que le he escrito
por más de 30 años para hacer una selección. Pero
hasta ahora no ha cumplido su promesa de hacerlo.
Por problemas de derechos que se disputan los familiares
del autor, los lectores nos sentimos privados de los dos tomos restantes.
El tercer volumen se encuentra listo. Es decir, diagramado, corregido,
además con dos prólogos, índice onomástico
y texto de contratapa. Esperamos su pronta aparición.
En relación con la autobiografía, Ribeyro
andaba siempre en busca de una estructura diferente para abordar la
historia de su vida. En cierto sentido, el célebre cuento Sólo
para fumadores (1987) es un notable intento. Ahí, con el
pretexto del cigarrillo, nos da luces sobre su paso por la Universidad
Católica, su experiencia errante por Madrid y Alemania, su residencia
en París, sus sufrimientos por el cáncer. Sin embargo,
la autobiografía propiamente se quedó inconclusa, como
muchos proyectos. Empiezo todo pero no remato, le confiesa
a su hermano en una carta del 21 de diciembre de 1981, que se reproduce
en la página central del suplemento en manos.
De esa autobiografía sólo se conocen
algunos capítulos: Ancestros, acerca de sus antepasados,
se publicó en Antología personal (Lima, Fondo de Cultura
Económica. 1994). El parque Sucre, sobre su niñez
en el barrio miraflorino de Santa Cruz, salió en el suplemento
Artes & Letras del diario El Mundo, en la semana del
8 al 14 de mayo de 1994. Este texto, con ligeros cambios y con otro
título, Juegos de la infancia, se publicó
póstumamente en el suplemento Lundero del diario
La Industria, de Chiclayo y Trujillo, el 1 de enero de 1995. Meses antes
de morir, Julio Ramón me entregó el prólogo. El
texto inédito se lo di al escritor Abelardo Sánchez León,
quien lo publicó en Quehacer, número 90, julio-agosto
de 1994.
Otro proyecto que dejó a medias es Proverbiales, conjunto de
textos que aparecieron por vez primera en la revista Escandalar, de
Nueva York, volumen 4, número 3, correspondiente a julio-setiembre
de 1981. Parte de esta obra se encuentra en Antología personal.
En una entrevista de junio de ese año, realizada por Elsa Arana
y Freire y Miguel Enesco, dice que éste es un libro de
relatos, no cuentos en el sentido tradicional. Son episodios sobre personajes
históricos, como un esbozo o una semblanza. Incluye al
poeta latino Ovidio, al narrador francés Marqués de Sade
y al pintor italiano Caravaggio, entre otros.
En el prólogo de su Antología personal,
en 1994, Ribeyro anota en contradicción de la primera cita de
este artículo: Las fronteras de los llamados géneros
son frágiles, y catalogar sus textos en uno u otro género
es a menudo un asunto circunstancial, pues toda obra literaria es en
realidad un continuum. Lo importante no es ser cuentista, novelista,
ensayista o dramaturgo, sino simplemente escritor. No más.