Existencia y sentido (*)
La tentación del fracaso
(Sergio R. Franco)
La autobiografía es un género
literario firmemente establecido, cuya historia se presenta jalonada
de una serie de obras maestras, señaló Georges Gusdorf
en el ensayo que inició en 1956 una serie de investigaciones
que han constituido una sólida teoría sobre lo autobiográfico.
La obra diarística de Julio Ramón Ribeyro, muy consciente
de las prácticas de este género, constituye, sin duda,
uno de los textos fundadores de la literatura autobiográfica
en el Perú.
En los últimos tiempos, la prosa hispanoamericana,
usualmente constreñida a unos cuantos géneros o formas,
ha comenzado a explorar diversas modalidades expresivas. Una de las
más interesantes, por su desarrollo y posibilidades, es el diario
íntimo.
Es bueno recordarlo precisamente para ubicar históricamente los
tres tomos de La tentación del fracaso, diario personal de Julio
Ramón Ribeyro los tres primeros de una larga serie
que analizaré en el presente trabajo. No cabe descartar que los
volúmenes restantes cuestionen lo que aquí se diga. En
todo caso, no pretendo sino esbozar una primera lectura de la obra y
el reconocimiento de algunas de sus líneas de fuerza.
La publicación, en 1992, del primer volumen
de La tentación del fracaso constituyó una inflexión
importante en la prosa peruana, y acaso hispanoamericana. La primera
impresión que suscitó fue que Ribeyro abandonaba su parquedad
característica, e incluso la producción paratextual más
inmediatamente ligada a la obra acude a esta idea y la subraya como
una de sus novedades mayores; la otra sería la opción
de género literario.
En realidad, la aparición de este diario resultaba
si bien no previsible, cuando menos poco sorpresiva para quienes habían
seguido la trayectoria del autor. A ese respecto, cabe recordar que
durante los ochenta se editaron obras de Ribeyro de marcado tono reflexivo
y aun confesional: una nueva edición de Prosas apátridas
(1986), Sólo para fumadores (1987) y Dichos de Luder (1989).
Todos estos textos, y también los Relatos santacrucinos
(1992) así como, desde luego, los tres primeros tomos de
La tentación del fracaso, revelan que la producción
del autor había ingresado en una nueva fase creativa, caracterizada
por la preeminencia de lo autobiográfico y lo moralizante.
Por lo que concierne a la carencia de precedentes,
para limitarnos al caso de la prosa peruana, ella, me parece, es tal.
Podría objetarse que José María Arguedas dejó
un diario formado por cuatro textos que son otras tantas etapas de una
sola ruta mórbida; y que si bien los diarios no son frecuentes
entre nosotros, algunos hay: el de Juan Ríos, el de José
García Calderón y el de Alberto Jochamowitz, estos dos
últimos redactados en francés y sobre cuya pista nos puso
el propio Ribeyro en un artículo de 1974 (Dos diaristas
peruanos) que recoge en La caza sutil (1976).
Por eso, prefiero matizar lo anterior y decir que
hay en el diario de Julio Ramón Ribeyro una novedosa sapiencia:
el acendrado rigor en el diseño o plan de una obra que en un
principio parece irse haciendo de manera asaz espontánea, pero
en la cual se manifiestan rápidamente un gusto y un conocimiento
que otorgan al autor de La tentación del fracaso un oficio
de diarista, él sí, inédito.
El diario
El diario es uno de los modos que asume la Dicción
Biográfica, la cual comprende, además, a las memorias,
la autobiografía y las confesiones, modalidades que ciertos estudiosos
denominan Géneros Introvertidos. Se trata de una forma de narración
intercalada, de temática autobiográfica, bastante libre
en lo que atañe al estilo y la composición.
En el diario, así como en las memorias, confluyen
tres instancias que se identifican en un solo sujeto: el autor, el protagonista
y el narrador. Desde una perspectiva estrictamente narratológica
no existe ninguna diferencia entre el diario de un escritor y el de
cualquier otro individuo. Constituye un error, por tanto, establecer
subgéneros diarísticos según quién
emita el texto.
Todo diario se plantea como un texto problemático
en tanto que su referente pesa como elemento de verificación,
a diferencia de lo que acontece con formas narrativas en las que se
alude a existentes, acciones y mundos posibles distintos a los de la
experiencia del eje autor-auditorio.
Podemos incluir el diario entre los géneros
didáctico-ensayísticos, es decir, entre aquellos que sólo
parcialmente contemplan o asumen una intención estética,
pues su telos se orienta hacia lo ideológico. Pero
no menos cierto es que muchos importantes diaristas suelen trabajar
con impresiones antes que con recuerdos elaborados o interpretaciones
de los mismos. De lo anterior derivan la inmediatez y vivacidad que
tanto aprecian los lectores afectos a este modo expresivo, así
como las contradicciones e inconsistencias de muchos juicios de valor.
