Edición Nš 21
Lunes 23, setiembre 2002
Director:
Hugo Coya Honores
Editor:
Enrique Cortez

Redactor:
Jorge Coaguila
Editor Gráfico:
Alejandro Kanashiro
Diseño y Diagramación:

Julio Rivadeneyra Usurin.
Actuales
Mónica Delgado
Poesía que no se calla
Daniel Contreras M.
Encuentro con Marcos Silber

Reseñas
Angélica Serna
Amaru: Nueva colección
Álvaro Sarco
Reminiscencias incaicas

Ensayo
Sergio R. Franco
La tentación del fracaso


Documentos
Ángel Esteban
Dos cartas inéditas de Julio Ramón

Entrevista
Ángel Esteban y Ana Gallego
Ribeyro por Vargas Llosa


Precisiones
Jorge Coaguila
El otro Ribeyro


Lecturas
David Roca Basadre
A favor de los que sobran


Poesía
Miguel Á. Zapata
Eduardo Chirinos y el traspaso de la palabra








Reminiscencias incaicas

(Alvaro Sarco)

   Vencida la defensa de Lima organizada por Piérola, entró la soldadesca chilena a la capital en enero de 1881. Poco duró la promesa de los invasores de respetar la ciudad, ya que, como lo denunció el entonces director de la Biblioteca Nacional, Manuel de Odriozola: “El 26 de febrero se me exigió la entrega de las llaves de la biblioteca, dándose principio al más escandaloso y arbitrario despojo. Los libros son llevados en carretas, y entiendo que se les embarca con destino a Santiago.”
   Así desapareció uno de los tres manuscritos de la obra del canónigo Justo Apu Sahuaraura Inca: Recuerdos de la monarquía peruana o bosquejo de la historia de los incas, de 1838 aproximadamente (el segundo se conserva en la Biblioteca Nacional, pero gravemente dañado por el incendio de 1943, y el tercero se extravió tras ser editado en Francia).
   El manuscrito robado inició un largo periplo que lo llevaría de la biblioteca de un coleccionista argentino –que lo había comprado alrededor de 1923 a un bibliófilo chileno–, a la famosa colección del brasileño José Mindlin, por 1970. Fue este último quien mostró a un grupo de miembros de la Fundación Telefónica del Perú el importante códice para, finalmente, permitir la publicación facsimilar del mismo, dado el interés de la delegación.
   Justo Apu Sahuaraura Inca editó su obra hacia 1850 en París y, recientemente, ha sido reeditada en Bolivia a partir de dicha versión parisiense. Sin embargo, como afirma el historiador peruano Javier Flores Espinoza, esta edición es una abreviación del manuscrito de Mindlin, además, carece del tenor antihispánico del documento del brasileño, y, por último, las acuarelas de los incas que acompañan a la edición de 1850 no parecen tener sustento histórico, a diferencia de las de la edición facsimilar, auspiciada por Telefónica. Éstas habrían sido, de acuerdo con la hipótesis atendible del historiador peruano, tomadas del “árbol real” enviado por Paullu Inca a Garcilaso en 1605.
   Por lo dicho, resulta encomiable la publicación de Telefónica al ofrecernos un acercamiento a la fisonomía de los incas, además de constituirse –como afirma José Tamayo Herrera en Ideas y mentalidad andina durante el siglo XIX– en una pista invalorable para sondear la mentalidad de quienes se sentían descendientes de lo más acrisolado de la nobleza indígena en pleno siglo republicano.







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