Edición Nš 21
Lunes 23, setiembre 2002
Director:
Hugo Coya Honores
Editor:
Enrique Cortez

Redactor:
Jorge Coaguila
Editor Gráfico:
Alejandro Kanashiro
Diseño y Diagramación:

Julio Rivadeneyra Usurin.
Actuales
Mónica Delgado
Poesía que no se calla
Daniel Contreras M.
Encuentro con Marcos Silber

Reseñas
Angélica Serna
Amaru: Nueva colección
Álvaro Sarco
Reminiscencias incaicas

Ensayo
Sergio R. Franco
La tentación del fracaso


Documentos
Ángel Esteban
Dos cartas inéditas de Julio Ramón

Entrevista
Ángel Esteban y Ana Gallego
Ribeyro por Vargas Llosa


Precisiones
Jorge Coaguila
El otro Ribeyro


Lecturas
David Roca Basadre
A favor de los que sobran


Poesía
Miguel Á. Zapata
Eduardo Chirinos y el traspaso de la palabra








Ribeyro por Vargas Llosa

(Angel Esteban y Ana Gallego)

   La imagen que uno proyecta a los demás es siempre una construcción. Para Mario Vargas Llosa, la figura del autor de La palabra del mudo se muestra signada por la admiración que su obra le suscitó, pero también por cierto resentimiento que le generó su conducta política en la época en que Alan García Pérez gobernó el Perú.

