A toda voz en Cajamarca
(Mónica Delgado)
La historia de los recitales en el Perú no
tiene más de diez páginas, y reúne aquellos encuentros
y festivales dedicados íntegramente a la poesía, que en
su mayoría se desarrollaron en provincias, concentrando a la
crema y nata de los escritores limeños; o a esos otros actos
que rinden homenaje a sus coterráneos más egregios, novatos
y veteranos, en una suerte de salvar lo nuestro.
Entre estas dos tendencias está el Segundo
Festival Internacional de Poesía El Patio Azul, que se efectuó
en Cajamarca desde el jueves 19 hasta ayer, y fue organizado por Antares
institución particular que apuesta por la difusión
de las artes y las letras y el Instituto Nacional de Cultura,
que busca descentralizar la producción cultural.
Durante cuatro fechas se congregaron seis poetas de cuatro países
latinoamericanos y una veintena de vates peruanos. El argentino Marcos
Silber; los colombianos María Mercedes Carranza, Jotamario Arbeláez
y Celedonio Orjuela Duarte; el ecuatoriano Julio Pazos Barrera; y la
costarricense María Montero formaron la delegación extranjera
en una primera visita al país.
Una auténtica fiesta que, con verdadera fidelidad
a su voz latina festivalis, hizo de estos días una consagración
al arte de la palabra. No se trató sólo de un encuentro,
sino de la comunión de diversas voces que llevaron a los oyentes
a disímiles propuestas y entornos poéticos.
Desde el afiche que promocionaba el festival, en el
que se aprecian las figuras de Vallejo, Westphalen (lástima que
apareciera en su silla de ruedas como si esa fuese su eterna pose),
Valdelomar, Adán, Eguren, Guevara, Martos y Corcuera, entre otros,
podía entreverse el espíritu abarcador, que incluso rompe
generaciones y las concilia.
Por eso intervinieron desde poetas de la generación
del 60 como Rodolfo Hinostroza, Luis La Hoz, Ricardo Silva-Santisteban
y Jesús Cabel hasta los más jóvenes como los del
Grupo Ana.
Este segundo festival internacional que en realidad debió
ser el primero, ya que el celebrado el año pasado fue un encuentro
nacional contó con el loable auspicio de Minera Yanacocha,
y se convirtió en la contraparte del desdén de algunas
instituciones privadas hacia la cultura.