Ribeyro por Vargas Llosa
(Angel Esteban y Ana Gallego)
La imagen que uno proyecta a los demás es
siempre una construcción. Para Mario Vargas Llosa, la figura
del autor de La palabra del mudo se muestra signada por la admiración
que su obra le suscitó, pero también por cierto resentimiento
que le generó su conducta política en la época
en que Alan García Pérez gobernó el Perú.
Gracias a Alida de Ribeyro, quien nos atendió
amablemente en su residencia del Parc Monceau de París, pudimos
hablar por teléfono con Patricia y concertar una cita con Mario
Vargas Llosa para entrevistarle en Marbella, aprovechando que somos
de allí y el matrimonio Vargas Llosa suele pasar tres semanas
al año en la Costa del Sol española.
Era un día muy caluroso de agosto y nos recibió
en el hall de la clínica de ayuno donde transcurren sus vacaciones.
El propósito era charlar un rato sobre esa relación de
amistad con Julio Ramón Ribeyro, que duró tanto tiempo,
y que podría ayudarnos a completar la biografía que estamos
escribiendo sobre el mejor cuentista peruano de todos los tiempos, fallecido
hace ya ocho años.
Las preguntas y respuestas fluyeron durante más
de hora y media con una cordialidad que el periodista agradece siempre
cuando se encuentra ante un personaje de esa talla intelectual y humana.
¿Cuándo conociste a Julio Ramón?
Tal vez lo conocí antes de salir de Lima,
aunque no tengo ningún recuerdo de esa época. Puede que
lo hubiera leído ya. Cuando salí de Lima en 1958, él
estaba en Europa, pero después regresó al Perú.
No recuerdo si él había vuelto cuando yo me fui para Francia.
La primera imagen que guardo de él es cuando llegó a París
por segunda vez, en 1959 o 1960. Yo trabajaba ya en la France-Presse,
donde había otro peruano, Lucho Loayza. A partir de entonces
lo traté mucho. Llegó sin muchas perspectivas laborales;
y Lucho y yo hicimos una gestión, porque estaba formándose
el desk español de la agencia, una oficina donde se traducía
y se hacía un servicio directo en español con un grupo
de latinoamericanos y españoles, muchos de los cuales tuvieron
después un gran protagonismo en medios de comunicación,
como Cebrián, Tomás Salas quien fundó después
Diario 16, entre otros. Como todavía había un cupo,
pasó un examen y comenzó a trabajar con nosotros. Nos
hicimos bastante amigos, algunas veces coincidíamos en los turnos,
aunque a veces él hacía el servicio de noche, el mejor
pagado pero el más pesado, de las dos a las ocho de la mañana.
Ese yo no lo hice nunca porque a esas horas trabajaba en la Radio Televisión
Francesa. Él vivía en un apartamento en la rue San Severin,
en pleno Barrio Latino.
Eran los años de la guerra de Argelia...
Exacto. Eran tiempos de mucha tensión y efervescencia política,
y Julio Ramón era una de las personas más desinteresadas
en ese tipo de temas. Él miraba con mucho escepticismo, una especie
de discreta ironía, nuestros entusiasmos políticos. Sin
embargo, recuerdo mucho, por ejemplo, que yo, que estaba metido en unas
redes de apoyo al FLN, organizadas por un profesor francés, discípulo
y amigo de Sartre, convencí a Julio Ramón para que también
participara. Su casa se convirtió en un almacén de propaganda,
paquetes, folletos, libros de apoyo al FLN. Creo que aceptó más
por amistad que por pasión política, pues no tenía
ningún interés personal, más bien una especie de
desdén por todo tipo de entusiasmo. El barrio donde él
vivía estaba lleno de argelinos que trabajaban para el Gobierno
francés y se encargaban de vigilar la zona para observar los
movimientos de los árabes. Así, vivíamos un poco
sobresaltados, porque veíamos constantemente las patrullas de
esa peculiar policía.
¿Cómo era en aquella época en que lo comenzaste
a tratar?
Cuando lo conocí, era casi la caricatura del fin de estirpe,
ya que pertenece a una familia aristocrática, una de las familias
más antiguas de Lima, venida a menos y arruinada económicamente,
integrada en la clase media. Pero, además, en él se daba
una especie de indefensión ante la vida, la persona que no ha
sido preparada en absoluto para dar una batalla en este mundo de fieras
que se matan en la vida moderna. Era quizá la persona más
tímida que he conocido, con una inmensa inhibición para
las mujeres, por ejemplo. Al mismo tiempo, parecía una persona
totalmente literaria, que vivía en un mundo de lecturas, de pasión
literaria, si es que se puede hablar de pasión en él.
