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Desaprender
nuestro privilegio (*)
John Beverley
Profesor de la Universidad de Pittsburgh,
EE.UU.
Desde
que se planteó a inicios del siglo XX, el problema indígena
ha presentado un conjunto de salidas en general inviables, optándose
al fin por una cultura del mestizaje. Tanto desde el Estado como desde
las propuestas indigenistas se ha evitado considerar la
propia agenda social y política de las naciones indígenas.
Al respecto, el Boletín Titikaka publicado en Puno de 1926
a 1930 por el Grupo Orkopata tiene mucho que decirnos.
En
una entrevista a Ángel Rama poco antes de su muerte, ocurrida en
1983, se le preguntó si en la última novela de José
María Arguedas, El zorro de arriba y el zorro de abajo (1971),
había todavía una esperanza para la cultura indígena.
Rama respondió:
Sin duda, pero no de la cultura indígena
sino de la cultura mestiza, porque la cultura india ya no tenía
sentido. Lo que él [Arguedas] comprendió es que efectivamente
la salida era esa barrosa salida del mestizaje. Ese zigzagueante, y muchas
veces sucio, camino, como la vida misma, pero que era mucho más
rico en posibilidades. /1
¿Más rico en posibilidades
para quién, sin embargo? Defensor de la grandeza artística
y política de Arguedas, Rama revela aquí una inesperada
y paradójica coincidencia con la conocida posición de Mario
Vargas Llosa, el impugnador del indigenismo de Arguedas, sobre la necesidad
de destruir o transformar las culturas indígenas en nombre de su
incorporación a una modernidad capitalista.
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Rama entiende lo que él llama transculturación
narrativa es decir, su propuesta de una política cultural
consistente con la barrosa salida del mestizaje como
algo que ocurre entre una cultura nacional hegemónica
y las culturas indígenas o subalternas y no como un recurso inherente
a estas últimas.
La transculturación funciona para Rama (como
antes para el etnógrafo cubano Fernando Ortiz, el inventor del
concepto) como una teleología, no sin momentos de violencia,
pérdida y desolación pero necesaria en última instancia
para la formación de una cultura nacional inclusiva.
La ciudad letrada latinoamericana de
origen colonial-europeo tiene el poder de incorporar la oralidad
de las culturas indígenas y/o campesinas, pero sólo a expensas
de relativizar la autoridad cultural de éstas.
Aunque en principio literatura y oralidad tienen una
posición igual en el proceso de transculturación narrativa
ya que la literatura también es modificada por su contacto
con lo no letrado, lo no-europeo, como en el caso de Arguedas de
hecho la literatura es el polo dominante, el lugar desde donde se efectúa
la transculturación.
Es decir, la dirección de la transculturación
es hacia la ciudad letrada y el Estado (en el espacio) y hacia
la modernidad (en el tiempo). La novela se privilegia sobre las formas
narrativas indígenas; el español sobre los idiomas indígenas;
la posición del intelectual tradicional en el sentido que
da Antonio Gramsci a ese término como Arguedas sobre la posición
del intelectual orgánico indígena.
La escritura y el libro no están necesariamente
ausentes en el interior de las culturas indígenas contemporáneas.
La dominación de la cultura europea se funda, entre otros aspectos,
en la destrucción del corpus de los textos indígenas. Pero
aparecen en ellas de una forma enrevesada difícilmente representada
por la idea de transculturación narrativa.
En su libro sobre las rebeliones campesinas en la India
colonial, Ranajit Guha cuenta que, en una ocasión, Kanhu, el líder
de la insurrección santal de 1855 (el equivalente, quizás,
de la rebelión de Túpac Amaru II), muestra ante sus seguidores
unos papeles supuestamente caídos del cielo como evidencia
del apoyo que los dioses le brindan.