Si bien el diario fomenta la individuación
merced a su dialéctica entre identidad y alteridad, creemos erróneo
considerar que el narratario de un diario ha de ser necesariamente el
autor mismo. En la actualidad, los diarios (así como las memorias
y las biografías) se hallan perfectamente incorporados a la industria
editorial y cuentan con un público propio. De otra parte, y en
una entrada interesante aunque contraria a lo que acabamos de indicar,
conviene recordar la hipótesis de Iuri Lotman según la
cual uno de los rasgos distintivos de trabajo del texto artístico
es la divergencia entre el destinatario formal y el destinatario real.
Los lectores de diarios suelen operar con dos a priori:
en primer lugar, consideran la realidad que el texto propone como algo
previamente dado, no como el espacio textual construido culturalmente
que realmente es. Induce a ello, sin duda, el que los diarios se perciban
como textos que proponen mundos comentados desde una perspectiva de
locución retrospectiva en relación con lo que se relata,
aun cuando por el carácter didáctico-ensayístico
mencionado el diario admite, con mucha naturalidad, perspectivas de
coincidencia y de anticipación. En segundo término consiste
en subestimar la importancia de lo siguiente: que la autoría
es un sistema social impuesto en el ámbito de la escritura incorporada
a los dialectos de la memoria de una colectividad.
Tránsitos
de una escritura
¿Para qué un diario? Una de esas preguntas
ociosas que fatiga contestar. No son muchos los diaristas
que dediquen a este tema tan constante e inspirada reflexión
como Julio Ramón Ribeyro.
Tal vez porque para muchos de esos autores la razón
de la propia escritura (y de la vida) se imponía con negligente
claridad. Es útil detenerse en la anotación del 29 de
enero de 1954: el diario es fruto de la hipocresía para con uno
mismo, opera como el derivativo de una serie de frustraciones,
que por el solo hecho de ser registradas parecen adquirir un signo positivo
y significa un problema capital planteado que jamás se
resuelve y cuya no solución es precisamente lo que permite la
existencia del diario.
En 1955, Ribeyro añade a lo anterior, casi
de pasada, que intenta hacer de sí mismo un interlocutor (anotación
del 30 de setiembre). Sin embargo, un lustro después, ese impulso
narcisista autofágico ha cedido ante la evidencia
del correcto lugar donde el texto se ubica: comencé a darme
cuenta de que el diario formaba parte de mi obra y no solamente de mi
vida (anotación del 8 de enero de 1960).
Y en 1969 observará: Yo no tengo conciencia
de mi identidad y si en una época llevé un diario casi
cotidiano, creo que fue para salvar mi identidad de los avatares de
una vida morosa, dispersa y vagabunda. (Consecuentemente, la fecha
exacta de esta anotación no se precisa).
Ahora bien, me parece detectar que tras una primera
temporada de la escritura en que la naturaleza del diario mismo era
asumida como motivo de cavilación, sobreviene luego un período
en que las observaciones a ese respecto se tornan mínimas y las
subdivisiones internas se limitan a precisar fechas: el autor ha aprendido
a convivir con esa actividad y ya no necesita interrogarse en demasía.
Quince años después de la última anotación,
Ribeyro puntualiza cómo concibe su texto: se trata por
lo general de una serie de fragmentos informativos que no
pretenden sino dar cuenta esporádicamente de mi vida activa o
reflexiva (9 de diciembre de 1975).
En 1977, el autor ya cuenta con la suficiente perspectiva
para distinguir tres etapas en esa producción: la primera va
de 1950 a 1960. Su tema: los viajes a Europa. La segunda
comprende los diez o doce años que permaneció en la agencia
France-Presse. La tercera, a la que denomina Década de
la Burocracia, el lapso durante el que trabajó en la Embajada
peruana en París y en la Unesco.
Ciertamente La tentación del fracaso, aun cuando
en un comienzo subdividido en varios minidiarios (primer diario limeño,
primer diario parisino, diario antuerpense, segundo diario limeño
con interludio ayacuchano, etc.), goza de una notoria cohesión
de estilo e intención.
En 1978 el autor asegura, amén de las dudas
sobre el valor de la obra o sobre la posibilidad de que ésta
halle lectores (temor que no creo que la actualidad confirme), la pretensión
de publicar, a manera de globo de ensayo, la primera etapa del conjunto.
Diario y alteridad
La
revisión que un escritor realiza de su diario supone un reencuentro
cuya gravedad excede la de una simple relectura: el riesgo de convertirse
en censor no en corrector de sí mismo y de perderse
en dichas páginas. En la anotación del 22 de julio de
1969, Ribeyro confía su deseo de incinerar los diarios que redactó
de 1950 a 1955. (Para ese entonces ya ha destruido los que llevó
desde 1946 hasta 1949.)