Pienso que tenía un gran control sobre sus emociones. El primer
contacto con él era siempre difícil, porque hablaba muy
poco, debido a su timidez. Luego ya, en la intimidad, con amigos a los
que quería mucho, se soltaba. Era una persona sumamente inteligente
a la hora de dar juicios literarios: tenía una visión
muy sólida, precisa y firme de lo que le gustaba o no y por qué.
Fue más un clásico que un moderno. Sus aficiones eran
siempre el siglo XIX Flaubert, Stendhal, la literatura francesa
y tengo la impresión de que leía poco en inglés;
nunca le vi entusiasmarse tanto por autores anglosajones como por los
franceses. Era un gran lector de diarios literarios. Era muy amigo de
sus amigos y su vida estaba muy ligada a la relación con los
amigos íntimos. Llevaba una vida bohemia, como la mayoría
de los peruanos en París. Pero no era propiamente un bohemio.
Le gustaba el vino, pero nunca fue un borrachín. Salía
mucho con amigos; tenía, por ejemplo, muchos amigos pintores.
¿Y sus relaciones amorosas?
No conocí en esa etapa ningún romance de Julio Ramón.
Yo vi nacer su relación con Alida, que al principio fue algo
complicada, pues ella no daba facilidades. Practicábamos entre
nuestro grupo el juego de la verdad, en el que se trataba
de decir verdades los unos a los otros, y el interpelado tenía
que aceptar o rechazar lo que se le proponía. Era un juego algo
perverso, no sé cómo no terminamos todos peleados. En
ese juego descubrimos que Julio Ramón había estado tratando
de enamorar a Alida, que estaba recién llegada a París.
Un día, en pleno juego, Carlos Meneses...
¿El crítico y escritor peruano que vive ahora en España
y que adora a Julio Ramón
?
Efectivamente. Carlos Meneses preguntó a Alida: ¿Qué
harías tú si Julio Ramón te hubiera empezado a
enamorar?. Y ella contestó: Ya ha empezado.
Julio Ramón se puso muy nervioso, comenzó a encender cigarros
uno detrás de otro, y dijo: Ah, entonces... ¿ya
he empezado?. No recuerdo muy bien los detalles, pero cuando le
volvieron a preguntar a Alida, ella comentó que se le había
declarado siete veces. Al final, acabaron casándose y su vida
cambió. Se fueron a vivir a una casita cerca del cementerio de
Pierre Lachaise y desde su ventana se veían las tumbas.
Aparte de su obra literaria, ¿qué otros intereses había
en su vida?
En esos años de París, al mismo tiempo que era un
gran lector, él se interesaba muchísimo por lo que pasaba
en el Perú. Estaba siempre prestándonos a Lucho y a mí
libritos que se publicaban en Lima, esas ediciones pequeñitas
imposibles de conseguir aquí. A él le llegaban por su
hermano, que era su gran colaborador literario. Lo tenía constantemente
alimentado de informaciones sobre lo que ocurría con la vida
literaria limeña y seguía muy de cerca todo lo que ocurría
en el Perú, a pesar de que llevaba ya mucho tiempo fuera del
país. Después siguió una carrera diplomática,
en la que Alida tuvo mucho que ver. Ella es muy ambiciosa, activa, muy
ejecutiva. Se hizo muy amiga de Velasco, cuando era agregado militar
en París, y de su mujer, con la que llegó a intimar bastante.
Ella le consiguió esos primeros puestos diplomáticos.
Más tarde, fue ascendiendo en la carrera. Él nunca habría
luchado por ese tipo de puestos. No tenía ambiciones. Incluso
en el campo literario era una persona excepcionalmente desprovista de
ambiciones, apetitos. Es el más desinteresado que conocí
con respecto a lo que ocurriría con su obra, con él mismo.
Nunca entró en la feria literaria, el comercio, la rencilla.
No era nada envidioso con el éxito ajeno. Tenía una vida
interior riquísima, pero a ella tenían acceso muy pocas
personas. Yo nunca llegué a tener una gran intimidad con él,
aunque puedo afirmar que fuimos muy buenos amigos. Llegué a tener
una gran confianza con él: fue una de las primeras personas a
las que di a leer el manuscrito La ciudad y los perros. Me escribió
después una carta muy cariñosa.