Posteriormente, un periodista examina los papeles, ya
desechados por Kanhu, y descubre que o están en blanco o son páginas
sueltas de un horario de tren y de una traducción a algún
idioma de la India del evangelio de San Juan. Guha comenta:
Las
condiciones de una cultura preletrada en este caso hacen posible que la
insurrección se propague no sólo en la forma grafémica
de un discurso divorciado de su contexto [el horario de tren], sino también
en un material de escritura funcionando por sí mismo sin marcas
grafémicas. El principio que gobierna esta extensión es
esencialmente equivalente a la práctica de beber la palabra
en algunas regiones islamizadas de África. Allá la tinta
o el pigmento usado para inscribir oraciones sagradas sobre papel, papiro
o piel, y por lo tanto atribuido con la santidad de la misma oración,
es disuelta en agua y tomada como remedio para ciertos males. Pero hay
una diferencia también. Donde [en el caso de la práctica
de beber la palabra] la proyección metonímica
de poderes sobrenaturales de la palabra escrita a los materiales para
escribir es empleada para alistar la gracia de Alá con el propósito
de remediar una enfermedad, para los santals este mismo procedimiento
sirve más bien para justificar su esfuerzo de remediar los males
del mundo por fuerza de las armas.
/3
Sin duda, hay elementos de transculturación para
no decir de performance posmodernista en las acciones del rebelde
hindú. Pero es una transculturación gobernada por una lógica
binaria que opone escritura (como instrumento y símbolo a la vez
de dominación feudal y colonial) y oralidad (como forma discursiva
propia a la cultura de los campesinos sublevados).
Es decir, el empleo de los papeles por Kanhu
no cancela la oposición social entre campesino y terrateniente,
estado colonial y comunidad campesina, letrado y no letrado, cultura europea
y culturas indígenas.
La transculturación no trasciende
una posición subalterna. La ciudad letrada no incorpora
a lo indígena o a la oralidad; una cultura oral emplea
pragmáticamente un elemento de la cultura letrada para sus propios
fines, que no son los mismos de esa cultura.
Por lo tanto, no hay un movimiento teleológico
hacia una cultura nacional sincrética en la cual oralidad y escritura,
indígena y no indígena, europeo y no europeo se reconciliarían.
Esto no implica que no se pueda producir una idea de
la nación desde posiciones subalternas. Pero sí que esta
idea sea diferente de la idea de la nación representada
por el proyecto de la ciudad letrada criolla.
Aunque
Rama habla en nombre de la otredad de las clases o grupos sociales subordinados
o marginados en este proyecto, esta vinculación de transculturación
con el Estado implica, como ha observado acertadamente, que la cultura
en sí deviene el límite deshistorizador y naturalizador
de lo que podría ser, contrariamente, la emergencia de una contra-racionalidad
concreta directamente opuesta a la racionalidad del Estado.
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Articulando a lo indígena, lo regional, lo subalterno
como un problema de integración al Estado es decir, en relación
con el proyecto inconcluso de una modernidad propiamente latinoamericana
(hago alusión a la conocida frase de Habermas) no le permite
a Rama pensar éstas como entidades con sus propias lógicas
históricas, valores y demandas.
En particular, no le permite anticipar o valorizar,
desde la perspectiva de la transculturación, la emergencia de los
nuevos movimientos indígenas en las décadas de 1980 y 1990,
movimientos que no sólo no se basan en una narrativa de transculturación
sino que muchas veces se sienten obligados a resistir o invertir esa narrativa
en nombre de un principio de lo propio.
No se trata, por supuesto, de negar procesos de hibridez,
transculturación o aculturación que ocurren en toda cultura,
pero sí de relativizar el valor normativo de tales conceptos como
ideologemas de lo nacional.
Este impasse, que fue una de las propuestas de política
cultural de izquierda más importantes en América Latina
en los años sesenta y setenta, sirve como el punto de partida del
estudio de Ulises Juan Zevallos Aguilar sobre el indigenismo del Grupo
Orkopata en la ciudad andina de Puno en la década de 1920.