   Gracias a Alida de Ribeyro, quien nos atendió amablemente en su residencia del Parc Monceau de París, pudimos hablar por teléfono con Patricia y concertar una cita con Mario Vargas Llosa para entrevistarle en Marbella, aprovechando que somos de allí y el matrimonio Vargas Llosa suele pasar tres semanas al año en la Costa del Sol española.
   Era un día muy caluroso de agosto y nos recibió en el hall de la clínica de ayuno donde transcurren sus vacaciones. El propósito era charlar un rato sobre esa relación de amistad con Julio Ramón Ribeyro, que duró tanto tiempo, y que podría ayudarnos a completar la biografía que estamos escribiendo sobre el mejor cuentista peruano de todos los tiempos, fallecido hace ya ocho años.
   Las preguntas y respuestas fluyeron durante más de hora y media con una cordialidad que el periodista agradece siempre cuando se encuentra ante un personaje de esa talla intelectual y humana.
¿Cuándo conociste a Julio Ramón?
   –Tal vez lo conocí antes de salir de Lima, aunque no tengo ningún recuerdo de esa época. Puede que lo hubiera leído ya. Cuando salí de Lima en 1958, él estaba en Europa, pero después regresó al Perú. No recuerdo si él había vuelto cuando yo me fui para Francia. La primera imagen que guardo de él es cuando llegó a París por segunda vez, en 1959 o 1960. Yo trabajaba ya en la France-Presse, donde había otro peruano, Lucho Loayza. A partir de entonces lo traté mucho. Llegó sin muchas perspectivas laborales; y Lucho y yo hicimos una gestión, porque estaba formándose el desk español de la agencia, una oficina donde se traducía y se hacía un servicio directo en español con un grupo de latinoamericanos y españoles, muchos de los cuales tuvieron después un gran protagonismo en medios de comunicación, como Cebrián, Tomás Salas –quien fundó después Diario 16–, entre otros. Como todavía había un cupo, pasó un examen y comenzó a trabajar con nosotros. Nos hicimos bastante amigos, algunas veces coincidíamos en los turnos, aunque a veces él hacía el servicio de noche, el mejor pagado pero el más pesado, de las dos a las ocho de la mañana. Ese yo no lo hice nunca porque a esas horas trabajaba en la Radio Televisión Francesa. Él vivía en un apartamento en la rue San Severin, en pleno Barrio Latino.
Eran los años de la guerra de Argelia...
–Exacto. Eran tiempos de mucha tensión y efervescencia política, y Julio Ramón era una de las personas más desinteresadas en ese tipo de temas. Él miraba con mucho escepticismo, una especie de discreta ironía, nuestros entusiasmos políticos. Sin embargo, recuerdo mucho, por ejemplo, que yo, que estaba metido en unas redes de apoyo al FLN, organizadas por un profesor francés, discípulo y amigo de Sartre, convencí a Julio Ramón para que también participara. Su casa se convirtió en un almacén de propaganda, paquetes, folletos, libros de apoyo al FLN. Creo que aceptó más por amistad que por pasión política, pues no tenía ningún interés personal, más bien una especie de desdén por todo tipo de entusiasmo. El barrio donde él vivía estaba lleno de argelinos que trabajaban para el Gobierno francés y se encargaban de vigilar la zona para observar los movimientos de los árabes. Así, vivíamos un poco sobresaltados, porque veíamos constantemente las patrullas de esa peculiar policía.
¿Cómo era en aquella época en que lo comenzaste a tratar?
–Cuando lo conocí, era casi la caricatura del fin de estirpe, ya que pertenece a una familia aristocrática, una de las familias más antiguas de Lima, venida a menos y arruinada económicamente, integrada en la clase media. Pero, además, en él se daba una especie de indefensión ante la vida, la persona que no ha sido preparada en absoluto para dar una batalla en este mundo de fieras que se matan en la vida moderna. Era quizá la persona más tímida que he conocido, con una inmensa inhibición para las mujeres, por ejemplo. Al mismo tiempo, parecía una persona totalmente literaria, que vivía en un mundo de lecturas, de pasión literaria, si es que se puede hablar de pasión en él. Pienso que tenía un gran control sobre sus emociones. El primer contacto con él era siempre difícil, porque hablaba muy poco, debido a su timidez. Luego ya, en la intimidad, con amigos a los que quería mucho, se soltaba. Era una persona sumamente inteligente a la hora de dar juicios literarios: tenía una visión muy sólida, precisa y firme de lo que le gustaba o no y por qué. Fue más un clásico que un moderno. Sus aficiones eran siempre el siglo XIX –Flaubert, Stendhal, la literatura francesa– y tengo la impresión de que leía poco en inglés; nunca le vi entusiasmarse tanto por autores anglosajones como por los franceses. Era un gran lector de diarios literarios. Era muy amigo de sus amigos y su vida estaba muy ligada a la relación con los amigos íntimos. Llevaba una vida bohemia, como la mayoría de los peruanos en París. Pero no era propiamente un bohemio. Le gustaba el vino, pero nunca fue un borrachín. Salía mucho con amigos; tenía, por ejemplo, muchos amigos pintores.
¿Y sus relaciones amorosas?
–No conocí en esa etapa ningún romance de Julio Ramón. Yo vi nacer su relación con Alida, que al principio fue algo complicada, pues ella no daba facilidades. Practicábamos entre nuestro grupo el “juego de la verdad”, en el que se trataba de decir verdades los unos a los otros, y el interpelado tenía que aceptar o rechazar lo que se le proponía. Era un juego algo perverso, no sé cómo no terminamos todos peleados. En ese juego descubrimos que Julio Ramón había estado tratando de enamorar a Alida, que estaba recién llegada a París. Un día, en pleno juego, Carlos Meneses...
¿El crítico y escritor peruano que vive ahora en España y que adora a Julio Ramón…?
–Efectivamente. Carlos Meneses preguntó a Alida: “¿Qué harías tú si Julio Ramón te hubiera empezado a enamorar?”. Y ella contestó: “Ya ha empezado”. Julio Ramón se puso muy nervioso, comenzó a encender cigarros uno detrás de otro, y dijo: “Ah, entonces... ¿ya he empezado?”. No recuerdo muy bien los detalles, pero cuando le volvieron a preguntar a Alida, ella comentó que se le había declarado siete veces. Al final, acabaron casándose y su vida cambió. Se fueron a vivir a una casita cerca del cementerio de Pierre Lachaise y desde su ventana se veían las tumbas.