Claro, lo ha escrito él en La tentación del fracaso.
¿Y después de esa época?
Yo me fui enseguida de París. En 1966 me trasladé
a Londres y lo veía de una manera mucho más esporádica.
Lo veía generalmente cuando teníamos reuniones políticas
en París. Él asistió a esas reuniones con la frialdad
de siempre, sin ser participante activo. Cuando estallaron las acciones
del MIR, un grupo de peruanos firmó un manifiesto solidarizándonos.
Julio Ramón también firmó. Parecía increíble,
pues él no tenía ningún entusiasmo ideológico.
Pero sí era un hombre muy solidario y por eso firmó. Era
un hombre muy escéptico, como lo reflejan muchos de los personajes
de sus cuentos. Él tenía algo de melancólico, de
fijación con el pasado. Era muy sensible al tiempo ido, pasado,
vivía del pasado y rechazaba la experimentación, la novedad.
Era mucho más un clásico.
Cuando entra en el cuerpo diplomático, ¿cómo
fue su actitud ante la política?
Una persona que entra a formar parte de la diplomacia de su país
no puede lavarse las manos, pero en una dictadura es más peligroso,
porque ésta convierte a todos los diplomáticos en agentes
suyos. Julio Ramón hizo lo posible y lo imposible por, en esta
situación, conservar una dignidad. Fue elegante: no entró
en el servilismo de otro para ganar méritos. Hay que reconocerlo.
Mantuvo un mínimo de decoro en lo que hizo y escribió.
En realidad, lo que intentaba es que su trabajo le permitiera mantenerse
económicamente y que a la vez le dejara tiempo para escribir.
Ya fue más complicado cuando lo hicieron embajador, pues tenía
más responsabilidad y, por tanto, me imagino que tendría
que hacer más concesiones. Después vino lo de Alan García,
que lo condecoró. Supongo que, aunque no sintiera una identificación
ideológica, sí al menos aceptó el reconocimiento.
Julio Ramón no sabía, antes de acudir al acto, de que
iban a condecorarlo
Yo me libré, pues a mí me invitaron también,
pero sospeché que algo iba a pasar y no acudí. Julio Ramón,
cuando se vio en la encerrona, no tuvo más remedio que aceptar,
muy a su pesar, y tuvo que agradecer públicamente al Gobierno
esa concesión. En esa época, cada vez que yo pasaba por
París íbamos a almorzar. Una vez con Alfredo Bryce tuvimos
una comida los tres en que hablamos exclusivamente de los últimos
modistas italianos, nada más lejano a la política.
¿Y en los últimos años de Alan García?
En realidad, no tuve un incidente con él, porque no lo
volví a ver, pero quedé muy apenado por el cariño
personal que yo le tenía, aparte de la admiración literaria.
Fue en 1987 y 1988, cuando intervine en política contra el gobierno
de Alan García por la nacionalización de la banca. Hubo
muchos manifiestos de la izquierda contra mí, pero lo que me
apenó mucho fue que el manifiesto que salió en París
estaba no sólo firmado por él, sino que, además,
él había estado recabando firmas. Lo supe porque uno de
los ultras que había en París escribió un artículo
atacando a Julio Ramón por colaborar de esa manera con el gobierno
de Alan García y lo acusaba no por defenderme a mí, sino,
para atacar al Gobierno, de haber participado así en los intereses
gubernamentales. Eso lo cuento en las memorias.
El pez en el agua.
Efectivamente, lo cuento porque me pareció muy feo el gesto.
Me imagino que tuvo que obedecer órdenes de Alan y no le quedó
más remedio. Luego me mandó un mensaje con Patricia Pinilla,
que era editora en ese momento de Seix Barral en el Perú, muy
amiga de los dos, diciendo que no me preocupara, que era una cosa circunstancial,
pragmática, y eso me pareció peor. Después no lo
volví a ver más. Perdí el contacto con él
y poco después me enteré de que estaba muy grave.
lll
Llega la hora de la comida en la clínica en donde Mario pasa
sus vacaciones. Al ser ya la segunda semana de estancia, el régimen
es menos severo. Durante todo este tiempo hemos podido comprobar cómo
estimaba Mario a Julio Ramón y el tremendo respeto y admiración
literarios que despertó la palabra de este singular
mudo en el autor de La ciudad y los perros. Dos colosos
de nuestra literatura frente a frente para dar un especial relieve a
la lengua de Cervantes con sus respectivas obras.