Como la obra de Silvia Rivera Cusicanqui en Bolivia,
su proyecto refleja el impacto sobre el pensamiento crítico latinoamericano
de las ideas de los llamados estudios subalternos desarrolladas por Guha
y otros.
Es, sobre todo, una exploración más allá
de los límites del concepto de transculturación y
de sus variantes pre o posmodernas como mestizaje cultural
(José Vasconcelos, Pedro Henríquez Ureña) o hibridez
(Néstor García Canclini) que conduce finalmente a
una reinterpretación radical de la genealogía del indigenismo
en uno de sus momentos cruciales de emergencia.
Hay
tres personajes principales interactuando en la narrativa que construye
Zevallos Aguilar: los grupos indígenas de la región de Puno;
un estamento intelectual mestizo-regional con su propia agenda de autolegitimación
y hegemonía, el Grupo Orkopata; y el Estado nacional peruano.
Zevallos Aguilar afirma que el proyecto literario-cultural
del Grupo Orkopata, materializado en los números de su revista,
el Boletín Titikaka (1926-1930), estaba íntimamente ligado
con el contexto sociopolítico inmediato del proceso de modernización
capitalista llevado a cabo por el régimen de Leguía en esos
años.
En su autoimagen, el grupo buscaba funcionar como una
especie de correa de transmisión entre la metrópoli (Lima)
y la periferia interna configurada por una ciudad andina como
Puno; entre una ciudad letrada criollo-oligárquica
limeña y los intelectuales regionales y mestizos de clase media;
entre el Estado nacional y la población indígena con sus
propias reivindicaciones y prácticas culturales.
Como otros proyectos indigenistas, el Grupo Orkopata
proponía representar a la población indígena en el
doble sentido de hablar sobre ella (en el sentido mimético)
y de hablar por ella (buscando mediar entre la población
y el Estado, apelando a la autoridad de la etnografía y la cultura
literaria para autorizar aspectos no-europeos de la cultura andina).
Zevallos Aguilar estudia con detenimiento en los números
sucesivos del Boletín Titikaka la presentación y discusión
de una serie de temas relacionados con el llamado problema indígena
la educación rural, la medicina tradicional y el curanderismo,
el poder de gestión de la cultura indígena, la relación
de esta cultura con la modernidad, la autoridad del discurso etnográfico
de la otredad.
Señala cómo en la elaboración discursiva
de estos temas el Grupo Orkopata procura establecer sus propias posiciones
de clase, etnia y región, reclamando una posición de privilegio
epistémico como intelectuales por su propia posición intermediaria
entre la cultura dominante criolla y las culturas indígenas regionales.
Zevallos Aguilar señala a la vez que esta representación
de lo indígena por el Grupo fue problemática. A diferencia
de las interpretaciones anteriores del indigenismo, centradas sobre todo
en el paradigma de la transculturación, considera que el trabajo
del Grupo surge como una respuesta a formas autónomas indígenas
de movilización cultural, política y social durante este
período.
Es decir, concede al indígena el poder de gestión
fundamental, y reinterpreta al indigenismo del Grupo Orkopata como una
manera de, a la vez, canalizar y neutralizar su fuerza. Aunque los Orkopata
pretendieron hablar por lo indígena, no pudieron borrar
elementos de concepciones coloniales y racistas en sus discursos.
Más aún, los indígenas tenían
su propia agenda cultural y política y sus propias modalidades
a través de las cuales ejercitaban sus derechos y deberes ciudadanos,
que no necesariamente coincidían con los sentidos de identidad
y protagonismo del Grupo.
Es importante distinguir esta propuesta de lo que propone
la historiadora Florencia Mallon en su libro Peasant and Nation (Campesino
y nación). /5
Lo que le preocupa a Mallon, sobre todo, es representar como historiadora
la manera como la población indígena-campesina en el Perú
y México, a lo largo del siglo XIX, influenció en la configuración
del Estado moderno en esos países.