Ignoraremos, pues, lo que se escribió en esas
páginas como el autor, a su vez y en su tiempo, posiblemente
se ignoró. Sabremos lo que podamos atisbar y, si verdaderamente
nos interesa o se nos facilita, ejercitaremos el complicado arte de
leer entre líneas; intentaremos, tal vez, indagar quién
era C. y si todavía vive.
En fin, nos entretendremos con algunos datos como
quien juega con las fichas de un rompecabezas que no existe. Al autor,
por su lado, corresponde un arte mayor: el de representar. La percepción
que posee el diarista del papel que desempeña ante
el narratario extradiegético implícito otorga al diario
un innegable patetismo que incomoda al lector discreto cuando
no lo excita.
A muchos otros ciertamente aburrirá, como podría
aburrir al autor mismo su propio texto; pero para los primeros es más
fácil cambiar de lectura que para el segundo cambiar de vida
o de personaje. Esa condena me recuerda la afirmación de Franz
Kafka, trivial sólo en apariencia, según la cual el lector
de diarios que no lleve uno propio estará siempre ante éstos
en una posición falsa.
Lo confesional
y la reticencia
Los lectores suelen conjurar la fragmentariedad propia
del diario, típico texto acausal, acudiendo a la idea de trama,
con lo que se postula un telos vital. Y un ethos. Esto no escapó
a las previsiones de Ribeyro, de manera que advierte al lector: Lo
que me aterroriza es que mi diario, si alguna vez se llega a publicar
(...), pueda convertirse en un libro formativo, en el sentido
en que se encuentre en él algo de ejemplar o recomendable...
(9 de diciembre de 1975).
A ese desinterés por lo didascálico
sigue una enumeración de carencias personales: Carezco
de voluntad (pues si la tuviera no habría fumado ni bebido durante
años para librarme del mal que me mata), de ambición (pues
habría aprovechado situaciones privilegiadas para sacar ventaja
de ellas), de coraje (pues me habría ido a las guerrillas en
1964), de lealtad (pues debería haber renunciado públicamente
a mi cargo cuando cayó Velasco), de previsión (pues debería
poner orden en mi vida ahora que me estoy yendo de ella y dejo mujer
e hijo). En suma, soy el mal ejemplo, lo que debe descartarse.
No descuida atribuirse alguna virtud ha de tener
al fin y al cabo lucidez y tenacidad para la escritura. Cierto.
Quien lea La tentación del fracaso se acercará a una vida
que en muchos momentos está a punto de naufragar a lo largo de
una travesía, tensa y dolorosa, en la que resalta la terca voluntad
de vivir y crear que un hombre opone, durante años, al cangrejo
que le roe las entrañas.
Los pasajes en los que alude a su mal son, pertinentemente,
contenidos y lacónicos; ejemplares de los límites que
se ha trazado la confesión. La reserva es la forma de un decir,
no su ausencia.
La
imagen especular
Lo personal, ese terreno difuso que los seres se empeñan en defender
cuando no se desviven por crear. La trama del diario de
Julio Ramón Ribeyro no es única: los trabajos, los placeres
y los días de un joven sudamericano que no puede sino convertirse,
paulatinamente y sin que sepa muy bien cómo ni para qué,
en escritor. Jugando con una idea de Stendhal, me permito sugerir que
un diario es el espejo que lleva consigo un autor a lo largo de su ruta.
Lo primero que hay que hacer al escribir un texto
es fabricar un hablante. El de La tentación del fracaso escoge
la claridad, la concisión y la llaneza como los solos elementos
a través de los cuales invita al lector a internarse en esa Terra
Incognita que es la vida de otro, quienquiera que éste sea. Y
después, hace falta un personaje central: en este caso uno que
sugiera la imagen de quien escribe.
Aparece, entonces, la figura de un achacoso y joven
aprendiz de escritor, hiperconsciente, apático, inmune a las
modas y a las seducciones de la gloria fácil (o de la gloria
simplemente), irremediablemente atrapado por la literatura. Este personaje
se mantiene a lo largo de páginas y años, y mientras leemos
nos alarma la sensación de tiempo malgastado el de Julio
Ramón Ribeyro y el de nuestra propia lectura: el relato
de diversos acontecimientos, conversaciones, amoríos, frustraciones,
aciertos y fracasos no se va traduciendo en una evocación perfecta:
la que salva del olvido un instante, un aroma, la textura de la suave
piel de una mujer en cuyos cabellos se ovilló, alguna vez, un
fulgor.
Por el contrario, los datos que proporciona el texto
suponen poco más que la minucia. Conforme se avanza con la lectura,
el texto mejora y el personaje adquiere vivacidad. En rigor, no es sino
hasta las anotaciones de 1965 cuando La tentación del fracaso
adquiere validez estrictamente literaria, y tanto mejor marcha el texto
cuanto más hacia afuera se dirige la atención del protagonista.
