SEBASTIAN SALAZAR BONDY
Escribir para vivir

(Enrique Cortez)

   “El destino personal se cruza con el colectivo y el escritor deviene también en actor. No porque el escritor haga manifestaciones en la vía pública, sino porque su escritura actúa en el mundo.”.

   
La historia de la literatura peruana contemporánea ha sido un intento sostenido y constante de diversos autores por definirse una identidad personal, pero también disciplinaria. Así lo percibió Mario Vargas Llosa cuando en 1966, al escribir sobre Sebastián Salazar Bondy, destacó la fuerza de su trabajo creativo e individual, indisociable de su actuación en lo público como promotor, animador cultural y hombre comprometido con el destino político y social del país. En el ensayo “Sebastián Salazar Bondy y la vocación del escritor en el Perú”, el autor de La ciudad y los perros dijo: “Todo, en el Perú, contradecía la vocación de escritor, en el ambiente peruano ella adoptaba una silueta quimérica, una existencia irreal. Pero ahí estaba ese caso extraño, ese hombre orquesta, esa demostración viviente de que, a pesar de todo, alguien lo había conseguido. ¿Quién de mi generación se atrevería a negar lo estimulante, lo decisivo que fue para nosotros el ejemplo de Sebastián? ¿Cuántos nos atrevimos a intentar ser escritores gracias a su poderoso contagio?”.
Esa vocación que tan firmemente defiende Vargas Llosa nos muestra la escritura como un campo de batalla. En primer lugar, contra la ausencia de modelos nacionales para ser escritor “peruano”, es decir, la inexistencia de una tradición sostenida de escritores; y, en segundo lugar, contra la ausencia de instituciones no sólo estatales, sino también sociales, que reclamen como portavoz y lúcida conciencia al escritor.
En ese contexto, las figuras de Abraham Valdelomar, César Vallejo, Sebastián Salazar Bondy y también Mario Vargas Llosa encarnan diversos momentos de un fracaso: el del escritor rebelde que trabaja y entrega vida y obra por lograr una institución y mejorar una sociedad que, a pesar de ello, lo ignora y desprecia.
Sin embargo, el fracaso que en 1966 Vargas Llosa constataba como la causa de un modelo generalizado de escritor (el paria o exiliado) no tiene que ver tanto con el Perú y su condición periférica en relación con el saber occidental –en palabras de nuestro autor, nuestra condición de “subdesarrollados”–, sino con el fracaso de los modelos europeos para articular un país profundamente heterogéneo. A ese fracaso –si es que seguimos usando esa palabra– se suman otros, como la desaparición de una función clara y programática para el intelectual, la desvalorización del humanismo frente a las ciencias exactas, la confusión ideológica entre teoría y praxis en perjuicio de la primera y el auge de lo transnacional y mediático, lugar donde podemos ubicar significativamente al novelista.
De modo que esa necesidad de reunir una identidad personal con determinado modelo profesional no tuvo en los escritores peruanos, como sí lo afirma la propuesta de Vargas Llosa, una misma dirección. En ese sentido, es importante rescatar la escritura de Salazar Bondy de la “presentación” que de ella hace el autor de La tía Julia y el escribidor. Y más si tal lectura constituye la introducción de la reciente edición con que el Fondo Editorial de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos nos entrega los artículos periodísticos del autor de Lima, la horrible con el título general de Escritos morales y políticos (Perú: 1954-1965). Tal rescate no significa una descalificación del texto de Vargas Llosa, también profundamente autobiográfico, sino que invita a considerar la diferencia de la escritura de Salazar Bondy, la cual coincide con otros autores al tematizar la problemática del escritor, aunque presenta una resolución particular.
Ahora bien, la cuestión de la identidad personal que se basa en el acto de la escritura es central no sólo en nuestra literatura, sino en la literatura moderna. Ser escritor, o llegar a serlo, es una motivación que, al tiempo de jugar como tema de la escritura moderna, permite su existencia. Causa y efecto, el “ser para mi escritura”, supone un posicionamiento que recorre dos espacios diferenciados: uno interior que organizaría mi existencia, le daría sentido; otro exterior que aseguraría mi circulación en la sociedad gracias a la designación “escritor”.
A esta conclusión nos lleva, sin duda, la lectura de los textos autobiográficos de los autores peruanos. Los conflictos expresados en esos textos acerca de qué sentido tiene ser escritor o cómo se lograría serlo de modo más auténtico tampoco estuvieron ausentes de las páginas de Salazar Bondy. Pero, al contrario del ser rebelde –como entiende Vargas Llosa al escritor–, que lucha por un lugar y la consolidación de una institución que lo defienda y a la vez lo integre a su sociedad, el modelo de escritor propuesto por Salazar Bondy no se hace fuera de lo social, porque entiende que lo económico lo define todo. En este sentido, ser burgués o ser pobre resuelve el problema de la autenticidad de la existencia. No puede haber pobre inauténtico ni rico que deje de serlo, pues al primero lo van definiendo sus carencias y al otro sus posibilidades.
En “Sebastián Salazar por él mismo”, texto autobiográfico incluido en Escritos políticos y morales, nuestro autor explica que la inautenticidad la vive el hombre de clase media. “Quienes viven la vida inauténtica –dice– son aquellos a los cuales la historia, la realidad social y económica los arrastra hacia abajo y los sueños tiran de ellos hacia arriba. Y están en una situación intermedia, en una situación en la cual cualquier descuido los puede arrastrar al abismo, que los aterroriza, del proletariado y cualquier traición los lleva como un rayo hacia la prosperidad falaz de la burguesía. Éste ha sido el mundo que he descrito, porque es el mundo que conozco”.
Salazar Bondy encuentra la solución a esa situación inauténtica en la realización de su escritura. Ser escritor, para él, significa ante todo un posicionamiento en el mundo, ante sus lógicas de funcionamiento. La escritura aparece así como un movimiento que va del interior hacia el exterior, un recorrido que produce significación. Escribir es una manera de sentir y captar el mundo, de organizarlo, de actuar en él, para nada un exilio de él, como afirmaba Vargas Llosa. Escribir se vuelve entonces describir, pero también tomar posición. La descripción no es para nada una actividad desinteresada, sino una herramienta de conocimiento, un método de organización. En el caso de Salazar Bondy, la descripción es el paso previo a la acción. Su escritura etnógrafa se torna política, pues exige cambios en la actualidad.
En este punto, el destino personal se cruza con el colectivo y el escritor deviene también en actor. No porque el escritor haga manifestaciones en la vía pública, sino porque su escritura actúa en el mundo. Y si bien Salazar Bondy fue activista en su momento –por cierto, en aquel entonces todos lo fueron–, lo que nos queda de él es su escritura: el registro de un cuerpo que percibió el cambio espacial, el cambio social, la brecha entre pobres y ricos que, muy a pesar suyo, creció en el país. Ser escritor no fue, en su caso, jamás un fracaso, sino un modo de realización personal; una manera de percibir y significar el mundo: un alegato que nos alerta sobre la irracionalidad de sus lógicas.