En otras palabras, Mallon quiere demostrar que el Estado
no actuó simplemente desde fuera sobre esa población; esa
población también actuó sobre el Estado, cambiando
sus parámetros, estrategias y formas de legitimación.
Sin
embargo, a pesar de su deseo de integrar las voces y el protagonismo de
grupos subalternos andinos a la narrativa nacional, Mallon termina en
cierto sentido escribiendo otra vez una especie de biografía
del Estado nacional en su forma actual. Su libro nos deja sobre todo con
un sentido de la inevitabilidad del presente. Esto no nos
lleva, creo yo, mucho más allá de la propuesta de transculturación
de Rama.
La propuesta de Zevallos Aguilar, en contraste, es más
deconstructiva y en ese sentido rompe con la inevitabilidad historicista
de la narrativa de Mallon. Reconocer a la vez la naturaleza y los límites
del proyecto del Grupo Orkopata implica también admitir la existencia
de la posibilidad de otra temporalidad histórica, otra forma de
comunidad nacional y otra forma quizás del Estado.
En uno de sus últimos ensayos, publicado poco
antes de su muerte en 1997, Antonio Cornejo Polar sugirió algunos
elementos de esa posibilidad. /6
Cornejo comienza su ensayo indicando que, como se sabe, la población
urbana del Perú ha aumentado en los últimos cincuenta años
de 35 por ciento a 70 por ciento, principalmente como consecuencia de
la migración indígena de las regiones andinas como Puno.
Esto indica que el contexto territorial y humano que
rodeaba el proyecto del indigenismo literario ya ha desaparecido. Pero
Cornejo sostiene que es importante evitar la perspectiva que hace
del migrante un subalterno sin remedio, siempre frustrado, repelido y
humillado, inmerso en un mundo hostil que no comprende ni le comprende
(p. 844). El migrante indígena también se impone sobre la
ciudad criollo-mestiza costeña.
Se trata de entender y valorizar la relación
entre identidades emergentes y residuales, para emplear una conocida distinción
de Raymond Williams. Aunque estas identidades coexisten sincrónicamente
en un mismo sujeto, este sujeto no debe entenderse como transculturado
o híbrido.
Más bien, escribe Cornejo, es un sujeto descentrado...
en cuanto se construye alrededor de ejes varios y asimétricos,
de alguna manera incompatibles y contradictorios de un modo no
dialéctico. Acoge no menos de dos experiencias de vida que la migración
contra lo que se supone en el uso de la categoría de mestizaje
y, en cierto sentido, en el del concepto de transculturación
no intenta sintetizar en un espacio de resolución armónica
(pp. 844-845).
Cornejo rechaza la opción de pensar la identidad
del sujeto migrante como desterritorializada. Por el contrario,
el desplazamiento territorial de los Andes a Lima duplica (o más)
el territorio del sujeto y le ofrece o lo condena a hablar desde más
de un lugar. Es un discurso doble o múltiplemente situado
(p. 841).
Ofrece como un ejemplo concreto el caso de la actuación
de un cómico ambulante de origen andino en las calles de Lima,
transcrito por dos investigadores interesados en las nuevas formas de
cultura oral surgidas en el contexto de la diáspora andina.
/7
El cómico empieza su función con una referencia
a nosotros los criollos para distinguir a su público
(limeño-urbano) de la gente de la sierra, a quienes
califica como estos mierdas. Unos momentos después,
sin embargo, lanza un encomio apasionado a los incas y a la figura de
José Gabriel Túpac Amaru, en el cual se identifica a sí
mismo como serrano: [S]i tú eres provinciano nunca niegues
a tu tierra. Yo vivo orgulloso como serrano que soy, serrano a mucha honra,
serranazo (p. 843).