Así, el punto máximo, hasta el segundo
tomo, se halla en la velada con Leopoldo Chariarse (13 de diciembre
de 1974). Las maniobras y peripecias del poeta son narradas en un perfecto
ritmo vodevilesco. Desde entonces, el diario fluye
con mayor facilidad, encontrando el tiempo para remansarse en consideraciones
sobre la literatura y la vida: se prefiere los diarios de Jünger
y Léautaud; se critica el amaneramiento con que los personajes
de Salinger cual egresados del Actors Studio se comportan;
se juzga con justa dureza El recurso del método de Carpentier,
y con poca perspicacia Aprendizaje de la limpieza, de Rodolfo Hinostroza,
o Canto de sirena, de Gregorio Martínez.
Retengo, sobre todo, una declaración como la
siguiente, óptima: Creo y seguiré creyendo que la
duración de una obra reside en gran parte en sus cualidades estrictamente
literarias. Por literarias entiendo el estilo, las metáforas,
la armonía de la frase y de la construcción, elementos
en suma sensoriales, sensuales, que muchos escritores negligen. Las
ideas pasan, la expresión queda.
Como suele ocurrir en obras de su índole, La
tentación del fracaso motivará, sin duda, sentimientos
ambivalentes. Ello es inevitable con una obra que involucra la vida
de manera directa y no rehuye detalles ni apreciaciones en que afloran
la sinceridad y el dolor.
Así, rememoro la lamentable imagen de Gonzalo
More (quien pasa a la historia tan sólo por haber sido amante
de Anaïs Nin) tan peruana, tan sudamericana, en lo que de peor
tenemos; me asombra el complejo de Rodolfo Hinostroza con respecto a
Mario Vargas Llosa a este último se le presenta como a
un individuo poco flexible ante opiniones discrepantes con la suya;
un par de apariciones de Manuel Scorza basta para hacerlo irremediablemente
antipático; Pablo Macera es un joven calculador y los poetas
Óscar Málaga (cuya poesía se tilda de chabacana),
José Rosas Ribeyro, Patrick Rosas Ribeyro y Enrique Verástegui,
desleales y políticamente poco consecuentes.
Asumir en público apreciaciones duras sobre
seres y escritos es, sin duda, un mérito en un medio como el
peruano, proclive al elogio fácil e inútil, a la vez que
reacio al intercambio de ideas.
Pero hay otras cosas también: Mimí y
su mamá, la inquebrantable amistad de Alfredo Bryce y el triste
destino de Perucho. Tampoco faltan momentos que marcaron a más
de una generación: Mayo del 68, la Revolución peruana,
la caída de Allende. Pero la Historia es apenas un eco muy bajo
que se pierde entre consideraciones privadas. Ello no me parece un defecto
y, por supuesto, no me sorprende.
Lo que definitivamente desapruebo es que una X perversa
escude la identidad de un ex ministro del Interior del Perú que
confiesa a Ribeyro, durante una conversación en París,
haber ordenado torturar a una persona (anotación del 27 de agosto
de 1978). No interesa en demasía saber quién se oculta
tras la letra C ni qué se hizo de Mimí, pero dejarnos
sin saber la identidad de dicho funcionario significa una omisión
que da miedo.
Por último, algo que tentativamente definiría
como sequedad espiritual y de corazón me aleja, a
veces, del personaje Ribeyro. He abandonado varias veces la lectura
del diario y la he retomado otras tantas, capturado por observaciones
memorables (Lo que deseamos se nos da, pero muy pocas veces en
el momento oportuno. Todo llega, sin duda, pero cuando ya no lo necesitamos
o cuando lo necesitamos menos o cuando ya no tiene importancia)
o triviales, pero en cuya simplicidad late cierta fantasía que
no ligo de golpe a la figura del autor, como una anotación que
deja entrever al amante del fútbol, o cuando proclama la superioridad
del chancho peruano sobre el cochon francés.
Estría
¿Y el placer? La respuesta se me dificulta
mucho. El placer es intransferible, por eso mis razones son sólo
eso, mías. Lo cierto es que cuando comparo La tentación
del fracaso con otros diarios relevantes, constato una suerte de vacío,
de insuficiencia, no en la expresión ni en la factura, sino en
la inteligencia y en el ritmo vital del personaje.
Leo entretenido a los Goncourt y con admiración
a Amiel; a Pavese y a Kafka, con cautela; a Jünger, con respeto.
La lectura de estos tres tomos proporciona una imagen de Ribeyro paradójicamente
exterior. Me explico: una sensación de que las páginas
de La tentación del fracaso no encierran secreto esencial alguno
ni un excesivo interés por lo ajeno. Y por ello desconcierta
y atrae la figura de Ribeyro. Porque es engañosamente común.