Aparte de su obra literaria, ¿qué otros intereses había en su vida?
–En esos años de París, al mismo tiempo que era un gran lector, él se interesaba muchísimo por lo que pasaba en el Perú. Estaba siempre prestándonos a Lucho y a mí libritos que se publicaban en Lima, esas ediciones pequeñitas imposibles de conseguir aquí. A él le llegaban por su hermano, que era su gran colaborador literario. Lo tenía constantemente alimentado de informaciones sobre lo que ocurría con la vida literaria limeña y seguía muy de cerca todo lo que ocurría en el Perú, a pesar de que llevaba ya mucho tiempo fuera del país. Después siguió una carrera diplomática, en la que Alida tuvo mucho que ver. Ella es muy ambiciosa, activa, muy ejecutiva. Se hizo muy amiga de Velasco, cuando era agregado militar en París, y de su mujer, con la que llegó a intimar bastante. Ella le consiguió esos primeros puestos diplomáticos. Más tarde, fue ascendiendo en la carrera. Él nunca habría luchado por ese tipo de puestos. No tenía ambiciones. Incluso en el campo literario era una persona excepcionalmente desprovista de ambiciones, apetitos. Es el más desinteresado que conocí con respecto a lo que ocurriría con su obra, con él mismo. Nunca entró en la feria literaria, el comercio, la rencilla. No era nada envidioso con el éxito ajeno. Tenía una vida interior riquísima, pero a ella tenían acceso muy pocas personas. Yo nunca llegué a tener una gran intimidad con él, aunque puedo afirmar que fuimos muy buenos amigos. Llegué a tener una gran confianza con él: fue una de las primeras personas a las que di a leer el manuscrito La ciudad y los perros. Me escribió después una carta muy cariñosa.
Claro, lo ha escrito él en La tentación del fracaso. ¿Y después de esa época?
–Yo me fui enseguida de París. En 1966 me trasladé a Londres y lo veía de una manera mucho más esporádica. Lo veía generalmente cuando teníamos reuniones políticas en París. Él asistió a esas reuniones con la frialdad de siempre, sin ser participante activo. Cuando estallaron las acciones del MIR, un grupo de peruanos firmó un manifiesto solidarizándonos. Julio Ramón también firmó. Parecía increíble, pues él no tenía ningún entusiasmo ideológico. Pero sí era un hombre muy solidario y por eso firmó. Era un hombre muy escéptico, como lo reflejan muchos de los personajes de sus cuentos. Él tenía algo de melancólico, de fijación con el pasado. Era muy sensible al tiempo ido, pasado, vivía del pasado y rechazaba la experimentación, la novedad. Era mucho más un clásico.
Cuando entra en el cuerpo diplomático, ¿cómo fue su actitud ante la política?
–Una persona que entra a formar parte de la diplomacia de su país no puede lavarse las manos, pero en una dictadura es más peligroso, porque ésta convierte a todos los diplomáticos en agentes suyos. Julio Ramón hizo lo posible y lo imposible por, en esta situación, conservar una dignidad. Fue elegante: no entró en el servilismo de otro para ganar méritos. Hay que reconocerlo. Mantuvo un mínimo de decoro en lo que hizo y escribió. En realidad, lo que intentaba es que su trabajo le permitiera mantenerse económicamente y que a la vez le dejara tiempo para escribir. Ya fue más complicado cuando lo hicieron embajador, pues tenía más responsabilidad y, por tanto, me imagino que tendría que hacer más concesiones. Después vino lo de Alan García, que lo condecoró. Supongo que, aunque no sintiera una identificación ideológica, sí al menos aceptó el reconocimiento.
Julio Ramón no sabía, antes de acudir al acto, de que iban a condecorarlo…
–Yo me libré, pues a mí me invitaron también, pero sospeché que algo iba a pasar y no acudí. Julio Ramón, cuando se vio en la encerrona, no tuvo más remedio que aceptar, muy a su pesar, y tuvo que agradecer públicamente al Gobierno esa concesión. En esa época, cada vez que yo pasaba por París íbamos a almorzar. Una vez con Alfredo Bryce tuvimos una comida los tres en que hablamos exclusivamente de los últimos modistas italianos, nada más lejano a la política.
¿Y en los últimos años de Alan García?
–En realidad, no tuve un incidente con él, porque no lo volví a ver, pero quedé muy apenado por el cariño personal que yo le tenía, aparte de la admiración literaria. Fue en 1987 y 1988, cuando intervine en política contra el gobierno de Alan García por la nacionalización de la banca. Hubo muchos manifiestos de la izquierda contra mí, pero lo que me apenó mucho fue que el manifiesto que salió en París estaba no sólo firmado por él, sino que, además, él había estado recabando firmas. Lo supe porque uno de los ultras que había en París escribió un artículo atacando a Julio Ramón por colaborar de esa manera con el gobierno de Alan García y lo acusaba no por defenderme a mí, sino, para atacar al Gobierno, de haber participado así en los intereses gubernamentales. Eso lo cuento en las memorias.
El pez en el agua.
–Efectivamente, lo cuento porque me pareció muy feo el gesto. Me imagino que tuvo que obedecer órdenes de Alan y no le quedó más remedio. Luego me mandó un mensaje con Patricia Pinilla, que era editora en ese momento de Seix Barral en el Perú, muy amiga de los dos, diciendo que no me preocupara, que era una cosa circunstancial, pragmática, y eso me pareció peor. Después no lo volví a ver más. Perdí el contacto con él y poco después me enteré de que estaba muy grave.

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Llega la hora de la comida en la clínica en donde Mario pasa sus vacaciones. Al ser ya la segunda semana de estancia, el régimen es menos severo. Durante todo este tiempo hemos podido comprobar cómo estimaba Mario a Julio Ramón y el tremendo respeto y admiración literarios que despertó la “palabra” de este singular “mudo” en el autor de La ciudad y los perros. Dos colosos de nuestra literatura frente a frente para dar un especial relieve a la lengua de Cervantes con sus respectivas obras.

 







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