Los investigadores que transcribieron esta actuación
sugieren que este cambio enunciativo abrupto y aparentemente contradictorio
resulta del proceso de desplazamiento metonímico característico
de un discurso oral, semiimprovisado. Cornejo señala, sin embargo,
que este dispositivo lingüístico repite el azaroso itinerario
del migrante.... [T]al vez en la deriva del curso metonímico el
migrante encuentre lugares desiguales desde los que sabe que puede hablar
porque son los lugares de sus experiencias. Y concluye: Serían
las voces múltiples de las muchas memorias que se niegan al olvido
(p. 843). /8
Me he demorado un poco en este ensayo por dos razones:
en primer lugar, para mostrar la filiación intelectual del proyecto
de Zevallos Aguilar (estudió con Cornejo en San Marcos y Pittsburgh,
y fue uno de los gestores del proyecto testimonial que resultó
en el libro Habla la ciudad) /9;
en segundo lugar, porque sirve como una especie de alegoría de
lo que Zevallos Aguilar hace en este libro.
Porque la situación del Grupo Orkopata en su
época como nuestra situación hoy (la situación
de los intelectuales comprometidos de alguna manera en nuestro trabajo
crítico-académico con los intereses de los pueblos indígenas)
es en efecto la situación del público en la
actuación del cómico ambulante.
La dinámica cultural que el cómico produce
de doble negación, de no olvidar en el acto mismo de afirmarse
como sujeto en un nuevo contexto, de ser doble o múltiple,
podría leerse como la figuración de un nuevo discurso de
lo nacional surgido desde lo indígena y lo subalterno.
Pero no es un discurso de los muchos que devienen uno;
es un discurso del uno a nación deviniendo muchos.
Como Zevallos Aguilar demuestra en el microcosmos histórico
del indigenismo del Grupo Orkopata, en relación con la posibilidad
de ese discurso tenemos que aprender más que enseñar. El
poder de gestión cultural ha pasado al otro. La utilidad pedagógica
de este libro entonces consiste en parte que nos ayuda a para emplear
una frase de Gayatri Spivak desaprender nuestro privilegio.
-
Ángel
Rama, en Jesús Díaz (ed.), Ángel Rama o la crítica
de la transculturación (Última entrevista), Lima: Lluvia
Editores, 1991, p. 32.
-
Mario Vargas Llosa, El nacimiento del Perú, Hispania,
73, 1992.
-
Ranajit Guha, Elementary Aspects of Peasant Insurgency in Colonial
India, Delhi, Oxford University Press, 1983, pp. 248-249.
-
Neil Larsen, Modernism and Hegemony, Minneapolis, University of Minnesota
Press, 1990, p. 64.
-
Florencia Mallon, Peasant and Nation. The Making of Postcolonial Peru
and Mexico, Berkeley, University of California Press, 1995.
-
Una heterogeneidad no dialéctica: Sujeto y discurso migrante en
el Perú moderno, en: Mabel Moraña (ed.), Crítica
cultural y teoría literaria latinoamericanas, Revista Iberoamericana,
176-177, 1996.
-
Juan Biondi y Eduardo Zapata, Representación oral en las calles
de Lima, Lima, Universidad de Lima, 1994.
-
Para Martin Lienhard sería un ejemplo de la persistencia en
sociedades poscoloniales, como el Perú, de una diglosia
cultural instituida durante el proceso de Conquista y colonización.
Martin Lienhard, De mestizajes, heterogeneidades, hibridismos
y otras quimeras, en: José A. Mazzotti y Juan Zevallos
Aguilar (coordinadores), Asedios a la heterogeneidad cultural. Homenaje
a Antonio Cornejo Polar, Filadelfia, Asociación Internacional
de Peruanistas, 1996.
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Lima, Universidad Nacional Mayor de San Marcos y Municipalidad de
Lima Metropolitana, 1986.
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Texto
del prólogo de Indigenismo y Nación. Los retos a la representación
de la subalternidad aymara y quechua en el Boletín Titikaka (1926-1930).
Ulises Juan Zevallos Aguilar. Instituto Francés de Estudios Andinos
y BCRP, 2002. |
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